El vengador

Santa, al verse completamente arruinado, hipotecó su casa y la perdió, despidió a los duendes y vendió el trineo con todo y renos a un viejo coleccionista de rarezas y antigüedades de Nueva York.
  • 2009-12-19•De portada

Foto: Gary V. Annett

Fue una tarde de Nochebuena, el taller de juguetes estaba embargado y hecho un caos. Santa Claus tenía graves problemas de orden administrativo, económico, pero sobre todo emocional. Tenía deudas exorbitantes: tarjetas de crédito sobregiradas, viajes a la India, Hawai, Brasil, Bangkok… múltiples apuestas perdidas en casinos de Las Vegas y un boleto VIP del pasado Super Bowl. Había perdido más de 60 kilos, se había vuelto un tirano alcohólico paseándose en calzoncillos, gorro y botas de trabajo, gritando, maldiciendo, y algunas veces tarareando May way con brisa de alcohol.

Su mujer, la Señora Claus, lo había dejado (según las malas lenguas) por uno de los Reyes Magos. Santa, al verse completamente arruinado, hipotecó su casa y la perdió, despidió a los duendes y vendió el trineo con todo y renos a un viejo coleccionista de rarezas y antigüedades de Nueva York. Ahora no tenía más remedio que vivir en su taller, al que esa tarde llegaron sus empleados alegando despidos injustificados, maltrato y explotación (los duendes, los gnomos y las hadas alegaban ser menores de edad laborando en situación de riesgo), y un reno que escapó en el camino a la transacción lo acusaba de tráfico de animales. Por supuesto, Santa Claus perdería las múltiples demandas, pues hasta su propio abogado lo demandó. Tenía a todo el mundo en su contra: faunos, gnomos, hadas y enanos enardecidos golpeando la puerta del extinto “Taller Claus”, lanzaban piedras a las ventanas, insultaban y maldecían, arremolinados frente al inmenso portón. Papá Noel estaba atrapado, borracho y furioso; no tenía nada ni a nadie, todo lo que amaba y por lo que vivía se había volcado contra él. Fue entonces que cobró fuerza su sed de venganza y desesperación, tomó su oxidada y vieja hacha de leñador, pero resultó poco práctica, casi inútil; buscó entre serruchos, martillos, llaves y desarmadores, hasta que por fin, el arma perfecta halló.

La multitud que asediaba el taller pronto intentó derribar el portón. Dentro, Papá Noel se había ocultado en un rincón. La madera podrida y las viejas bisagras comenzaron a ceder hasta que la puerta cayó; en ese momento Santa pulsó play y comenzó a sonar May way; había llegado el momento justo de vengar con furia la traición, salió de su escondite con sierra eléctrica en mano. Comenzaron a volar brazos, deditos, orejas, alas, ojos, dientes y piecitos; sólo quedaron retazos de venganza regados por todo el salón, una risa monstruosa con ecos del infierno, y al fondo, la voz de Sinatra casi al final de la canción.

Santa el vengador acabó con todo y todos, salvo un reno que a propósito dejó con vida para cumplir esa noche con su misión. Pese a las circunstancias, se dio a la tarea de repartir por todo el mundo, de casa en casa, debajo de cada arbolito, cachitos de infamia ocultos en cajitas de ilusión. De madrugada, entre las calles frías y solitarias, sólo se escucharon los ecos que repetían ¡Feliz Navigore! ¡Feliz Navigore! jo jo jo jo jo.

Amelia Nava Flores