Reportaje

La historia de Jean

Hace dos años llegó a México y desde entonces ha buscado infructuosamente empleo. Al principio no lo contrataban porque casi no hablaba español. Luego porque su estancia en el país no ha sido regularizada. Porque es extranjero. Porque no tiene cartas de recomendación. Porque no conoce bien la ciudad…
  • 2009-12-12•Reportaje

Foto: Getty Images

Jean es congoleño y desde hace cinco meses vive en el sur de la Ciudad de México. Tiene 29 años, estatura media, piel oscura, cabeza grande, labios prominentes. No consigue trabajo y lleva tres meses sin pagar la habitación que renta —si no lo corren es porque el dueño dice que no lo va a dejar ir sin que antes le pague.

Hace dos años llegó a México y desde entonces ha buscado infructuosamente empleo. Al principio no lo contrataban porque casi no hablaba español. Luego porque su estancia en el país no ha sido regularizada. Porque es extranjero. Porque no tiene cartas de recomendación. Porque no conoce bien la ciudad…

De pelo negro, corto y rizado, ojos saltones, nariz ancha y aplastada, Jean habla y mira hacia la puerta. Ya no tiene un solo peso y sus únicos alimentos del día son un yogurt de fresa y un bolillo. Después de contar su historia hace una pausa, se lleva las manos a la cabeza y dice:

—¡Qué difícil es la vida!

A mediados de 2007, para poder seguir vivos, Jean y su padre salieron de la República Democrática del Congo.

Jean nació y creció en Kinshasa. Al ser la capital del país, la vida en esta ciudad es más tranquila respecto a la región Este, envuelta en constantes enfrentamientos bélicos a causa la riqueza de sus recursos minerales. Jean es el mayor de cinco hermanos. Con el apoyo de su padre estudió contabilidad y finanzas en la universidad. En 2005 terminó la carrera. Salió a buscar trabajo pero sólo encontró un puesto de profesor de lengua francesa en una escuela secundaria.

Él y su padre militaban en la opositora Unión por la Democracia y el Progreso Social. Desde niño, Jean asistía a las asambleas de este partido que nació, a principios de los años ochenta del siglo pasado, como una propuesta pacífica para democratizar al país a través de diálogos y acuerdos. No obstante, varios de sus miembros han sido encarcelados o torturados, despojados de sus derechos civiles, políticos, sociales…

Sus padres se separaron cuando él tenía 13 años. Al poco tiempo el papá comenzó otra relación sentimental y después la mamá hizo lo mismo. Cada uno tuvo más hijos con sus respectivas parejas, pero Jean seguía muy unido a su padre.

La República Democrática del Congo pertenece a África central y es el tercer país más grande del continente. Su riqueza de recursos naturales contrasta con el bajo nivel de vida de la población. Ahí la gente se muere de hambre y de enfermedades prevenibles y curables, también por la violencia ocasionada por el control del cobalto, un mineral aprovechado por las empresas tecnológicas para convertirlo en tantalio y fabricar teléfonos celulares, televisores de plasma, videoconsolas, computadoras portátiles, GPS, MP3… Es un material con alta capacidad eléctrica y de soporte de elevadas temperaturas para confeccionar artefactos pequeños y ligeros. También sirve para hacer armas que van a parar a otros países y a grupos guerrilleros locales que luchan por el control de las minas, donde explotan a cientos de trabajadores y destruyen ecosistemas.

De todo esto estaban muy conscientes Jean y su padre, quien era representante de la Unión por la Democracia y el Progreso Social en el barrio donde vivía y ayudaba a sus vecinos con gestiones políticas, firmaba pliegos petitorios del partido y pertenecía al comité de información.

Desde la separación de sus padres, Jean vivía con su mamá y sus hermanos. La tarde del 24 de diciembre de 2006 fue a visitar a su padre. Uno de sus hermanastros le abrió la puerta:

—Papá no está. Desde hace días duerme en la iglesia. Ni él ni mamá nos han dicho por qué.

Jean vio que sus otros hermanastros estaban solos en la casa, pero aparentemente bien. Así que fue a la iglesia donde estaba su padre y al verlo le preguntó qué sucedía.

—La ANI me está buscando. En el partido me dijeron que me llevarán preso —le respondió fingiendo cierta tranquilidad para no preocupar a su hijo—. Aquí estaré unos días mientras se calman las cosas. No lo comentes con nadie.

La ANI es la Agencia Nacional de Investigación, la policía política de la República Democrática del Congo. Se ocupa de “velar por la seguridad nacional y los interés del Estado.” Pero, según Jean, es la que se ha encargado de desaparecer a varios miembros de la oposición.

La primera semana de 2007 Jean regresó a la iglesia para encontrarse nuevamente con su padre. Cuando lo hizo por tercera vez, ya no estaba. Le dijeron que se había ido sin decir a dónde. Le aclararon que ningún policía lo detuvo, que estaba bien, que quizá había regresado a su casa. Jean fue a buscarlo ahí, pero no lo encontró. Nadie tenía idea de dónde estaba. Entonces decidió pasar unos días con la nueva familia de su padre. Tenía la esperanza de recibir alguna noticia a través del teléfono o de alguna carta o de algún conocido. Pero nada. Terminó enero, transcurrió todo febrero y a mediados de marzo ocurrió lo que se temía.

Pasada la media noche, Jean dormitaba cuando de pronto escuchó unos golpes furiosos en la puerta. Se levantó de un salto. Empezó a sudar. Estaba asustado. Sintió que su estómago se vaciaba. Corrió a abrir la puerta y vio a cuatro personas vestidas de civil con ametralladoras. Se quedó inmóvil pero le temblaba todo el cuerpo. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y una frase le taladró el corazón:

—Ya les llegó su hora.

Un hombre lo tiró al suelo y comenzó a patearlo. Mientras tanto, los otros tres comenzaron a registrar toda la casa. Revolvían muebles, ropa, objetos. Buscaban algo pero daba la impresión de que no sabían exactamente qué. A Jean le preguntaban a gritos por su padre, le exigían a golpes una respuesta.

La esposa de su padre estaba muy asustada y se llevó a sus hijos a otra habitación. Los niños lloraban y gritaban. Los hombres seguían registrando cada rincón de la casa. Al final no se llevaron nada ni dispararon sus armas. Pero una advertencia cayó sobre Jean:

—Si no aparece tu padre, tú vas a pagar las consecuencias. Si crees en Dios, pídele que aparezca porque de lo contrario a tu familia le espera un infierno y a ti la muerte.

Jean estaba petrificado y en estado de shock. No les contestó. Sólo vio, todavía en el suelo, que los cuatro hombres se alejaban. La amenaza se le quedó grabada y no pudo conciliar el sueño. Sabía que era cosa seria. En los últimos años, su padre le había contado que a varios de sus compañeros los habían asesinado.

A la mañana siguiente sonó el teléfono. Era su padre. Dijo que estaba bien, escondido en un poblado cercano. Jean le contó, con un nudo en la garganta, lo que había sucedido en la noche. Su padre se preocupó y le dijo que pidiera ayuda a uno de sus compañeros del partido.

Siguió las instrucciones y llegó a la casa de un hombre que le explicó lo que pasaba. La ANI buscaba a su padre debido a su capacidad para movilizar a la gente. Ya le habían advertido que abandonara la Unión por la Democracia y el Progreso Social o acabarían con él. Lo más grave era que si no lo encontraban, Jean “ocuparía su lugar”. Así que era mejor que también huyera.

—¿Cómo? ¿Con qué dinero? —preguntó desconcertado.

El hombre con el que hablaba le dio 25 dólares y le dijo que buscara a su padre en el pueblo donde ahora se encontraba.

Jean regresó a su casa, le explicó a su madre lo que sucedía y la abrazó, se le humedecieron los ojos, se despidió de sus cuatro hermanos, guardó algunas cosas en una pequeña maleta y salió para irse de su casa, de su ciudad, de su país.

Antes de abordar un autobús, pasó a la casa de la actual esposa de su padre y le explicó lo que sucedía.

Seis horas después llegó a un pequeño pueblo sin electricidad ni agua potable. Un pueblo aislado y de pocos habitantes. Jean traía una foto de su padre y empezó a mostrársela a la gente que se encontraba en el camino, preguntando por él. No tardó mucho tiempo en encontrarlo.

Estaba recostado en el suelo de una choza pequeña, sucia y oscura, se veía demacrado. Luego de abrazarlo, Jean le dijo que si querían seguir vivos, tenían que abandonar el país.

El pasaporte de Jean es prueba de todas las dificultades que tuvo que padecer para llegar a México. Tiene adheridas una visa de entrada y tránsito en Zambia, una visa de turista para Sudáfrica con cuatro extensiones, un sello de negativa de visa para ingresar a Holanda, una visa brasileña de entrada y tránsito, una visa mexicana con una extensión.

De aquel pequeño pueblo salió junto a su padre rumbo a Lubumbashi, ciudad fronteriza con Zambia. Un primo de su padre les prestó dinero para continuar el viaje. Ahí tramitaron la visa para poder cruzar Zambia en autobús. Luego hicieron lo mismo para recorrer Zimbawe. Cinco días después llegaron a Pretoria, la capital administrativa de Sudáfrica que se ubica a unos 50 kilómetros al norte de Johannesburgo y donde, entre muchas otras, se encuentra la embajada mexicana.

El padre de Jean tiene un hermano que vive en México desde hace 20 años y es profesor en una universidad privada. Apenas arribaron a Pretoria, a la casa de un amigo, llamaron al profesor para que los auxiliara a tramitar la visa. Unos días después, se las dieron. Pero surgió otro problema: ¿con qué dinero compararían los boletos de avión?

Ambos decidieron buscar trabajo. Cualquier cosa que les permitiera juntar los dólares que necesitaban. Recorrieron varias calles de diferentes barrios en busca de algo, pero nadie los aceptaba. Se sentían discriminados y cada vez más angustiados. También incómodos porque con el paso de los días comenzaron a ser una carga para la familia que los había recibido en su casa. Incluso la relación padre-hijo se había había vuelto muy tensa. “Yo no tengo por qué pagar tus problemas. Soy inocente. ¿Por qué me has metido en esto?”, reprochaba Jean. Ambos se quedaban encerrados ahí, en medio de su depresión e incertidumbre. A veces comían, a veces no. Intentaban dormir “para evadir la realidad.” Dejaron de salir a la calle porque sólo alcanzaban a balbucear algunas palabras en inglés. Así pasaron tres largos meses y la visa de turista para Sudáfrica expiró. Solicitaron una ampliación, se las otorgaron pero volvió a expirar. La visa mexicana con la que ya contaban también se venció.

Su tío juntó tres mil dólares y se los envió para que pudieran comprar los pasajes de avión. Por un momento respiraron cierta tranquilidad y fueron al aeropuerto para adquirirlos. Y entonces encontraron otro problema. Para viajar a México desde Sudáfrica hay que escoger una de cuatro aerolíneas: Luftansa, KLM, Airfrance o Delta airlines. Si se elige la primera, hay que hacer una escala en Frankfurt. Con la segunda habrá que pasar por Ámsterdam. Con la tercera es necesario hacer una conexión en París. Y con la cuarta, en alguna ciudad de Estados Unidos. Para ello, un ciudadano de la República Democrática del Congo tiene que contar con una visa de tránsito. Jean y su padre fueron a solicitarla a las embajadas de Alemania, Holanda, Francia y EU, pero ninguna les fue concedida.

Entonces pidieron a la embajada mexicana que intercediera por ellos. Los mexicanos se comunicaron con los diplomáticos holandeses y les explicaron que sólo necesitaban una visa de tránsito para estar unas horas en el aeropuerto de Ámsterdam, que se trataba de dos personas perseguidas que querían salvar su vida. Pero fue inútil. Hicieron un intento más, esta vez con la embajada de Brasil, donde aceptaron darles una visa de tránsito válida por dos días.

Casi seis meses después de haber llegado a Sudáfrica por fin podían irse. Agradecieron a la familia que los acogió durante todo ese tiempo, pidieron disculpas por las molestias causadas y se marcharon. Llegaron a Sao Paulo, Brasil, el 23 de diciembre de 2007. Y la tarde del 24 de diciembre a la Ciudad de México. En total fueron 22 horas de vuelo.

Dice Jean que es la peor Navidad que ha pasado. Estaba muy cansado por el viaje, seguía deprimido, no pudo llamar a su madre y no sabía si realmente en México podía iniciar una nueva vida. No sabía nada de este país. Tampoco hablaba español. Tan sólo por el trayecto que realizó del aeropuerto a la casa de su tío, la ciudad le pareció monstruosa. Tenía miedo. Y coraje con su padre porque consideraba que todo lo que le sucedía era por su culpa.

El recibimiento por parte de la familia de su tío no fue lo que esperaban. Apenas si los saludaron y menos se interesaron por su situación. A él le dijeron que podía dormir en el sillón. A pesar de todo, estaban muy agradecidos porque los ayudaron a llegar hasta acá.

Al otro día, padre e hijo tuvieron que irse a casa de un congoleño que vive en el Distrito Federal desde hace cinco años. Desde ahí se comunicaron a la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Les dieron una cita para dos semanas después.

Mientras tanto, el dueño de la casa les enseñó a decir algunas frases en español. Les costaba trabajo pronunciarlas, pero lo intentaban una y otra vez porque también les servía para distraerse. Pudieron llamar a sus familiares en Kinshasa para tranquilizarlos.

Los días pasaban lentamente. Después de hablar con la gente de ACNUR, los enviaron a la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados (COMAR) y les dijeron que lo primero que tendrían que hacer era aprender español, sobre todo para hacer más fácil su proceso de integración y los enviaron a un lugar conocido como “La casita” en el parque Ramón López Velarde, donde un grupo de voluntarios enseña el idioma a los refugiados. Les dieron un mapa de metro. Les explicaron características generales del modo de vida de la ciudad y de forma paralela iniciaron sus trámites para legalizar su estancia en el país.

Jean dijo que le urgía trabajar pues no tenía dinero. Preguntó cómo revalidar su título universitario. Pero hasta ahora ninguna de las dos cosas ha podido hacerlas. Ni siquiera un empleo informal ha podido conseguir.

El padre de Jean se ocupó como albañil en la construcción de una Unidad Habitacional en el norte de la ciudad. Ahí le improvisaron un cuarto donde puede quedarse. Pero le advirtieron que no puede meter a nadie más. Cada tanto, lo poco que logra ahorrar se lo envía a su familia.

Jean pasó otra temporada en casa de su compatriota que los recibió a finales de 2007 y, gracias a la ayuda de ACNUR, pudo conseguir una habitación. Primero en el Centro Histórico, donde estuvo cuatro meses antes de que lo echaran por no poder pagar la renta, y ahora en el sur de la ciudad.

Jean se siente solo. Pero no quiere vivir con su padre. No lo dice, pero le guarda cierto rencor. Además, tampoco quiere ser una carga para él. Considera que bastante ha de tener ya con saber que su familia no tiene dinero para comer, que uno de sus hijos está enfermo y no hay para el médico y las medicinas, que lo más probable es que abandonen la escuela. Una vez fue a visitarlo y le hizo una pregunta que por respuesta obtuvo sólo un nudo en la garganta y una mirada húmeda:

—¿Por qué la vida es tan complicada?

Desde hace cuatro meses, Jean no sabe si su madre y sus hermanos están bien. No tiene dinero para comprar una tarjeta telefónica. Le preocupa porque la última vez que habló con ella, su madre le dijo que unos policías habían ido tres veces a su casa a preguntar por él. Van por la madrugada y despiertan a los vecinos, quienes le han pedido que se marche del barrio.

Jean ya habla un español aceptable y ha pasado días enteros caminando en busca de trabajo. Le da rabia que un universitario titulado como él no sea valorado. Ve una escuela, toca la puerta y se ofrece como profesor de francés. Pero lo miran con desconfianza. Fue a un restaurante y tampoco lo aceptaron. En un Blockbuster sólo se rieron de él. En otros sitios le prometen que lo llamarán, pero nunca lo hacen, o de plano le dicen que no contratan extranjeros.

Se siente muy discriminado. Sus ojos guardan la ansiedad de sentirse observado a diario. En cada lugar al que va o por el que pasa percibe miradas de ¿curiosidad?, ¿burla?, ¿odio? Ya no se sube al Metro porque no le gusta que le griten “pinche negro”.

No tiene amigos, alguien con quien platicar o salir a distraerse. No ha buscado nuevamente a su tío porque todavía le debe el dinero que le prestó. En la COMAR lo enviaron con psicoterapeuta, pero no logra desprenderse de la depresión y del bloqueo mental que le impide tener alguna esperanza.

No quiere, sin embargo, irse a otro país. A Estados Unidos, por ejemplo.

—¡Nooooo!, porque todo lo que ha pasado en mi país es culpa de los gringos. Tampoco me iría a Europa. Pienso quedarme en México —dice con media sonrisa. Entonces se le ilumina un poco la cara.

En su habitación, que realmente no es suya, expresa su desesperación. Dice que si sigue vivo es gracias a Dios. De él se agarra todos los días cuando lee su biblia.

“Ay, todo es muy complicado”, se queja. Pero a veces se da permiso de soñar. Sueña que su vida cambia. Abre bien los ojos hacia el futuro y proyecta:

—Quiero vivir en paz. Quiero comer bien todos los días. Quiero trabajar para ganar dinero. Quiero disfrutar esta ciudad. Quiero conocer gente, tener amigos. Y después formar una familia —comenta lleno de ilusión.

Todo esto lo desea como nunca. Y como nunca quiere que se cumpla ya. Pero lo más probable es que para cuando esta historia sea letra impresa, Jean seguirá desempleado, deprimido, sin reunirse con su familia, sin tener una casa para descansar, sin integrarse a la gente de su nueva ciudad, sin sentirse cabalmente comprendido. Porque de una pesadilla te despiertas. Pero de la realidad no.

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Ganador del XVIII Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez por el reportaje “El derecho a llamarse Doni Zänä”, publicado en M Semanal, Víctor Núñez Jaime prepara el libro Los que llegan, en el que reúne una serie de historias sobre refugiados políticos en nuestro país, del que forma parte la que presentamos en estas páginas.

Víctor Núñez Jaime