Remembranza

Mi breve mausoleo

Cinco fotografías de personas fallecidas y tres relojes inservibles colocados sobre un secretaire, son el punto de arranque de una reflexión, cálida y nostálgica, sobre el afecto, el tiempo y la vida.
  • 2009-12-12•Literatura

Emilio Carballido
Emilio Carballido Fotos: CNL-INBA

Sobre el secretaire de mi estudio empecé a colocar tarjetas de escritores recién muertos, junto a la foto de mi hermano Julián, que fue la primera del mausoleo, estaba la de Rodolfo, amigo pintor. Salgo de mi dormitorio y lo primero que veo son las fotos de Alejandro Aura (1944-2008), Emilio Carballido (1925-2008), Rodolfo Hurtado Duhart (1940-2002), Julián de Jesús Samperio Goncourt (1951-2000) y un separador de libros con promoción de The Beatles con Paul McCartney caminando descalzo como en el disco Abbey Road, el último disco grabado en estudio por ellos, de cuya portada se rumoró que, al ir Paul descalzo y los otros tres con zapatos, implicaba que McCartney había muerto. A estos muertos los acompaña una cruz pequeña de Olinalá puesta sobre un costado de una máquina de escribir Remington que perteneció a mi abuelo desde el Puerto de Veracruz a principios del XX.

He empezado a realizar este ritual porque ellos formaron, en algún momento, parte de mi mundo o yo parte del mundo de ellos. No tengo foto de Augusto Monterroso, que fue mi maestro, tal vez porque, aunque hubo algún acercamiento, nos distanciamos cuando se casó con Bárbara. Aunque fue mi maestro, lo percibí, por lo general, con cierta distancia hacia mí. Que me dolió cuando falleció, que fui al velatorio y recé para él, no hay duda. De cualquier forma, he dejado que el mausoleo del secretaire se forme de manera aleatoria y que represente a todos los que faltan, que no son pocos.

Delante, junto o atrás de las fotos, hay tres relojes que se detuvieron para siempre: Uno rojo chico, marca Pearl/Quartz, con manecillas negras y números alternados verdes, rojos y negros, detenido a las 9:35 o a las 21:35; un viejo Dicheng grande, guinda, con filos de aluminio, redondo, fondo laminado, detenido a la 11:47 o 23:47; y un Citizen, más viejo, café, más ancho, fondo dorado y letras verdes luminosas, detenido a las 6:03 o 18:03. Los relojes existían antes de las fotos, tal vez esperando dar un nuevo servicio: señalar las no horas de los muertos. Las diferencias de horarios y no saber si eran vespertinos o matutinos son, de manera innegable, señal de muerte, pues si llega implacable, no importa si es 12 horas antes o 12 después. Estos relojes sólo dan una hora: la del instante en que dejaron de existir como relojes, como los corazones de Alejandro, Emilio, Rodolfo, Julián y The Beatles. El reloj Citizen de vez en cuando lanza su despertador: es un fantasma que da señales del más allá. Son tres relojes fallecidos y cinco personas que se fueron; entre ellos hacen diálogos, digo entre espíritus y temporalidad.

Al poeta Aura lo conocí por el año 70, participaba yo en uno de los talleres literarios creados por el maestro Arreola en el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y nos reuníamos en el Auditorio de Enfermería del Casco de Santo Tomás, donde Arreola nos asignaba el taller correspondiente, dirigido por alguno de sus alumnos como Aura. Alejandro nos visitó y vestía abrigo negro que casi llegaba al piso. Era una deferencia para los 8 o 10 alumnos de Andrés González Pagés, buen maestro, y se quedó a escuchar nuestros cuentos. Con alumnos de otros talleres y otros maestros, nos fuimos a algún restaurante de San Cosme a beber y botanear algo. Sentí a Alejandro cercano a nosotros. Años adelante nos vimos en especial cuando tenía El Hijo del Cuervo en la Plaza de la Conchita.

La última vez que estuve con él fue en Madrid, cuando Aura estaba de agregado cultural y fui a presentar mi libro La mujer de la gabardina roja y otras mujeres, editado en esa ciudad por la editorial Páginas de Espuma, en 2002. Alejandro me trató muy bien; en su programa radiofónico, me entrevistó, como siempre, con su buen humor. La organización de la presentación del libro estuvo justa y el espacio lleno, más la buena promoción de la editorial.

Alejandro Aura.
Alejandro Aura.

Al maestro Carballido lo vi pocas veces. En la época de los talleres del IPN, él era el maestro de Teatro y asistente a reuniones de trabajo o de algún festejo; llegué a conversar mucho con él, siempre amable y sabio, respetuoso. Con los años, me llegué a topar con él en reuniones, en presentaciones de libros y cuando fui Director de literatura del INBA, él lo era de Teatro y nos vimos en varias juntas de trabajo. Lo recuerdo por varias puestas de escena de sus obras, en especial entre los 70 y los 80. La última ocasión que entré en comunicación con él fue por teléfono, unos tres años antes de que muriera; le llamé a Veracruz de parte de Howard Quackenbush, poeta, traductor y profesor americano que estaba conformando una antología de lo mejor del teatro latinoamericano, para solicitarle a Carballido los derechos de edición de una de sus obras, no había pago de derechos de autor, pero recibiría tres ejemplares en Veracruz; casi sin dejarme de terminar la explicación, con su generosidad de siempre, aceptó. Ya entonces estaba enfermo. Algo que también me une a él es que ambos ganamos el Premio Casa de las Américas, él algunos años antes que yo.

De la muerte por cáncer de Rodolfo Hurtado Duhart, pintor abstracto, me enteré por casualidad. Me enteré también de que muchas de sus cosas fueron a parar a manos de una mujer a la cual él detestaba y a mí no me caía bien y no me viene su nombre a la mente. Conocí a Rodolfo en la antesala del psiquiatra Alfredo Castillo, quien también ya falleció y nos tomó su muerte, tanto a Rodolfo como a mí, cuando estábamos de pacientes de él. Ahora que han pasado ya unos 9 o 10 años de la desaparición de Castillo, he notado que Alfredo me hizo un montón de interpretaciones equívocas y que me recetaba medicamentos que los psiquiatras jóvenes no recetaban ya ni por casualidad; Castillo, de forma inconsciente, quería tomar su vuelo pa’l otro mundo.

Con Rodolfo pude forjar buena amistad; homosexual y rigurosamente respetuoso conmigo y los heterosexuales en general. Le encantaba la música, en especial cantada por mujeres, de los años 40 y 50; conservaba su tocadiscos de 33 revoluciones. Cocinaba de forma estupenda, tanto como pintaba. Para un par de sus exposiciones le escribí introducciones de catálogo. A su fallecimiento, la Casa Lamm le publicó un libro con textos introductorios de Teresa del Conde, amiga de él, y míos.

Los fines de año rifaba un cuadro, a mil pesos el número y alguna vez me tocó ganarme uno. De él tengo varios dibujos, algunos cuadros y un tríptico rojo de maravilla. Me platicaba sus cuitas con sus galanes; tenía mal tino para elegir: le salían abusivos e irrespetuosos. Lamenté mucho no enterarme de su muerte; habría estado junto a él y lo hubiera acompañado a su sitio mortuorio.

Y está mi hermano Julián: la foto que tengo es de una vez que me presenté en la Sala Ponce de Bellas Artes y, cuando los presentadores terminaron de hablar, Julián, menor que yo por 7 años, pidió el micrófono y dirigió algunas palabras al público respecto de mí y mi vínculo con él, palabras generosas y sin nerviosismo.

Como era supersticioso, dijo que iba morir un día en que las fechas sumaran 5 y, en efecto, falleció el 2 de marzo del 2000; si sumamos marzo (mes 3 del año) con el 2 del 2000 da 5; igual se puede sumar el día 2 con el mes 3 y también da 5. Lo supe por boca de su hija Karla, a quien se lo dijo. Mi hermano se suicidó, por ello tenía en su poder el resultado del cubilete. Nueve años antes le vino el primer brote psicótico, como le llaman los psiquíatras, cuando lo despidieron de mala manera de una empresa europea, siendo él gerente de cobros. A su enfermedad le llaman hoy depresión doble; antes la nombraban bipolaridad o manía depresiva. Que luchó con denuedo, me consta, que toleró hasta electrochoques, no hay duda, y que tomó todo tipo de medicamentos es irrebatible. Transitó por uno de los caminos que el demonio suele ponerle a algunos humanos.

Sólo menciono el momento de su brote psicótico. En una media noche, fue a verme; no eran extrañas sus visitas a esas horas y nos tomábamos un trago. Fue a decirme que se había enterado de quién había sido el causante de su despido y que venía de ver a un tipo al cual, por cinco mil pesos, había contratado para matar al responsable. Al oírlo se me bajó la peda y le dije a Julián, como hermano mayor, que de inmediato fuera a buscarlo y suspendiera el asunto, pues sería obvio quién habría causado la muerte del tipo; que, además, el asesino podía fallar; que el que había provocado su despido no había actuado solo; en fin, que se estaba poniendo la trampa solo. Así que salió volado y, como a las cuatro de la mañana, me llamó y me dijo que había suspendido la ejecución, pero que el sujeto se había quedado con tres mil pesos. Todavía le di un último repaso por tal queja. A partir de ese día hasta su suicidio por ahorcamiento vivió lo que pocos humanos suelen experimentar.

Bueno, tal vez mi breve mausoleo debería ser más grande, pero lo he dejado a lo aleatorio, como dije al inicio y representa a los ausentes.

Guillermo Samperio