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Las campanas del silencio

Acentos

Diego Petersen Farah

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  • 2009-12-05•Al Frente

Cuentan que, tras una conversación con Juan José Arreola, un periodista le preguntó a Jorge Luis Borges cómo le había ido con su colega de Zapotlán, a lo que el narrador y poeta argentino contestó, en alusión a lo parlanchín del escritor jalisciense: “Bien, he podido introducir algunos silencios en nuestra conversación”. Tarea nada fácil la de Borges, pues mantener un espacio de silencio en una plática con Arreola era algo digno de presumir.

El silencio, bien lo sabía Borges, también es conversación, como también es música. El silencio es un elemento significativo, quizá el más potente y elocuente de la comunicación humana. No es sólo ese espacio de ausencia de voz o de sonido que hace que una palabra se separe de otra, que una frase se distinga de lo que sigue, o que una secuencia pueda seguir armónicamente a otra. El silencio, en términos culturales es también el límite de lo permisible, es lo oculto, lo vedado, lo restringido. El silencio fue primero privilegio de los dioses, que no le deben explicación a nadie; se convirtió en arma de los poderosos y, finalmente, se volvió derecho y se consagró en la frase “tiene derecho a permanecer callado”, que oímos ad náuseam en cualquier programa policiaco que se precie de ser lo suficientemente malo.

En el libro La iglesia del silencio; de mártires y pederastas de Fernando M. González (Tusquets, 2009) hace un lúcido ensayo sobre los usos del silencio en la Iglesia católica, una institución que, por cierto, los maneja como ninguna, y explora los diferentes tipos de silencio que la Iglesia ha usado en dos casos concretos: el de los mártires de la guerra cristera y el de los casos de abuso sexual de menores, específicamente el caso del fundador y director de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel Degollado. Son dos casos en los que queda de manifiesto el manejo del silencio aunque con estrategias distintas.

“Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud”: Borges. En la fabricación de los guerreros mártires de la Cristiada, queda claro que, de haber intervenido un perito de la procu en el proceso de canonización, ésta no se hubiera dado, o dicho en palabras de Fernando González, muchos de ellos no hubieran pasado la prueba de la parafina, esa que detecta la pólvora en las manos del que disparó.

La Iglesia silenció el lado violento de los mártires de los cristeros. La Iglesia, como un gran maestro de sonido, fue ecualizando las voces y los sucesos hasta lograr una sonido “conveniente”, e incluso este sonido “conveniente” fue cambiando con el tiempo: subieron el volumen cuando les interesó que la voz de los alzados se escuchara, lo bajaron casi a cero cuando llegó el momento del arreglo (al grado de esconder documentos comprometedores) y subieron el tono cuando llegó el momento de la canonización. Ahora bien, para esto último había que hacer una limpieza de sangre, quitarle a los mártires cualquier indicio de violencia, ejercida o incitada. Y lo hicieron.

“Las herejías que debemos temer son las que se confunden con la ortodoxia”: Borges. El otro caso de silencios articulados que analiza Fernando González es el del Marcial Maciel. En este caso no se trato de silenciar para generar nuevos significados sino para encubrir delitos. El cadáver de Maciel fue embalsamado con silencio. Ante el estallido de los nuevos escándalos, cuando sale a la luz que mon père tenía hijos carnales y novias de carne y hueso, la apuesta por el silencio, que todo lo niega, quedó rebasada y destruida. El “santo varón” resultó ser un “santo cabrón”. Ante esta situación, a la Iglesia y a los legionarios no les quedó más que cambiar de estrategia y pasar del silencio sepulcral, ofendido y digno, a la del silencio administrado, que Fernando González resume en una frase de Roland Barthes: “Un poco de mal explicitado dispensa de reconocer del mucho mal escondido”.

Como si hubieran leído a Barthes, la Iglesia y los Legionarios de Cristo, en esa lógica tan clerical del mal menor, rompieron el silencio en lo que consideraban era la parte de la vida de Maciel menos peligrosa: la del cura que “cae” en la tentación de la mujer (todos somos hijos de Adán y gracias a ello la mujer siempre es la culpable). A esta lógica de que la carne es débil, como gusta a algunos sacerdotes curas, habría que agregar, también que, cuando se trata de alguien importante, la moral tiene más pliegues que un vestido de china poblana. Romper el silencio sobre la hija de Maciel les permitió, en la lógica de Barthes, seguir negando los abusos sexuales a jóvenes seminaristas, muchos de ellos menores de edad, y la adicción a la morfina. Un cura con “líos de faldas” cabe perfectamente en la lógica machista que prevalece en la institución. Un drogadicto, homosexual y pederasta no sólo no tiene cabida en los altares, sino que es excluido incluso del reino de los cielos (Lozano dixit).

diego.petersen@milenio.com