Calderón depende de Calderón

Epicentro

León Krauze

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  • 2009-12-01•Política

Felipe Calderón llega hoy a la mitad de su sexenio. La suya ha sido una Presidencia complicada de origen. En 2006, después de años de polarización cortesía de dos de los grandes megalómanos de la historia nacional, el joven Presidente tuvo que enfrentar el fantasma de la ilegitimidad. Y, como tiende a ocurrir en la política, aquella primera disyuntiva marcaría el destino de su administración. Aterrado por la estridencia lopezobradorista, Calderón optó por consentir. A diferencia de Carlos Salinas —quien sí tenía razones para temerle al descrédito del fraude— el Presidente cedió desde el principio: entregó al IFE, dando la tóxica impresión de creer en el mito de su propia ilegitimidad. Después, como ocurre también con frecuencia con los políticos que comienzan cuestionados en el ejercicio de su puesto, el Presidente quiso equilibrar. Pero antes que golpear el andamiaje del sistema que lo amenazaba (como bien hizo Salinas) Calderón optó por comenzar una guerra imposible de ganar. La lucha contra el narco sirvió para granjearle a Calderón adjetivos de corto plazo pero no consiguió resolver la encrucijada mayor: la dificultad de gobernar. De manera incomprensible, el Presidente insistió, durante tres largos años, en la importancia del consenso antes que en la mayoría. Transformó para mal la misión de nuestra democracia: en el México de hoy, la vida democrática parece depender no de la voluntad de la mayoría sino del acuerdo imposible entre partes irreconciliables. Esta obsesión por el consenso nos dejó la reforma petrolera, adefesio vergonzoso que ha vuelto a México el hazmerreír del mercado energético mundial. Todavía hace unos días, cuando lo entrevisté, el secretario de Gobernación mencionó la palabra “consenso” no menos de cinco veces. En el gobierno de Felipe Calderón, apaciguar equivale a gobernar.

Pero nada de esto implica que el Presidente esté muerto políticamente. En los últimos días, varios colegas han sugerido que Calderón es un “pato cojo”, la famosa (y cruel) expresión que usan los estadunidenses para describir a un Presidente en funciones cuya opinión ni pesa ni importa, porque su sucesor ya ha sido electo o está en proceso de serlo. Un “pato cojo” es poco más que una figura decorativa; un pasajero sentado en la sala de espera viendo llegar el avión para el exilio político. Llamarle “pato cojo” a Felipe Calderón no es sólo una irresponsabilidad: es un error. Como demostró la extinción de Luz y Fuerza, el Presidente tiene aún capital político y voluntad para tomar decisiones que pueden afectar el rumbo del país y, de manera crucial, el proceso de sucesión. El golpe al Sindicato Mexicano de Electricistas elevó perfiles de ciertos funcionarios y exhibió a otros tantos. Fue, en suma, un decreto profundamente político. Está por verse si el gobierno calderonista aprendió la lección en toda su complejidad: el apoyo de la mayoría al golpe de timón de Luz y Fuerza debería darle el impulso para seguir atacando las incontables estructuras del México corporativista y monopólico que han echado grilletes a los tobillos del país.

La gran pregunta, por supuesto, es si Calderón todavía quiere llevar las riendas del poder. Sobran los rumores que indican que el Presidente está cansado, harto o irritado hasta la sinrazón. La virulencia lopezobradorista, dicen, le ha pasado factura emocional. La oposición maquiavélica priista, sugieren, lo ha rebasado. De ser cierto, el hastío presidencial tiene algo de comprensible. Pero en la Presidencia no hay víctimas. Y en la Presidencia de México pedir comprensión es un acto de debilidad. Calderón debería, en cambio, prepararse con una buena medida de entusiasmo para la segunda mitad de su gobierno. Si lo que le preocupa es la sucesión, puede consolarse con que, aunque 2010 será otro año difícil para la economía nacional, no hay pronóstico que niegue que, para 2012, las cosas habrán mejorado. Céteris paribus, la crisis que le costó al PAN una catástrofe electoral en 2009 será un recuerdo dentro de tres años. Pero para llegar a buen puerto, Calderón deberá levantar la cara y dejar de lado el mito de su ilegitimidad. Aunque lo haya sido por el más estrecho y disputado de los márgenes, el Presidente fue electo, de manera plenamente legítima, para gobernar, no para consensuar la inmovilidad. Al votar por el PAN, el electorado buscaba un cambio a estructuras caducas y perversas. Lo sigue buscando.

leon@wradio.com.mx