Los setenta de Froy
2009-11-30•Qrr
A Froylán la edad sólo se le nota por fuera. Al recibir uno a uno a sus invitados lo hace con tal complicidad infantil que sólo se puede esperar una noche salpicada de travesuras.
Pese a que al festejo asistieron muchos de sus alumnos actuales, López Narváez olvidó el rigor que suele aplicar en sus clases y se organizó un pachangón a la altura de su vida. La locación no podía ser otra que el salón Los Ángeles, escenario que durante lustros ha recibido a los mejores interpretes del estilo musical que el festejado idolatra. Quien no conoce a Froylán no conoce el género rumbero.
Antes de que la primer orquesta iniciara su presentación, el ahora setentón abrió pista rodeado de familiares aprovechando que sonaba un mambo, género que lo enloqueció al llegar en 1940 a la Ciudad de México directo de Charcas, San Luis, población que, de existir justicia, debiera llamarse Froylán de la Rumba.
A pesar de que el festejo se dio en tan magnánimo local, la generosidad de Froylán, pero sobre todo de su gran amigo Miguel Nieto, permitió que cada invitado llegara con su botella como si de una reunión bohemia y casera se tratara. A pesar de ser un personaje muy querido, el humilde López Narváez nos regaló un speach de agradecimiento en el que negó hablar de sí mismo con la misma convicción con la que ha negado la existencia de la salsa o el origen “popular” del movimiento del 68. López Narváez más bien se dedicó a exaltar a sus amigos, “sin los cuales el hombre no es nada”, según ha reiterado en otros foros.
Pero aunque insistía en su anonimato, era una noche para hablar de Froy. En algunas mesas sus alumnos añoraban su enorme dedicación como tutor, sus escasos exabruptos cargados de inocente misoginia, el cigarro como condición para la enseñanza y la obligación de recitar a Sabines o bailar la mentada rumba, como una forma de preparar a los alumnos no para la profesión, sino para la vida misma.
Tras de unos tacos de lengua cargados de adjetivos, y como ya estaba consumida la jalea, al ritmo que decretaba el festejado invadieron la pista sus entrañables amigos presentes: Enrique Strauss, Miguel Nieto, Carlos Marín, Ernesto Márquez, José Gordon. El baile como religión.
Luego el pastel, regalo de uno “que está haciendo méritos para ser mi yerno”, con el escudo de los Pumas, el símbolo que más respeto le provoca al escritor, y la parte final del baile para descargarlo todo: Bill Halley, el “Bule, Bule”, Elvis Presley, merengue, guaguancó y, por supuesto, la rumba que hoy más que nunca sigue siendo cultura.
Había llegado el final de tan merecido homenaje a manera de cumpleaños. Y los cumplió feliz.






