Fiscal en la comida
Ruta Norte
Jaime Muñoz Vargas
María Rosa Fiscal nos ha invitado a su mesa de palabras en un par de ocasiones.
No recuerdo en qué texto afirmé esto que quiere parecer agudo pero en realidad es obvio y seguramente ya lo han dicho mil personas: la historia de la humanidad es la historia de su alimentación. Pues sí, el sólo hecho de que podamos afirmar lo que sea, cualquier frase, es prueba de que nos hemos alimentado. Ahora bien, si nos hemos alimentado, lo hemos hecho acompañados de personas, de olores, de sonidos, de colores, de vivencias que hacen de la comida algo que está más allá, mucho más allá, de su sentido primario, el de administrarnos energía. En otras palabras, la comida no es sólo la química que nos mantiene en pie, sino todo un tramado de experiencias que define gran parte de las culturas nacionales, regionales e incluso familiares. Sólo por esa razón es un tema inagotable: la comida es, así de simple, el hombre, y el hombre es lo que come, lo que ha comido. Los abordajes al mundo de la alimentación, por ello, son tan variados y abundantes que no hay estudioso capaz de conocerlos todos. Imaginemos una biblioteca con esa aspiración totalizante: estarían allí, por supuesto, los innumerables recetarios, las historias de algún producto (el café, el cacao, el vino, el arroz, la papa…), los diccionarios con términos culinarios, los manuales de nutriología, los acercamientos de carácter económico (la industria azucarera brasileña, por ejemplo) y en fin, todo lo que frontal o lateralmente muestre, describa o examine algo, lo que sea, sobre el alimento. En esa biblioteca descomunal no pueden faltar, ahora, las aproximaciones al comer mediante la literatura o, para ser más precisos, mediante la mirada poética de los escritores que por lo general han tratado el tema en clave de memoria. Es el caso de Memorias de cocina y bodega, de Alfonso Reyes, o de Grano de sal, de Adolfo Castañón. A diferencia de los recetarios, manuales e historias, los libros de escritores tienen un regusto amigable, pues aproximan su palabra a los platillos casi con el ánimo de que, con exquisitas descripciones, se nos hagan agua la boca y el corazón. Son libros necesariamente cálidos, pues pocos escritores habrá que no sientan una deuda con el sabor, el olor y la apariencia de la comida, contimás (cuánto y más) si tuvieron una madre que se esmeró por preparar delicias. Los escritores que escriben sobre comida, pues, preparan libros casi literalmente sabrosos, atojables, auténticas evocaciones con aroma y sabor gratos.
María Rosa Fiscal nos ha invitado a su mesa de palabras en un par de ocasiones. Primero, en 2005, con el libro El aroma de la nostalgia: sabores de Durango, y ahora con la obra que presentamos esta tarde, el volumen dos del mismo título. En ambos convites, sus comensales hemos sido agasajados con una lista de platillos firmemente arraigados en el ámbito familiar de la ciudad de Durango, pero más profundamente retenidos por el espíritu de María Rosa, escritora a la que admiro, respeto y quiero mucho, pues para mí es un ejemplo de lucidez y generosidad. Para los que no lo saben, María Rosa nació en Durango y estudió letras en la UNAM, además de una maestría en la misma disciplina. Durante casi veinte años formó parte del personal académico de la UNAM, y además impartió cursos de literatura y español en el Centro de Enseñanza para Extranjeros en el DF y en San Antonio, Texas. Ha publicado, entre otros, La imagen de la mujer en la narrativa de Rosario Castellanos (UNAM, 1981), Durango, una literatura del desarraigo (Conaculta, 1991) y Perfiles al viento (IMAC-Juan Pablos, 2000). Además, son incontables los artículos y reseñas que ha publicado en periódicos y revistas del país, entre los que se cuenta la revista Proceso. Un poco al sesgo de su producción ensayística, María Rosa Fiscal nos ha regalado en los años recientes con dos libros que a mi ver son dechados de buena prosa memorística: se trata de libros que contienen recetas de platillos familiares a los que su autora ha añadido el aderezo de su recordación y su apetito de excelente lectora, es decir, todo aquello que surge en su mente al enunciar “caldo de pescado” o “galletas de miel para la navidad”. Sucede así, y María Rosa lo ha percibido muy bien, porque la palabra que designa cada plato del menú casero no es sólo un nombre, sino un detonador de recuerdos, de sabores y de olores principalmente, pero también de otras palabras, de gestos, de toda la circunstancia que rodeó el acto de comer en el espacio familiar (texto leído ayer en la presentación del libro celebrada en la Casa de la Cultura de Gómez Palacio. Reseña completa en el blog de Ruta Norte).


