Fenomenología de la queja (3. Queja y ciudadanía)

Día con día

Héctor Aguilar Camín

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  • 2009-11-25•Al Frente

Hay países que se quejan y otros que no. Si yo pudiera decidir sobre los índices mundiales del llamado riesgo país, que es el índice de confiabilidad financiera de las naciones, incluiría en ellos el concepto queja país, es decir, la medición de cuánto se quejan los países.

Los países que se quejan más serían más desconfiables que los que se quejan menos, por la misma razón que un futbolista que se la pasa quejándose del árbitro por las patadas que recibe es menos confiable que el que se concentra en jugar. La demasiada queja es síntoma de debilidad de la vida pública: o porque las quejas son ciertas o porque no lo son.

En el primer caso porque describen un infierno frente al que nada es posible hacer, y nada hace la sociedad, salvo quejarse.

En el segundo caso, porque describen una comunidad con poca resistencia a la frustración y poca confianza en sus propias fuerzas: una comunidad de ciudadanos consentidos y narcisistas.

La demasiada queja pública al final es autocomplaciente, releva al quejoso de responsabilidad y de iniciativa. Pone la culpa y la solución en otros.

Falta en nuestra ágora el antídoto por excelencia de la queja, el humor. Sobran en cambio la solemnidad, la rabia y el afán de culpar a otro de nuestros males.

La demasiada queja es en el fondo poco democrática, asume que no hay otra que quejarse, que las cosas no pueden cambiarse con la acción de los ciudadanos.

La demasiada queja pública es el grito de una ciudadanía que ha adquirido los derechos sin asumir las responsabilidades de su vida democrática.

Es el autorretrato de una ciudadanía de baja intensidad, y de unos medios que alimentan la insatisfacción más que el conocimiento en la opinión pública.

Que la demasiada queja esté dirigida sobre todo a políticos y autoridades, habla también de una ciudadanía que no cree en sus propias decisiones democráticas, pues nadie sino los ciudadanos han elegido, con su voto, a los políticos y gobiernos que desprecian.

Hay, por último, un fondo elitista y un sesgo profesional en la demasiada queja pública. El país catastrófico o simplemente impresentable que retrata día con día el círculo rojo no coincide con el país del esfuerzo, a veces del estoicismo, en que viven y trabajan millones de mexicanos, sin tiempo para quejarse y sin recibir pago por hacerlo, como es el caso de los profesionales de la opinión pública, cuya credibilidad depende de su tono crítico... y de la fuerza de su queja.

Me incluyo, desde luego, en lo que digo.

acamin@milenio.com