El reino de la simulación

Capitolio

Gerardo Hernández

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  • 2009-11-23•Acentos

No es novedad que al sector privado se recurra para sufragar campañas.

Felipe Calderón es un hombre resuelto y con más carácter que Fox, sólo que sin la legitimidad ni los márgenes de maniobra de este para actuar como las circunstancias del país exigen y él quisiera. La debilidad del guanajuatense fue Martha Sahagún, dicho por el diputado Manuel Clouthier Carrillo, hijo del “Maquío”, uno de los símbolos modernos del PAN. La del michoacano es la duda de si realmente le ganó a López Obrador por una nariz o si la foto fue trucada.
El discurso de Calderón en el 41 Foro Internacional de la Industria Química, donde criticó a los empresarios que exigen mucho y contribuyen poco, me pareció valeroso y adecuado… si lo hubiera pronunciado al principio, cuando lo que prometía eran empleos, crecimiento y menores cargas fiscales, no al final de su tercer año de gobierno. ¿Por qué hasta hoy? No porque su radio de acción se haya ampliado, sino porque la presión social es demasiada, el dinero poco y, en efecto, existen corporativos que se enriquecen aún más con cargo al fisco. Y no hablo de los evasores.
Sin embargo, los que tributan poco no delinquen. Pueden, en todo caso, ser inmorales, poco solidarios, pero que así ocurra tampoco es culpa de ellos sino de quienes crearon las estructuras vigentes y de quienes hasta hoy — no en 2006— se percatan de que México es, para esos conglomerados, un paraíso fiscal. Si el sistema hacendario no funciona, que se cambie. Mas no con golpes de efecto, que luego resultan contraproducentes, sino con actos de gobierno. Las inmensas fortunas de Slim (Telmex), Bailleres (Peñoles), Zambrano (Cemex), Larrea (Minera México), los Peralta, los Salinas, los Azcárraga, los Hank… no podrían explicarse, en buena medida, sin estrategias fiscales sofisticadas y relaciones con el gobierno de turno.
¿O no fue en casa de Antonio Ortiz Mena donde los principales capitales de la época se reunieron con los líderes del PRI, por encomienda de Salinas de Gortari, para financiar la campaña presidencial de 1994? La cuota era “modesta”: diez millones de dólares, “contribución” que el “Tigre” Azcárraga —fabricante, en sus propias palabras, de televisión “para los jodidos”— triplicaría con el argumento de que mucho le debían al sistema los presentes como para regatearle apoyo al partido del que se decía soldado.
Fox, Calderón y el impoluto imaginario López Obrador recibieron también numerario de los grandes capitales. Lo mismo que Labastida, claro. ¿Quién no recuerda el pase de charola que en Torreón debió suspenderse cuando se propaló que el anfitrión había estado preso en otro tiempo por defraudar al Banrural? En la misma capital lagunera, Andrés Manuel, en campaña, fue agasajado por corporativos que veían en él al futuro presidente.
No es novedad que al sector privado se recurra para sufragar campañas. Ilegítimo sí, pues viola los topes de gasto y crea compromisos que el país paga con intereses de usura. Lo nuevo es que el presidente se rebele y cobre en público. En Torreón lo hizo de manera discreta cuando le susurró a un empresario: “Ya paguen” (los adeudos con la CFE por riego agrícola). Si es para sanear al país en todos los niveles, adelante. Si es demagogia, México será siempre el reino de la simulación.

gerardo.espacio4@gmail.com

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