Fenomenología de la queja pública (1. La demasiada queja)
Día con día
Héctor Aguilar Camín
La lectura de los diarios mexicanos me hace recordar la anécdota del gran escritor que en medio de una animada sobremesa de fusilamientos literarios se atrevió a decir: “No entiendo cómo gente a la que le va tan bien, habla tan mal de otros”.
Es probable que nunca en la historia de México les haya ido tan bien a los medios como ahora. Es posible que nunca hayan, tampoco, difundido una idea tan quejumbrosa del país.
Los mexicanos suelen sacar calificaciones altas en las encuestas obtusas que miden la felicidad de las naciones. La población general de México, lo que algunos llaman “el círculo verde”, es una de las más felices del planeta.
Todo lo contrario sucede en el llamado “círculo rojo”, el círculo de la prensa, la opinión publicada y la opinión declarada. En el círculo rojo, México debe tener una de las más altas calificaciones de infelicidad del mundo.
Si hubiera que definir los rasgos comunes al círculo rojo de todas las tendencias, serían la inconformidad, la crítica y la queja. Y cada vez más, sólo la queja.
La queja pública que es un extremo vicioso de la crítica, un barro adolescente del ejercicio de la libertad de expresión.
He aquí una tendencia que empieza a ser hartante: la crítica que se convierte en queja y la queja que se olvida de la crítica. La queja pública de que hablo es la crítica vuelta facilismo, la molestia vuelta desahogo.
El espectáculo es redondo. Los políticos se quejan de sus propias decisiones (por ejemplo, en materia fiscal). Los ciudadanos se quejan de los políticos que eligieron. Los gobiernos se quejan de sus medios, de sus empresarios o de sus ciudadanos. Los medios, los empresarios y los ciudadanos se quejan de sus gobiernos.
La queja pública ubicua se derrama por igual sobre la baja calidad de los políticos, la mala conducción del gobierno, la ineficacia radical del Estado, las limitaciones del Presidente y de su gabinete, la impunidad de los gobiernos locales y de los poderes fácticos.
En suma: una queja universal sobre la clase dirigente hecha por quienes hablan en nombre de una ciudadanía a la vez enojada, harta, inerme y desvalida frente a quienes la dirigen.
Una ciudadanía a la que no le queda más remedio, y acaso no tiene otro desquite, que descalificar, insultar, quejarse.
No es que falten razones para quejarse, sino que la demasiada queja acaba vacunando contra ella misma, volviendo rutinario y caricatural lo que debiera ser alarmante y útil.


