“Los fuertes también lloran...”
Neteando con Fernanda
Fernanda de la Torre
Tenemos la costumbre de etiquetar a las personas. Como si fuesen mercancías ponemos estas etiquetas, que a nuestros ojos definen y marcan de por vida: “los buenos”, “los fuertes”, “los débiles”, “narcisos”, wannabes, “los queda bien”, “pensantes”, “los trabajadores”, “los listos”, “enojones” etc. La lista es interminable.
Todas estas etiquetas son parciales por lo tanto injustas. Ya que al etiquetar a las personas las encajonamos y vemos sólo una faceta de su personalidad. Además tienen que ver en mayor medida con nuestra percepción acerca de ellos que con la realidad.
Las etiquetas, además encajonar, limitan a la persona y a la relación que tenemos con ellos. Por ejemplo, cuando etiquetamos a alguien como “fuerte”, de entrada, parecería algo positivo y de alguna manera lo es, pero al encajonarte en esta etiqueta se pierden de vista otras facetas y se cae en estereotipos: “Es fuerte, no necesita que lo ayuden”. Al etiquetar a alguien de fuerte, asumimos que van a sobrevivir a despidos, divorcios, viudez y todos los embates de la vida sin ayuda. Además, pensamos que pueden hacerlo todo: cargar con todas las responsabilidades de la familia, cuidar a los padres y hermanos, ver por tus hijos y dependientes. Nada más lejos de la realidad. Sí, los fuertes sobreviven y salen adelante, le echan ganas a la vida, pero no es todo lo que hay que decir acerca de ellos. Los fuertes también lloran, les da miedo la vida, tienen ganas de que los abracen, necesitan el apoyo y a la gente, sus consejos, su compañía.
Finalmente son seres humanos, iguales a los demás, con una característica que destaca: fortaleza interior. Esta cualidad no excluye que tengan otras facetas. Parecería que ésta opaca todas las demás y dejamos de ver sus muchas facetas. Las etiquetas nos resultan cómodas ya que al encajonar a alguien sentimos que podemos zafarnos de nuestra responsabilidad con ellos, o justificar ciertas acciones. “No, es un hombre inteligente, no me necesita para buscar chamba”, “No me necesita en estos momentos, ella es muy fuerte”, “Ok, no le he hablado pero ella es tan buena, que entenderá”.
Lo mismo sucede con todas las demás etiquetas. Se centran únicamente en un aspecto de la personalidad. Tal vez sea cierto que tal o cual tiene mal genio, pero al etiquetarlo así olvidamos mencionar sus muchas otras cualidades como su generosidad o brillante inteligencia. Cuando etiquetamos a alguien de cualquier cosa, lo limitamos y reducimos a sólo una parte de su personalidad, dejando de ver los demás aspectos.
Somos más que una percepción o un momento, ya sea bueno o malo. Efectivamente, podemos pasar un buen rato (o hasta una temporada) de muy mal genio, pero eso no significa que seamos así todos los días de nuestra vida. Tal vez en determinados momentos somos flojos pero eso no implica que seamos unos flojos para todo lo que hacemos. Tampoco somos siempre disciplinados o responsables para todo. Hay quienes pueden ser muy responsables en su trabajo, pero se olvidan de pagar las deudas de su casa. Como me dijo alguien alguna vez, hablando de la relatividad de las cosas: “Nada es bueno o malo, vicio o virtud, depende de para qué usemos esos atributos a las que llamamos cualidades”. Existen personas con un gran talento financiero, Bernard Madoff, sería un claro ejemplo, pero etiquetar a Madoff únicamente como un genio financiero, dejaría fuera una parte importante de su historia y la de muchos que creyeron en el talento financiero: su falta de ética y la manera criminal para la que usó ese talento financiero.
La percepción que tenemos de una persona es limitada. Depende nuestros momentos y vivencias así como del momento en que lo conozcamos. Hace tiempo escribí acerca de mi abuela y de las diferentes percepciónes de sus nietas mayores, comparada con las menores que la conocieron en otra etapa de su vida, debilitada por la enfermedad. Como si fuésemos actores o actrices, actuamos diferentes papeles, roles para diferentes personas. Para unos tal vez seremos la inalcanzable Dulcinea y para otros la bruja y villana de una historia de amor. Y seguramente, ambos tienen razón.
Tal vez, como dice el escritor húngaro Sándor Marai, en El último encuentro la única forma de conocer a las personas y poderlas definir es de acuerdo con la congruencia con la que viven.
“—Preguntarte… ¿qué? —dice en voz baja, con desprecio, como si se estuviera burlando de sí mismo— ¿Qué se puede preguntar con palabras? ¿Qué valor tienen las respuestas que se dan con palabras y no con la veracidad de la vida humana?... Muy poco —dice, totalmente convencido. Son muy pocas las personas cuyas palabras concuerdan con su existencia. Cuando eso sucede, se produce una de las maravillas más raras en la vida.”
¿Te sientes etiquetado? Me gustaría oír tu opinión. Por favor escribe a: fernanda@milenio.com o deja un comentario en mi blog: http://www.milenio.com/blog/Fernanda o en Twitter http://twitter.com/FernandaT


