La refulgente Bacall

Sentido contrario

Héctor Rivera

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  • 2009-11-22•Cultura

Muy perfumado, con los cabellos engominados, Humphrey Bogart llegó a su casa una noche, cuando comenzaban a correr los años 40. Sereno, relajado, había dejado en los Baños Finlandia buena parte de su estresada vida cotidiana. Cada vez que visitaba ese establecimiento regresaba con la misma expresión de placer. Se veía tan bien, que la actriz Mayo Methot, su tercera esposa, comenzó a entrar en sospechas. Alcohólica, paranoica, celosa y violenta, estaba convencida de que Bogart se daba de vez en cuando sus escapadas a una casa de citas de lujo. Dicen los biógrafos de Bogart que cuando Mayo tarareaba “Siento deseos de abrazarte…”, las cosas estaban de veras mal. Por supuesto, el actor sabía que ése era el himno de batalla de su pareja, que asociaba el alcohol con la pelea salvaje.

Al entrar, Bogart la escuchó tarareando la letra que le erizaba la piel. Supo enseguida que las cosas se iban a poner feas, de modo que trató de escabullirse de inmediato. Pero ella fue más rápida y le dejó clavado en mitad de la espalda un cuchillo de cocina. Fulminado, Bogart cayó al piso, mientras su mujer se disponía a salir rumbo a los Baños Finlandia para destruir con sus propias manos ese lugar de depravación.

A Mayo le molestaba enormemente el hecho de que su carrera profesional hubiera quedado en el archivo para convertirse en la señora Bogart, la esposa de una de las más brillantes figuras de la Warner Brothers. Una posición que hubiera hecho felices a muchas mujeres en aquellos años. Hay quien asegura que muy pronto su relación conyugal se volvió tan aguerrida, que la pareja era conocida en los medios periodísticos como “los peleoneros Bogart”, con una intensa vida social que destacaba por las batallas campales que daban estruendoso cierre a sus fiestas y reuniones. En uno de los momentos estelares de aquellos alcoholizados festejos, la furiosa Mayo le arrojaba a Bogart vasos y botellas, que él esquivaba con toda serenidad. “Inaguantable”, le decía, a modo de sobrenombre. Y bautizó así a su casa, a su perro y a su pequeño yate.

Aquella noche, cuando acuchilló a su marido, la inaguantable Mayo invirtió una buena suma para silenciar al médico que acudió a atenderlo de urgencia. El dinero surtió efecto de tal manera que ni el obsesivo Kenneth Anger da cuenta del suceso en los detallosos relatos de la página roja de Hollywood que hace en sus dos volúmenes de Hollywood Babilonia. Tampoco recoge Anger el día en que Mayo incendió el domicilio conyugal, ni refiere lo buena que era para valerse del tacón de sus zapatillas como filosa arma a la menor provocación.

Con su voz gangosa, un aspecto fatigado, el labio superior rígido, la mirada huidiza y una estatura más o menos baja, Bogart era un duro en el cine. También un caradura, un pícaro, un insensible, un frío seductor. Sus personajes son memorables, sobre todo el Rick Blaine de la clásica Casablanca y el Harry Steve Morgan de Tener o no tener.

Mientras filmaba esta última película en 1944, bajo las órdenes de Howard Hawks, conoció a una actriz debutante de 21 años. Casado y a sus 45, se empeñó en enamorarla. Ella, rubia de mirada intensa y voz ronca, guapa y elegante, directa y ruda, pero de una frágil seguridad en sí misma, cedió finalmente a sus insistentes coqueteos. Apenas 10 días después de que Bogart formalizara su divorcio con la inaguantable, Lauren Bacall se convirtió en su cuarta esposa. Nunca más taconazos en la cabeza, vasos y botellas volando sobre su cabeza, portazos en la cara, cuchilladas en la espalda. Eran el uno para el otro. Su matrimonio se mantuvo vigente hasta la muerte de Bogart en 1957, a causa de un cáncer en la garganta. A lo largo de 12 años su amor apenas si se agitó un poco cuando trascendió que la actriz sostenía un romance secreto con Frank Sinatra, un rumor que confirmaron los hechos cuando Bacall anunció su boda con el cantante poco después de la muerte de Bogart, aunque en realidad nunca llegaron a contraer matrimonio.

Hace unos días, cuando recibió un Oscar honorífico por su trayectoria, Bacall reconoció con emocionada humildad a sus 85 años de edad: “Bogart me dio una vida y cambió mi existencia”. También dijo mientras estrechaba contra su pecho la estatuilla: “¡Por fin tengo un hombre!”.

Y no es que los hombres hayan estado ausentes de su vida desde la muerte de Bogart. En realidad, se casó unos años después con otro duro célebre, el actor Jason Robards, aunque su matrimonio apenas sobrevivió hasta 1969.

A pesar de su extensa carrera de unas 70 interpretaciones de todo tipo, casi siempre con el sello característico de aquellos años de oro de Holywood, Bacall recibió pocos premios. Para una actriz de su tamaño, el único Oscar que recibió en su larga trayectoria cinematográfica, en la categoría de actriz secundaria por su desempeño en El amor tiene dos caras, de Barbra Streisand, es prácticamente una prueba de que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood no es muy certera en sus criterios, aunque sí tiene un claro sentido de su origen y una cierta lealtad con su pasado más brillante, para bien y para mal.

En medio de ese aire de nostalgia que evocaba discretamente algunos de los mejores días de la industria fílmica hollywoodense, Bacall recibió el premio en el curso de una cena casi íntima, un poco vergonzante, sin el ajetreo de la ceremonia oficial que reúne a cientos de estrellas y periodistas, casi todos muy jóvenes y ambiciosos. Lo mismo que Roger Corman, el pionero del cine de serie B, y el espléndido cinefotógrafo Gordon Willis, premiados también esa noche, Bacall brilló por un pasado de riqueza extraordinaria. Aunque de cualquier manera esa noche muchos vieron todavía en ella la agresiva belleza y juventud que animaron a Bogart a cambiar de vida para siempre, lejos de la inaguantable. Y de los cuchillos.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa.