Larry Sterne bajo peluca/1
Los inmortales del momento
José de la Colina
Durante sus diez primeros años, Larry (hipocorístico de Lawrence) Sterne, hijo de un oficial del ejército británico, y nacido en 1713 en Clonnel, Irlanda Meridional, vivió con sus incontables hermanos en los sucesivos cuarteles irlandeses e ingleses en los que su padre servía. Esa niñez cuartelera parecía destinarlo a la profesión militar, pero su tío Jacques, canónigo de la catedral de York, lo desvió hacia la carrera religiosa matriculándolo en una escuela de Halifax y luego en el Jesus College, de Cambridge. Cuando Larry tenía dieciocho años, el padre murió atravesado por la espada de otro oficial en un duelo originado por una tonta discusión tabernaria acerca del mejor modo de imitar el graznido de los gansos; y puesto que el señor Sterne, hombre de carácter estrafalario, había muerto en estilo “shandiano”, el hijo lo reviviría en el Tristram Shandy como el Tío Toby, especialista en el arte de la discusión erudita a propósito de cualquier tema... con la rigurosa condición de que fuese baladí.
Nombrado vicario en la parroquia de York, el largo, flaco, ojón, narigudo Sterne, casado con una mujer que lo disgustaba y padre adorador de su hija, vivió veinte años ejerciendo la rutina parroquial en una aldeana medianía a la que prefería sublimar llamándola “una bucólica oscuridad”, pero gozaba de los placeres de la cacería en los cercanos campos, leía el Gargantúa de Rabelais, el teatro de Molière, el Gulliver de Swift, la Anatomía de la melancolía de Burton y sobre todo el Quijote (en alguna de las por lo menos cuatro versiones en inglés entonces existentes) y, con unos amigos fundadores del club de “Los Demoniacos”, pasaba noches de juego y juerga en la casa de su antiguo condiscípulo John Hall-Stevenson que los involuntariamente desvelados vecinos sobrenombraron The Crazy Castle). Ese no discreto modo de vida, más la participación en las intrigas y los chismes de alguna de las facciones eclesiásticas pululantes en la ciudad catedralicia de York, habrían de querellarlo con el tío Jacques, que un día le retiró la bendición y el monetario padrinazgo.
A sus 46 años, y entregado tardíamente al hobby de las letras, Sterne compuso en la ácida manera de Swift un panfleto satírico sobre los yorkianos conspicuos. El opúsculo obtuvo tal éxito de escándalo que su mismo autor hubo de retirarlo de la incipiente circulación, pero como ya había saboreado la miel y la hiel de la escritura cómico-satírica, empezó a escribir una novela en esa cuerda: La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy. Nuevamente los editores locales, encontrando que los dos primeros tomos tenían near-libellous referencias a gente del lugar, se negaron a imprimirlo, de modo que debió ser publicado en Londres un año después (1760). El buen éxito fue inmediato y cuando Sterne llegó a Londres se encontró ya famoso: se le invitaba a las casas de la high society, se le aplaudía en los salones, en los cafés, en los teatros, en las tabernas, en los burdeles, y, en fin, en cualquier lugar en el que, mientras el ingenio le hacía brillar la considerable nariz, desataba su verbo alegremente irónico y colectaba simpatías y aborrecimientos. El famoso pintor Sir Joshua Reynolds le hizo un retrato en que se parece a Harpo Marx y un escultor lo marmorizó en un busto “a la manera romana”, incluido el flequillo sobre la frente. Lo admiraron y admirarían Voltaire, Goethe, Diderot, Nerval, Stendhal; lo detestaron Horace Walpole y el doctor Johnson. Éste, que era de enorme talento pero de moral tory (conservadora), había comenzado admirándolo, pero una tarde en el estudio de Reynolds le manifestó su furioso desdén presentándole la inmensa espalda tras verle comentar demasiado detalladamente un dibujo “tan indecente como para ruborizar aun a las más curtidas pensionarias de un burdel”. El dibujo debió ser para Johnson solamente la gota que derramó el vaso, pues el Doctor por excelencia de las letras inglesas ya sabía que Sterne, pese a su cara de avechucho, era un hombre de turbios amoríos y sospechable de frecuentar the central darkness of an english brothel en un arrabal de faroles rojizos.
Aunque Londres amó y afamó a Sterne, el condado de Yorkshire seguía siendo para él un lugar necesario para “shandizar” a gusto. Allí tuvo de mecenas a lord Falconburg, que puso a su disposición una grata casa campestre rebautizada como Shandy Hall, en la cual escribió no pocas páginas de The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman.
Como ocurriría con Robert Louis Stevenson, Sterne ejercía una heroica vocación de felicidad frecuentemente humillada por las injurias de la tuberculosis. En 1762, en busca de un mejor clima para sus pulmones, se instaló con su aborrecida esposa y su idolatrada hija en Toulouse, Francia, adonde acudían a visitarlo y admirarlo algunos intelectuales y escritores, entre ellos Diderot, futuro autor del filosofante y “shandiano” relato El sobrino de Rameau. Y en Toulouse continuó escribiendo el Tristram Shandy, cuyo volumen noveno y terminal, más el breve y delicioso Viaje sentimental a través de Francia e Italia, por Mister Yorick, aparecerían dos años después de su retorno en 1766 a Londres, donde al cabo de veinte años, el 18 de marzo de 1786, ya permanentemente separado de su mujer y ensombrecido por la lejanía de la hija idolatrada, murió de pleuresía en su casa de Bond Street.
Y... de su obra maestra, el Tristram Shandy, se tratará el próximo domingo.
[Continuará, pues.]


