Historias: Alejandro / Licenciado en Administración de Empresas

Un Lic en el comedor parroquial

En tiempos de crisis y desempleo, profesionistas se ven obligados a recurrir a la ayuda de estos espacios públicos para asegurarse por lo menos un alimento al día. Estos sitios viven de donaciones voluntarias.
  • 2009-11-22•Política

Foto: Especial

Hoy, al igual que ayer, Alejandro va pulcramente vestido, enfundado en una camisa blanca a cuadros bien planchada y un pantalón casual de gabardina. Se sienta a la mesa con los cubiertos en mano y se detiene a contemplar el plato humeante de rajas con papas y frijoles que tiene delante de sí, cierra los ojos por un segundo mientras da gracias por los alimentos y se dispone a comer. Sin embargo, Alejandro no está sentado a la mesa del comedor de su casa, está en un comedor popular en el Templo de las Tres Aves Marías, en Aguascalientes, uno de los varios centros asistenciales para personas necesitadas que la Diócesis tiene instalados en la ciudad.

Alejandro es licenciado en Administración de Empresas. Hasta hace poco más de seis meses trabajaba como asesor y promotor de una Afore, pero debido a la crisis económica, su empresa realizó un recorte de personal y se quedó sin trabajo. A sus cuarenta y un años y con un divorcio a cuestas, la vida no ha sido fácil para él, a grado tal que en este comedor parroquial ha encontrado una manera de procurarse los alimentos que ni siquiera tiene para comprar.

Pero la historia es muy similar para Benitón, quien en otros tiempos fuera supervisor de obra y que hoy tampoco tiene trabajo y menos para comer. El trayecto es largo desde su casa al comedor parroquial, pero como él dice, un plato de comida caliente lo vale. Benitón ha hecho de esto su rutina diaria. Al término de la comida, se retira para buscar alguna oportunidad de empleo, “un jale aunque sea sencillito pa’ que caigan unos centavos”. Y no es para menos, pues en casa esperan tres hijos pequeños y una esposa. “Nunca había pasado por una situación tan complicada”, dice, al tiempo que con unas manos curtidas por el trabajo se cubre el rostro. Antes del regreso a casa, Benitón pepena por algunos contenedores de basura en busca de algo útil para vender. La pena dejó de importar hace mucho. Hoy lo que importa es sobrevivir.

Alejandro y Benitón son sólo un par de historias de las más de 3 mil 500 que se entretejen cada mes entre las personas que acuden al comedor parroquial de las Tres Aves Marías, lugar fundado hace casi 15 años para dar apoyo a los indigentes y vagabundos, pero que a raíz de la complicada situación económica, se ha vuelto refugio también de profesionistas desempleados, tal y como lo refiere Raquel Cardona, encargada del lugar desde hace más de una década. Para ella, el común denominador en todos estos años de servicio es la pobreza.

“Las personas vienen aquí porque están en extrema necesidad, y a veces a uno se le parte el corazón de ver a muchachitos hasta titulados que no tienen un bolillo que llevarse a la boca, eso nunca se había visto antes. Tal vez no les podamos conseguir un trabajo, pero les podemos dar de comer”, comenta. El menú es sencillo pero sustancioso: una sopa que puede ser de fideo o arroz, acompañada de un guisado de rajas, frijoles, pollo o hasta nopalitos, que remata siempre con un pequeño postre, arroz con leche, empanadas o yogurt. La gente que acude al lugar no está pensando en la cena o el almuerzo del día siguiente, sólo hace una comida al día.

Sin embargo, no sólo aquellos que carecen de trabajo se han apuntado como nuevos ocupadores de estos servicios asistenciales. Los indocumentados centroamericanos que se abren paso en su travesía a EU comienzan a ser un grupo con mayor presencia cada vez en el lugar. Para el párroco del sitio, Juan José González Parada, estos grupos son quizás los más vulnerables, pues no sólo llegan necesitados de alimento, sino también de un lugar donde pasar la noche. “Vienen de Honduras, Guatemala y Venezuela; son desconfiados por naturaleza, llegan con mucha cautela a este lugar, pero nosotros no juzgamos ni discriminamos, ni mezclamos a la autoridad en esto; para nosotros son hermanos en Cristo, y como tal, les ayudamos en la medida de nuestras posibilidades”.

Para el prelado, los esfuerzos cada día son mayores, pues los apoyos escasean y la demanda va en constante aumento. El comedor se sostiene gracias a contribuciones voluntarias, pues no hay alguna partida ni del obispado ni del gobierno que les apoye. El ingenio ha tenido que suplir lo que las participaciones oficiales no dan, por lo tanto, cada tercer domingo del mes se ha implementado una colecta temática entre los fieles de la parroquia: aceite, frutas, verduras, carne, son primordialmente los víveres a recolectar. Adicionalmente, las donaciones en dinero o especie van destinadas íntegramente al sostenimiento del comedor. Sin embargo, la oleada de profesionistas desempleados ha traído consigo también beneficios al lugar. “Muchos saben un oficio o una profesión y nos retribuyen la comida que les damos con obras benéficas para la parroquia”.

Jacobo Orenday