Los cazadores subterráneos
Crónicas urbanas
Humberto Ríos Navarrete
Escudriñan cada rincón del Metro. Lo hacen atrás de 3 mil 100 cámaras instaladas en el subterráneo y algunas en el exterior del mismo, como sucede en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, donde incluso logran aproximarse a las ventanillas de los aviones.
Los principales encuadres se concentran en 22 monitores de diferentes tamaños ubicados en el Puesto Central de Control, PCC, tras los que hay 15 personas que apenas parpadean. No despegan la vista de las pantallas. Han detectado carteristas, acosadores sexuales y ladrones de teléfonos.
—Y exhibicionistas.
—Sí, también —revela un funcionario del Metro—, como los sujetos que se bajan el cierre en los andenes.
Una cámara enfoca a un individuo que permanece varios minutos en un andén de la estación Hidalgo. Los trenes van y vienen. Él continúa ahí. No dejan de enfocarlo. Voltea hacia todos lados. Espera. ¿Qué espera? Es la pregunta. Pasa media hora. Desde el puesto central ordenan que un vigilante se aproxime.
El sospechoso es un policía. En su día de descanso. Dice que espera a su familia. Los agentes toman nota. Las cámaras son maniobradas. Escudriñan los más recónditos ángulos de las 9 líneas. Y la A y la B. Casi 5 millones de pasajeros diarios. Un mundo apeñuscado.
Cualquier incidente o delito es reportado a las bases de radio. Lo hacen desde un silencioso PCC, donde uno de los agentes dirige las cámaras hacia un grupo de vendedores ambulantes reunidos en la estación Chabacano.
***
Pero hay ojos electrónicos cuya mirada abarca más allá de 14 estaciones, entre éstas las de Aeropuerto, Hangares, Insurgentes y Villa de Aragón, y las que tienen los principales paraderos, considerados zonas neurálgicas de la ciudad.
—¿Qué tienes en Santa Anita de Línea 4? —pregunta Iván Durán, coordinador del Puesto Central de Monitoreo.
—Estamos haciendo un paneo —responde un monitorista.
—Es que hay un sospechoso en el andén —dice.
Los cazadores que se han llevado las medallas por sus hallazgos, sin embargo, están de vacaciones. Eso se informa. Son los que averiguaron la irrupción de ocho bandas de asaltantes, además de rastrear el itinerario del hombre que disparó su arma de fuego y mató a dos personas en la estación Balderas.
La mayoría de los monitoristas, hombres y mujeres, explica Durán, recibieron capacitación en la Policía Judicial del DF y la Secretaría de Protección Civil. En esta labor, además, es primordial el olfato y la viveza. “Tenemos a los mejores”, se jacta Luis Enrique Villatoro, gerente de Seguridad del Metro.
Y sin embargo es muy difícil conversar con ellos. No se les permite. Nada los debe distraer. Ninguno de los cubículos de monitoreo está vacío. Las imágenes reflejadas en las pantallas son en tiempo real.
Son las 13:00 horas.
Nada comparable con las horas pico. Lapsos estos en que los rateros aprovechan para mezclarse entre la multitud y acosar y acorralar.
***
Pero vigilar cansa.
Día y noche están alertas desde este PCC, situado en la calle Delicias, colonia Centro. Son ocho horas de trabajo por cada turno; una de descanso y dos pausas de 15 minutos. “Para que no se bloqueen”, dice Durán, quien recuerda que aún le dan seguimiento al resto de una banda conocida como Los Cadeneros, algunos de cuyos integrantes fueron apresados en la estación Pantitlán.
El funcionario recuerda que otra banda, Las Güeras, fue atrapada en la estación Pino Suárez. Uno de los trasbordos más conflictivos. Sólo atracaba a turistas extranjeros. Ya tenían el reporte. Empezaron la búsqueda.
Y las descubrieron.
—¿Y cómo los detectan?
—El monitorista empieza con un acto sospechoso. Los carteristas, por ejemplo, se amontonan en las puertas. A los cadeneros los detectamos en los pasillos. Es gente que está en los paraderos. Ahí ubican a sus víctimas.
—Y revisan las grabaciones.
—Retroceden la filmación. Hacen análisis de entradas de las personas. Los monitoristas tienen fotos de los sospechosos. Estudian sus rostros. Analizan todo. Hasta los dientes. Los delincuentes se avisan entre sí. Casi nunca trabajan solos.
—Y saben que hay cámaras.
—Saben que se les está monitoreando. Hasta se esconden de las cámaras. En Pantitlán, por ejemplo, tardamos una semana para agarrar una banda. Los carteristas aprovechan que hay mucha gente. Empiezan a empujar. Los fines de semana todo el mundo va de compras. Y dicen: “aquí está la carnada”.
Durante el tiroteo en Balderas fue el conductor del tren quien avisó. Ese día, a las 15:30, los cinco coordinadores del Centro Estratégico de Operación, CEO, entraron a la Línea 1. “Ellos son nuestros oídos, pendientes de todos los incidentes; y éstos —el PCC— nuestros ojos”, dice Durán.
Y echaron hacia atrás la película. El sospechoso —poco antes de que desatara su furia— había deambulado en las estaciones Cuauhtémoc e Hidalgo.


