Elegía al poder perdido

Operación Periodista

Mario Alberto Mejía

  • Enviar Nota
  • Imprimir
  • 2009-11-22•Política

El poder mata y enloquece.

Primero enloquece. Después mata.

Los hombres sin vocación de poder se toman demasiado en serio. Nunca ríen. Sufren, inevitablemente, todo el tiempo.

El hombre de poder es dueño de su tiempo y de las circunstancias.

Y cuando éstas lo abandonan, simplemente se va a su casa a dormir la mona.

Aquellos que sufren el poder, sufrirán, a la larga, la ausencia de poder.

Se vendrán abajo.

Cavarán su tumba en tierra.

Quien sufre el poder es víctima de sí mismo.

Un caso: el presidente Calderón está empezando a sufrir el poder.

El 20 de noviembre, durante la entrega de premios a historiadores, el rostro de Calderón se vio desencajado, malhumorado, harto de todo.

Ni Fernando Gómez Mont, secretario de Gobernación, logró hacerlo sonreír.

Menos aún Roger Bartra y Frederich Katz.

¿En qué pensaba Calderón?

Seguramente, y esto es una especulación, en el sufrimiento del poder.

Desde que el presidente dejó de tener el poder total, empezó su sufrimiento.

Su partido lo ha dejado solo y lo ahogó en el plano electoral.

Por eso, quizás, el presidente está de tan mal humor.

El caso de Carlos Briseño, exrector de la Universidad de Guadalajara, es singular.

Hasta hace poco tiempo, era un hombre extremadamente poderoso: con residencias, aviones, helicópteros, dinero y poder. Mucho poder.

En sus buenos tiempos se volvió un firme candidato a gobernar Jalisco.

Y es que hasta el gobernador panista le rendía pleitesía.

Pero todo ese poder se vino abajo cuando se peleó con Raúl Padilla, el cacique ilustrado de la U de G.

En ese momento, todo se derrumbó: el Consejo Universitario osó destituirlo y Briseño inició una lucha judicial por recuperar el poder perdido.

No pudo hacerlo.

Un juez le negó el último amparo hace unos días y nuestro personaje cayó en una terrible depresión.

Para entonces, sus amigos lo habían abandonado y en la universidad era algo así como un apestado.

Cuentan las versiones que el jueves pasado llegó a su casa más solo que nunca, se encerró en su habitación, tomó una pistola y se disparó en el acto.

Su cuerpo cayó como una metáfora del poder perdido: lejos de los días de vino y rosas.

Cerca, muy cerca, de la destrucción total.

El problema de Briseño surgió cuando empezó a perder el poder.

Y esto ocurrió, oh paradoja, cuando se elevó del piso y se dio a la levitación.

Después vinieron las deslealtades, los sufrimientos, los desencantos.

Un balazo terminó con sus cuitas.

En otras palabras: se mató para dejar de sufrir… el poder.