Confortablemente insensible

Hombre de celuloide

  • 2009-11-21•Cine

<i>Parque Vía</i>. Dirección: Enrique Rivero. Guión: Enrique Rivero. Fotografía. Arnau Valls Colomer. Con: Nolberto Coria, Nancy Orozco y Tesalía Huerta. México, 2009..
Parque Vía. Dirección: Enrique Rivero. Guión: Enrique Rivero. Fotografía. Arnau Valls Colomer. Con: Nolberto Coria, Nancy Orozco y Tesalía Huerta. México, 2009.. Foto: Especial

Hay una casa en Parque Vía. Y hay en ella un vigilante que se llama Norberto. El vigilante corta el pasto, limpia la tina de mosaicos amarillos y día con día pasa el trapo sobre los ventanales. Cuando abre las cortinas, las salas se inundan de luz. En cierto sentido Parque Vía es como la casa del mundo. Es inútil preguntar qué hacemos aquí, tan solos.

El cine de Enrique Rivero va más por la creación de estados de ánimo que por el sobresalto de los golpes teatrales. Resulta interesante que los curadores de La Muestra hayan escogido como representantes de México a dos directores que con temas diametralmente opuestos, tiendan a una concepción del cine tan similar: Enrique Rivero y Julián Hernández.

Como Parque Vía es arte visual, hay un inicio canónico: La Cámara sigue a Norberto durante un plano secuencia que recuerda que desde tiempos del Ciudadano Kane, así comienza una Película.

Entrados luego, con lentitud, en la vida de un vigilante, conocemos el triángulo amoroso: la casa es objeto del afecto no sólo de él. En forma mucho más apasionada la ama también una mujer: La Señora. En sus diálogos, en sus gestos y en sus miradas, vamos adivinando que en esta casa de salas amplias, con vista al jardín, ella vivió una vida de verdad. En otro México; el México de la portentosa arquitectura de esta mansión: El México de Los Sesenta.

Y aunque Rivero no ha encontrado aquí la mejor forma para trabajar con actores no-profesionales, suple lo fallido del timing actoral con precisión para encontrar los sitios desde los que “mira” su cámara.

Otro tema fundamental en esta película lo juegan la televisión y la prensa amarillistas. El director subraya una y otra vez que el vigilante tiene como pasatiempo (además de acostarse con una fichera) enterarse de las desgracias de otros en el periódico Alarma y en su televisión de antena de conejo. Ante los horrores que describen las locutoras sudamericanas es obvio: nuestro vigilante sólo se siente protegido en esta casa que representa el pasado y la felicidad de La Señora. Así, el custodio adquiere vuelos como personaje: se convierte en paradigma de esas personas que, confortablemente insensibles, se aferran a una prensa y una televisión que sistemáticamente aseguran que el mundo es malévolo. Norberto no tiene que planear ningún futuro, no tiene que enamorarse. Dentro de las paredes de esta casa está toda la felicidad que necesita: Su paz.

Norberto en su mediocridad, es el antihéroe por excelencia en el siglo que comienza. Bombardeado a placer por las noticias de lo malvado que es el mundo fuera de esta casa (que representa un proyecto sesentero que nunca se consumó del todo) Norberto es incapaz de amar, es incapaz de sentir ternura o desprecio. Es incapaz en fin, de construirse un futuro. Eternamente niño en las memorias caducas de La Señora, vaga pidiendo que suceda un milagro. Y el milagro sucede. Y él ha de seguir leyendo el Alarma y mirando el noticiero amarillista de las tres de la tarde, para volverse todavía más prisionero de sus miedos: confortablemente insensible.

Fernando Zamora • http://fvzd.blostpot.com