Culpas públicas, pecados privados

Augusto Chacón

Augusto Chacón

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  • 2009-11-21•Al Frente

El espacio público no sólo se compone de calles, parques y edificios, también lo conforman las opiniones que desde los medios abarcan a muchos, y las ideas, costumbres y códigos que compartimos. Pero además, en un entorno aquejado por una democracia tergiversada, las decisiones unipersonales de ciertos personajes terminan también por volverse componentes del espacio público, para bien y para mal; confundimos las causas con los efectos.

Al empuje de una cadena casi ininterrumpida de malas decisiones de los gobernantes (de todos los niveles), de la inseguridad que padecemos y de la poca voluntad por apropiarnos de lo que es común, nos arrinconamos en el claustro cómodo de lo privado: elevamos muros, impedimos el paso, abandonamos los parques al usufructo de unos pocos y de los delincuentes e inhibimos la participación de cualquiera que pretenda aportar a mejorar la convivencia montado en su mera categoría de ciudadano, sospechoso por anónimo. Sin darnos cuenta, dejamos perder, cada día, la condición primigenia para que el ámbito público, físico e intelectual, mantenga su categoría de público: la capacidad para dirimir diferencias pacíficamente y construir consensos amplios que no se limiten con ceñirse a la ley; como sucedió con el presupuesto federal para el año siguiente, que no tiene sino la virtud de la legalidad, sin importar que acabe siendo prácticamente inútil para efectos del interés común. No se necesita ser economista para anticiparle tan funesto fin, basta conocer que las motivaciones que para decretarlo estuvieron más cerca de personalidades que de comunidades.

Lo público, según se deja definir si atendemos al juego político, es aquello que puede ser conocido a través de los medios de comunicación. Por ejemplo, es público el Macrobús, pero no lo son las rutas marginales del transporte que padecen tantos en casi toda la zona metropolitana: no hay autoridad o medio que se interese por los pasajeros que reducen su calidad de vida cada vez que se suben a un minibús; tampoco son públicos los problemas de tránsito en el oriente de la ciudad, por lo que los de allá tienen que resolver privadamente lo que en el discurso se afirma público. Ante la imposibilidad de la transparencia en las políticas que deberían marcar la gestión de los gobiernos, tendemos a magnificar la significación social de los pocos ambientes, y sus avatares, que ganan el estatus de públicos, según lo definimos: ciertas obras, dos o tres iniciativas, algunas instituciones, la Universidad de Guadalajara. En un lance mental reduccionista, que le conviene a unos cuantos, buscamos que pocas instancias y sus titulares, legales y fácticos, representen al todo y a todos, así, lo que acontece en una de ellas, a sus agentes visibles, es evidencia de taras del pasado y fatal anuncio del futuro, nuestro, de la ciudad, del estado, del país. Una tragedia extraordinaria, una mentada de madre, regalar millones del erario a una televisora o alguna obra civil para la ciudad se vuelven señales contundentes para el desaliento; son públicas pero privadas, o viceversa.

Renunciamos a lo público en el momento en que aceptamos no participar en lo que nos atañe, cuando transferimos nuestra representación y responsabilidad a unos que las toman gustosos, no para representarnos o responsabilizarse, sino para hacerse con el poder y sus prebendas. Renunciamos a lo público en el momento en el que creemos acceder a éste al tomar partido por uno u otro bando sin averiguar si lo que está en disputa es algo más que el interés de unos cuantos, o cuando asumimos que lo más pertinente para afirmarnos miembros de la sociedad es encontrar culpables, para lo que sea. La calle como extensión de nuestra casa, y así el aula, el autobús, el parque, el bosque de La Primavera. La política y los medios de comunicación como extensión de nuestro pensamiento, de nuestras ideas y convicciones. Todo, el sitio colectivo que habitamos, en el que debatimos, no el páramo disfrazado de unanimidad, por abandono. Las circunstancias pueden precipitar una decisión individual, pero como es arduo analizarlas, optamos por asignarles propietarios concretos y entonces dejan de ser eso, circunstancias, para convertirse en personas objetivas y así, jamás resolvemos de fondo, sólo cambiamos al malo, o al bueno, según vayan dejando de sernos útiles para llenar el espacio público.

agustino20@gmail.com