Visiones en Pachuca
300 Palabras
Gabriel Pérez Osorio
Mientras veía andar esa “locomotora” por Avenida Revolución -con adelitas y revolucionarios postmodernos incluidos- no podía dejar de pensar en Francisco I. Madero.
Él era un empresario que nació en una hacienda en Parras de la Fuente, Coahuila. Cuando encabezó el movimiento político de 1910 no buscaba acabar con la pobreza, la desigualdad y la injusticia que el régimen de Porfirio Díaz procuró, ni nada por el estilo.
Lo que Madero buscaba era que se llevara a cabo un relevo generacional de la élite, largamente postergado por los fusiles de Díaz.
Por eso, cuando Madero llega a la Presidencia, se le hizo bolas el engrudo. Ya había envalentonado a grupos mucho más radicales que pedían una repartición de la riqueza más equitativa, como el que encabezaba Emiliano Zapata.
A eso se debe que la muy presumida “primera revolución del Siglo XX” tuviera un resultado que ha sido, más bien, exagerado.
Porque mientras Lenin y compañía realizaban sus soviets para sacar a Rusia de las tinieblas del Siglo XVIII, en las que la tenían sumida la familia Romanov, Madero se preparaba para administrar al Estado mexicano tal y como lo había hecho Díaz.
El resto es historia: murieron un millón de personas, la élite gobernante se recicló y mantiene y defiende sus privilegios disfrazada de derecha, izquierda o “socialdemócrata”.
Desde la segunda década del Siglo XX, los apellidos Cárdenas, Madero, Creel, etcétera, sonaban en los pasillos de Palacio Nacional, como suenan hasta la fecha.
Claro que se han sumado apellidos a este grupo cerrado: López Obrador, Calderón, Fox, Beltrones, son los nuevos convidados, pero no por eso menos elitistas.
Por eso cualquier intento de cambio desde la élite está condenada al fracaso, porque no quieren cambiar al país sino los apellidos en Palacio Nacional, nada más.
Madero, el de 1910, era un ferviente espiritista. Asistía a sesiones y consultaba literatura relacionada con ese tema que se puso tan de moda a principios del Siglo pasado, entre la clase más acomodada.
Supongo que nunca vio en esas sesiones el pobre trenecito de cartón y aluminio, rodando por las calles pavimentadas de una desconocida ciudad llamada Pachuca.


