Injustos e indecentes
Deporte al portador
Román Revueltas
Les voy a propinar un descarado lugar común, lectores (un “topicazo”, como se dice en el habla de la Península): el futbol es una metáfora de la vida. Dicho de otra manera, el balompié es algo tan injusto como la existencia misma. Por eso nos resulta tan atractivo, supongo. Por eso, también, nos enganchamos los aficionados y seguimos, semana a semana, unos encuentros marcados por la flagrante arbitrariedad de los jueces y las chicanas de los jugadores. Los tramposos y los despóticos de la cancha son los malos de una película que vemos todos los días.
A estas alturas del partido, en plena modernidad y con la tecnología al servicio de la verdad (je, je), doña FIFA podría decretar que en los estadios se instalaran cámaras de vídeo para que las jugadas más dudosas las pudieran ver los señores árbitros y determinar, a partir de esas observaciones, si Irlanda, por ejemplo, merece estar en el Mundial en virtud de sus esfuerzos o si Francia no amerita jugar en Suráfrica a pesar de sus glorias pasadas.
Pero, no. No hay nada de eso. Por el contrario, el futbol sigue siendo un deporte casposo y trasnochado donde mandan los árbitros, esos jefecillos de siempre tan pagados de sí mismos y tan irremediablemente afectados de la más humana de las carencias: la falibilidad. Por ahí, ganan los mejores equipos pero, muchas veces, no se premian los merecimientos reales sino que se perpetran flagrantes canalladas; es decir, que el error humano, tan antiguo como la manzana de Adán, se refleja fatalmente en los marcadores de los partidos. Y así, con la mano en la cintura, le pueden birlar tres goles legítimos a un conjunto, digamos, como España (siempre y cuando, desde luego, no esté jugando en casa sino en el Lejano Oriente contra un equipo obligadamente oriental).
La víctima de esta semana se llama Irlanda y el villano es un francés —jugadorzazo en todos los sentidos— que admite, abiertamente, haber conducido el balón con la mano. Pero, como el propio Thierry Henri lo aclara, él “no es el árbitro”. O sea, que no se puede castigar a sí mismo. Y a la FIFA, desde luego, no le interesa la justicia: no tiene la más mínima intención de repetir los últimos minutos del partido. La indecencia, por lo visto, es parte inseparable del juego. ¿Hasta cuándo?


