Entrevista: Rafael Pérez Gay

“Cuando uno escribe no debe conmoverse tanto”

Nos acompañan los muertos es la más reciente novela de Pérez Gay, una historia de secretos, sobre la vejez y las desdichas; de ella y su experiencia de escritura habla su autor en la siguiente charla.
  • 2009-11-21•Literatura

Foto: Especial

Hay algo en los libros de Rafael Pérez Gay (1957) que permiten construir complicidades entre la historia y lector. Guiños que nos hacen pensar que podría estar hablando de nosotros. Su reciente novela, Nos acompañan los muertos, no es diferente aunque quizá sí más ambiciosa en el planteamiento. Hay menos humor del que nos tiene acostumbrados y es más abierta la cercanía entre el relato y la autobiografía. Para varios críticos el escritor ha publicado su obra más lograda, él prefiere matizar y acuñar mejor el adjetivo de intenso. En entrevista, el escritor que por ahora hizo a un lado a su sello Cal y arena para incorporarse al catálogo de Planeta, habla sobre los hechos que detonaron esta historia que camina de puntillas entre la delgada frontera que divide la realidad de la ficción.

Tengo la impresión de que Nos acompañan los muertos es su libro más personal…

No sé si sea el más personal. Quizá sí sea el más intenso, partiendo que es sobre la vejez, la muerte, sobre la juventud perdida y las ciudades que se van y se pierden en la memoria. Es también una memoria familiar que indaga en el origen de una familia y descubre en su corazón algo de su historia. Es el libro que tenía que hacer en este momento. Lo escribí un poco como consuelo ante la desaparición de mis padres y como una forma de recuperar algo de su memoria, pero también de la memoria de la Ciudad de México. Necesitaba buscarme y encontrarme a mí mismo y para eso tuve que practicar algo que no siempre es fácil: un nudismo literario. El tema no podía escribirse sin esa peculiaridad.

¿Cuál es la diferencia entre un libro de este tipo y una autobiografía?

Voy escribiendo la historia y tengo claro quiénes son los personajes, pero una vez que el libro sale, esos personajes se convierten en cualquiera. La anciana se convierte en cualquier anciana y debería resonar en la memoria de los lectores no como algo que tiene que ver con la autobiografía del escritor, sino como algo relacionado con el lector.

Esa frontera de la que habla, ¿cómo la vive como escritor? Finalmente los personajes son y serán sus padres…

En algún momento pensé en cambiar los apellidos de los personajes, incluso hice un intento pero me pareció totalmente artificial y fuera de registro. Para mí, uno de los requisitos mayores de la literatura es la verosimilitud, por eso decidí que directamente fueran mis padres y familiares, pero también puestos en la Ciudad, que es la otra subtrama de la novela. Ahora bien, un lector es una persona que siempre quiere saber más del autor y de sus personajes. Siempre quiere indagar qué de todo esto es verdad o se acerca a lo que el narrador nos quiere decir, entonces creo que una de las cosas importantes del trabajo de un escritor es lograr que no sea tan importante el puente que va del escritor al lector, sino del lector a la historia. Eso es lo que busqué con el libro.

Habría sido complicado cambiar los apellidos porque indaga en el árbol genealógico de su familia…

Sin duda habría sido complicado, pero podría hacerse: inventas una familia y pones zonas reales a provincias de ficción. Sin embargo, quería y necesitaba este libro, era la forma en que podía ver el deterioro, el dolor, la enfermedad y la desaparición de mis padres. Aunque —insisto— debe haber algún lector que diga: “Sí, ese señor se llama X, muy bien, pero a mí me evoca zonas de mi pasado”.

Habla de esta novela como una necesidad, ¿cree en el poder sanador o terapéutico de la literatura?

No creo en la literatura como instrumento catártico para sanar un tipo de trauma o dolor, sin embargo no desestimo que siempre la escritura tiene un elemento de liberación. La literatura te libera de tus demonios, sueños y pesadillas, y en cierto sentido eso es catártico, si no, el escritor sería simplemente una máquina fría produciendo historias alejadas, de ahí mi desinterés por historias lejanas a los escritores.

No voy a entrar a esa polémica porque hay grandes autores que han logrado obras extraordinarias de ese modo, pero mi literatura afín es aquella en la que siento que el escritor ha contado una historia, no importa si es fantástica, pero que tiene que ver con algo de nuestra vida y no pienso en cuestiones de territorialidad, los temas de la literatura son universales. En el caso de Nos acompañan los muertos son la vejez, la muerte, el dolor, el miedo a la enfermedad; y finalmente la desaparición, la memoria y el duelo de quienes quedan de este lado.

En estos términos, ¿qué aprendió de usted con este libro?

Los primeros viejos que conocí bien fueron mis padres. Mis abuelos murieron cuando era muy niño, soy el menor de una familia de cinco hermanos. Con ellos fui aprendiendo cómo la longevidad es, en efecto, un privilegio, pero se va convirtiendo en una cárcel, en una vida cotidiana desesperada. Descubrí que somos finitos, eso lo sabes, pero cuando lo ves de frente te das cuenta que lo tienes que saber sin demasiada desesperación. Hay una finitud y para quienes como yo, no pensamos que hay una vida después de esta, ése es un aprendizaje duro y difícil, pero importante. Otra cosa que descubrí es que la memoria es un instrumento fundamental en la literatura, las familias, las relaciones que entablamos cada día. Sin la memoria no somos prácticamente nada. Aprendí que sin solidaridad, compasión y un poco de sacrificio, pocas cosas podemos hacer entre nosotros.

¿Empezó a escribir el libro mientras ellos vivían?

La primera parte la escribí muy rápido, en seis meses. Hice un trabajo de corte periodístico: platicaba con ellos. Mi papá tenía un archivo sobre momentos importantes del país y mi madre guardaba la historia de su padre: Herminio Pérez Abreu, presidente municipal de la Ciudad de México en 1921. A veces grababa, otras tomaba notas. No sabía si iba a hacer una novela o un ensayo. Acumulé ese trabajo mientras vivían y en la hemeroteca llené los huecos sobre la ciudad pero referentes a la época de mi familia. Así fui armando una serie de piezas y descubrí distintos procedimientos narrativos. Mi madre murió hace poco más de un año, mi padre hace unos meses, y no vieron el libro que salió días después de que mi padre murió, le hubiera gustado ver la portada del libro que es muy afortunada, y le habría gustado que le leyera la parte histórica de su abuelo; y a mi madre creo que habría gustado la parte histórica de su padre.

Cuando empieza el libro usted ya es conciente que sus padres en cualquier momento pueden morir…

Sí, por la edad era obvio, y es ahí donde pienso que me gustaría rescatar un trozo de su memoria, darle un corte novelístico y darle un corte a la gran pasión de mi padre que era la Ciudad de México.

¿Pero no lo pensó como un homenaje o para perpetuarlos al menos dentro de un libro?

Sí, ahora que lo dices y lo formulas de este modo, es una forma de que sigan viviendo en estas páginas. Es una forma de condolernos o condolerme porque ya no están, seguirán viviendo en estas páginas y es un modo de que no se vayan. En realidad los dos primeros lectores de este libro ya no están, a veces tengo la impresión de que he escrito una novela para dos fantasmas.

¿Le preocupa la vejez?

No, esa es otra de las cosas que aprendí escribiendo este libro. Uno nunca aprende a ser viejo y cuando aprende se muere. Si acaso llegamos a viejos tendremos que salir adelante del mejor modo posible pero no es algo que me preocupe. Es un tema de toda la vida. Shakespeare fue quien dotó al Rey Lear de 80 años, que para la época era una barbaridad y ahí están incluidos todos los secretos, desdichas e ilusiones de un viejo, incluyendo la locura, que también ocurre en Nos acompañan los muertos.

En el libro aparece como narrador, pero apenas como personaje…

Sí, algunos amigos me han dicho que les hubiera gustado que mi voz entrara más, pero yo quería que los viejos fueran los personajes centrales y quería además que la Ciudad de México brillara y alumbrara la historia. Quería también que el trabajo de archivo estuviera siempre presente. Nunca quise despegarme de eso y por lo mismo obtenía una distancia que me parece, todo escritor debe tener. Cuando uno escribe no debe conmoverse tanto, debe buscar que los otros se conmuevan. Así que escribía con distancia y esa era una clave a la hora en que iba escribiendo y haciendo anotaciones. Hay que tener cuidado que la propia emoción no desfigure el tema literario.

¿Qué le han contado sus hermanos de la novela?

Les gusta, les parece un libro triste y lo sienten muy cercano. Esta no es la historia de la familia, sino mi historia. Mi hermano escribió parte de la suya en su novela Tu nombre en el silencio. Cuando son muchos los hermanos también son otros los padres y las madres. En el fondo también les parece que en esas páginas todavía late algo de lo que fueron nuestros padres.

¿Se considera un hombre melancólico?

No necesariamente. Me parece que un buen estado puede ser el de la ironía contrapunteada con la melancolía. Sola, la melancolía puede ser aburrida. Con la burla de uno mismo puede darnos un mejor retrato primero de quienes somos y luego, de quienes son los demás.

Héctor González