Los paisajes invisibles
Fotonovelas de Almodóvar
2009-11-21•Antesala
La legendaria Patty Diphusa, estrella de fotonovelas porno, figura chic de la movida madrileña y empaque corporal que usufructuó exitosamente todas sus aberturas, soltó en las páginas de un incierto magazín, algunas perlas para sobrevivir en el star system sin morir en el intento: “me molesta que la VIDA real sea como las fotonovelas porno”, “Seguro que me tomó por una mujer de vida ligera, y se equivocaba, soy una mujer de vida vertiginosa” y “He comprendido que soy por naturaleza una mujer sola y tergiversada. Mi vida, como mis relatos, sólo tienen planteamiento, pero carecen de nudo y desenlace”. Patty Diphusa, aventurera, contorsionista y peregrina iconoclasta, es uno de los personajes más sinceros de Pedro Almodóvar, quien le dio vida en las revistas underground de finales de la década de los 70, antes, mucho antes de rodar sus primeras pelis. Patty Diphusa, tan borrosa como su fonético apellido, se parece tanto a su creador, quizá porque en los últimos años, las cintas de Almodóvar giran sobre temas recurrentes, se regodean en el planteamiento y prescinden de un poderoso desenlace, tal como sucede, digamos, en La educación sentimental, rodeo narrativo para reconciliarse con la auténtica historia que quería contar en La ley del deseo, o en su más reciente Los abrazos rotos, donde el autohomenaje sirve de coartada para discurrir sobre el placer del cineasta y, de paso, relamerse con la nostalgia de Mujeres al borde de un ataque de nervios, la que lo catapultó a la fama y los altos presupuestos de rodaje.
Qué razón tenía Patty Diphusa cuando dijo que la vida hace malabares para mimetizar a las fotonovelas, aunque por desgracia se equivocó de género, pues los culebrones cotidianos suelen carecer de sexo explícito, verdadero o imaginario, y de penetraciones, felaciones y cunnilingus sin límites, sin pausas. De lo contrario, los actuales registros dramáticos de Almodóvar serían genuinamente audaces, y no se despeñarían en el lloriqueo ramplón que hace temblar a sus viejas glorias, las de Laberinto de pasiones, Entre tinieblas o Matador, piezas hilarantes, corrosivas, donde el manchego sacó a pasear a sus demonios para burlarse de los rescoldos mojigatos del franquismo.
Almodóvar operó un cambio sutil. De la provocación irreverente a lo political correct, sus pelis comienzan a aburrir, a fastidiar con el lugar común y esa impresión de que ya no tiene nada qué decir. Desde Hable con ella, quizás el último relato novedoso por aquello de la obsesión erótica que bordea la necrofilia, similar al leit motiv de Matador, sus historias se han convertido en meros montajes de abigarramiento (escenarios donde predomina el rojo y el amarillo, tal vez para evocar al lábaro español), diálogos tan cursis como los que redactaba Corín Tellado, conflictos predecibles y estafas argumentales, como ese accidente automovilístico de Los abrazos rotos, donde la amada muere y el cineasta queda ciego, fobia y pesadilla de un director que se empeña en erigir su propio monumento, intención válida y honesta sólo que para conjurar a lo mediocre, es perentorio recordar una de las mejores frases de Patty Diphusa: “Es insufrible esa necesidad que tiene todo el mundo de demostrar que son divinos”…






