Escribanos
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Lectores Torreón
La vida es un suspiro
De pronto estamos aquí y luego cuando menos acordamos ya estamos enfermos, lo malo es que ni siquiera nos damos cuenta de cuando sucedió. La vida se nos escapa de las manos y no la disfrutamos por estar pensando en las tragedias que día a día nos enteramos a través de los medios o de los vecinos o quizás familiares. Pero aún y con las adversidades que vivamos tenemos que agradecer a Dios que estamos vivos y que tenemos la oportunidad de disfrutar este momento con nuestros seres queridos, hay que darle positivismo a la vida y no encajonarnos sólo en lo negativo.
María de Jesús Hernández
Torreón, Coahuila
Cazadores de osos
Desde lejos se podía escuchar el “rundar” de los motores, ya pardeaba la tarde. En pleno monte se podían apreciar a lo lejos el resplandor de los fanales. Traían un terregal que oiga usted. Chevo apacible y entrecerrando sus ojillos verdes, sin quitarse sus huaraches de suela de llanta, concluyó que se acercaban sus patrones temporales: Los Loxa valtier, los Rivers Flowers, Poncho Daga, el distinguido doctor Vale Piedras y escoltas de la más fina estampa. Nunca iban a misa ¿pero que tal de cacería? Todos muy contentos, le traían ganas a un oso rosa que se había fugado de un circo en Finisterre, pobrecillo estaba enfermo, tenía tifoidea por comer tanto mugrero. Iban encerrados con rumbo al Puerto de Ventanillas, pero como Chevo se había enganchado como guía, tenían que pasar por él. Vivía con sus chivas en un jacal construido con jaras recubiertas con lodo, a un ladito de las “Tetas de Juana”, un par de cerros de forma cónica. De llegar se llega siempre y los cazadores se ubicaron en un lugar alejado de las cañadas y los estirones traicioneros del viento, ahí acamparon.
No descargaron nada, con sutileza se pusieron como arañas fumigadas al son del chupe, con las canciones de adoloridos y las filigranas de Vanessa. Los ronquidos fueron terribles. Hoy, en tanto se levantan y se la “curan”, comentaremos que las camionetas eran de doble o triple tracción, blindadas, importadas, nuevecitas de la tienda, artilladas e incluso bailaban como los caballos de Tony Aguilar. Los cazadores con trajes camuflajeados, botas especiales, chamarras de pluma, mochilas, cuchillos, miras telescópicas, lentes de visión nocturna apantallaban al grupo olvidado de la raza candelillera. Al chevo le prestaron un viejísimo “22” de un sólo tiro. El teatro estaba montado y ¡órale Chevo!, vámonos para la montaña.
Los cazadores no cazaron nada, la Vanessa se amarchantó con un candelillero y ahí fijó su residencia. Se supo que al pobre oso se lo habían comido unos hambrientos ilegales que por ahí pasaron. El que salvó el honor de la aventura fue chevo, quien con su saloncito de un solo tiro, “tumbó” dos venados de catorce y veintidós puntas. Los cazadores se los compraron, le dieron todo el bastimento que sobró, lo gratificaron y se fueron muy contentos con los venados atados en el cofre de las camionetas. No volvieron. Ahora Chevo se dedica a comercializar camellos, chuzos y pitayas en el norte de San pedro. Los cuenta cuentos de los candelilleros inventaron que está con los irritilas y está juntando un dinero para irse a Denver.
Sergio Ceniceros López
Torreón, Coahuila


