Jaime Castro
Paso de cebra
Alberto Pérez Martínez
Jaime Castro fue el alcalde que inició la transformación de Bogotá. Vino a Guadalajara a platicar su experiencia invitado por Guadalajara 2020. Muchos políticos fueron a verlo. Ojalá y lo hayan escuchado. Lo que hizo por la capital colombiana no es poco y fue la piedra de toque para una transformación que todavía aquí no acabamos de comprender aunque algunos quieran arremedar.
Cuando Castro inició su gestión, la crisis en Bogotá había tocado fondo; la ciudad era ingobernable. En ella habitaban siete millones de personas —el doble de Guadalajara—, y tenía uno de los más altos índices de criminalidad en Latinoamérica. Aunque lo más grave era la situación económica. Bogotá era incapaz de generar los ingresos que requería para funcionar y estaba tan endeudada que literalmente se encontraba incapacitada para cumplir sus compromisos, al grado que dejó de ser sujeta de crédito. Como en muchas otras ciudades latinoamericanas, la política municipal era un ring de boxeo entre el alcalde y los concejales (regidores) que no contribuía con la gobernabilidad, menos con el desarrollo.
La cosa no parecía tener salida, sin embargo doce años después la ciudad es otra: una ciudad moderna, con buenos servicios y espacios públicos, habitantes con cultura ciudadana y una serie de empresas públicas que son generadoras de ingresos. Ahora es gobernable, políticamente dinámica y cuenta con finanzas sanas.
La transformación fue producto de cuatro administraciones municipales seguidas (Castro, Mockus, Peñalosa y Mockus reloaded). Sin embargo, las acciones de los tres últimos, muy sonadas por todo el mundo, hubieran sido imposibles sin el quehacer del primero.
Las tres acciones
Lo que Jaime Castro hizo se puede resumir en tres acciones distintas y una sola reforma verdadera: implementó un Estatuto Orgánico, una especie de Constitución de la Ciudad, que sentó las bases para recuperar la gobernabilidad perdida, hacer una auténtica reforma tributaria que homologara y generalizara un sistema tributario y un programa de descentralización que organizó la administración de la ciudad.
Contra lo que pudiera parecer en primera instancia —esto es de mi cosecha—, creo que no fue el crimen el origen de la ingobernabilidad de la ciudad, sino la falta de gobierno provocada por el enfrentamiento entre grillos incrustados en el cabildo. Ellos alejaron a la institución gubernamental de la ciudad y los vacíos se llenaron con abusos e impunidad. Poco a poco las acciones alcanzaron la categoría de crímenes y al rato eso fue un caos. Guadalajara aún está lejos de eso, cierto, pero el camino por el que vamos nos puede llevar para allá. Todos vemos al aparato de gobierno perder paulatinamente legitimidad y eficacia; el próximo trienio huele a una guerra PAN-PRI por encima de todas las cosas y la impunidad hace rato que campea entre nosotros, aún cuando no ha florecido con todo su potencial.
Por eso, lo que hizo el Estatuto Orgánico impulsado por Jaime Castro, entre muchas otras cosas, fue deshacer el estilo de gobierno colegiado que tienen los cabildos. Es decir: distinguió y separó las funciones del alcalde y de los regidores. Al primero le otorgó facultades para tomar las decisiones, para gobernar. Al segundo lo transformó en un órgano fiscalizador o supervisor del quehacer del gobierno, que también toma las grandes decisiones de carácter normativo: Plan de Desarrollo, Presupuesto Anual o Plan de Ordenamiento Territorial. A los colombianos les resultó: acabaron con la politiquería, con las componendas y maridajes de intereses de la grilla y abatieron considerablemente la corrupción. Hoy son un gobierno más eficiente que el de antes, aunque todavía les falte. No en balde ahora empiezan a haber muchos que le suspiran a aquella docena dichosa y quieren que regresen los tres. Ya veremos, dícese que cada uno rumia en solitario la posibilidad de volver a ser candidatos en las que vienen.
Mientras tanto, para probarnos el saco, hace algunas semanas, José Luis Leal Sanabria, presidente del Colegio de Jalisco, hizo una propuesta pensando en la metropolización urgente de la ciudad: disolver los cabildos para dar origen a un congreso metropolitano. La idea no es mala, habría que reflexionarla más y discutirla en voz alta. Allí está el referente colombiano para estimular la imaginación.
Buscar modelos
Guadalajara 2020 se ha esforzado por acercar el modelo bogotano a los políticos jaliscienses. La idea no es mala si no se encajonan en él. No está mal ver qué se hace en otras partes del mundo y agarrar ideas, pero la transformación para que se enraíce y sea exitosa, debe partir de reformas hechas muy a la medida de la ciudad que se quiera transformar; tanto que hasta debe percibirse su originalidad. Hay que voltear a Bogotá, pero también hay que ver lo que hizo Barcelona, lo que están haciendo Nueva York y Vancouver, Bilbao y San Francisco. Lo que quieran. Pero una vez digeridos los modelos extranjeros hay que cagar el nuestro.


