La importancia de llamarse...

Barrio de pasiones

Avelino Sordo Vilchis

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  • 2009-11-21•Cultura

El próximo lunes se cumplen 26 años de existencia del Instituto Cultural Cabañas. Fue inaugurado exactamente el día del centenario del natalicio de José Clemente Orozco, lo que —por lo menos en teoría— pretendía acentuar su vocación, que, además, quedó definida con toda claridad en su Ley Orgánica, vigente desde 1980 y que hasta la fecha nadie se ha preocupado por aplicar. Pero, para que vean que la vocación por el ridículo no es privativa de los tiempos actuales, el Cabañas también fue inaugurado en febrero de 1982, con los fastos de la Quinta Reunión de la República, aquella donde nos prometieron defender el peso como perros.

El proceso que culminó con la fundación del Cabañas se llevó algunos años, que se caracterizaron por el jaloneo entre las autoridades federales —principalmente el INBA de Juan José Bremer— y las estatales que intervinieron en su fundación, ya que tenían visiones distintas del por qué y el para qué de la institución. Pero no vayan ustedes a creer que el proceso fue transparente. Nosotros nos medio enteramos de los pormenores de esta lucha por debajo de la mesa, gracias a la lectura entre líneas de la información que se publicaba, por los rumores que a diestra y siniestra corrían y, principalmente, por lo que se supo a toro pasado, con paso de los años.

Este jaloneo debió contribuir en buena medida a que se cometieran los dos graves errores de origen que han impedido que el Cabañas conozca las alturas a las que sin duda estaba —y sigue estando— llamado. El primero, aunque no necesariamente el principal, fue la visión pedestre —como de casa de la cultura de rancho— que caracterizó a sus directivos fundadores. Aquí habría que descontar al primer director, cuya tarea se centró en preparar el edificio para la Quinta Reunión de la República, de manera que fueron Juan López Jiménez y sus huestes quienes le imprimieron su chabacanería desde el momento mismo en que quedaron a cargo.

Y sí, desde un principio la dirección fue clara: donde habíamos imaginado una escuela de arte de alto nivel, se fundaron tallercitos de dudosa calidad; donde creímos que se iban a recibir exposiciones de corte internacional, nos recetaron unas de árboles bonsái o aquella de tapetes que culminó con la clausura de las salas por el fisco, ya que era la pantalla de un fraudulento negocio producto del contrabando. Sello característico de aquellos primeros años eran las mamparas de sus salas de exposición (que pomposamente nombraban “salas museográficas”) presentadas con acabados de madera natural, haciendo imposible cualquier planteamiento museográfico razonable.

Con el paso de los años y de las distintas administraciones, el Instituto Cultural Cabañas ha podido ir dejando atrás, aunque no del todo, la chabacanería que lo caracterizó durante sus primeros años. Y es que sus ocasionales avances siempre han sido opacados por sus grandes retrocesos, lo que ha entorpecido su camino hacia el que debió ser su punto de partida: un museo del más alto nivel, con una dirección consistente y claramente definida: la conservación y difusión de la obra de José Clemente Orozco. En lo que sí ha demostrado una envidiable consistencia a lo largo de estos años es en su permanente y sistemática violación de su propia Ley Orgánica.

Pero, hablemos del segundo error, que probablemente ha causado más daño que el primero, ya que le ha dado cobertura al constante mal manejo de la institución: el nombre. El Instituto Cabañas es un orfanato que opera en las inmediaciones de Plaza del Sol, en homenaje permanente a su creador, el obispo Cabañas. Al cambiar el uso al edificio diseñado por Manuel Tolsá, se le debió buscar un nombre ad hoc, que resultara más adecuado para su nueva función. Y, por multitud de razones, el único posible —el más congruente— es el de Museo Nacional José Clemente Orozco.

Y, claro, que se pongan a organizar exposiciones en lugar de pachangas.