Placer y libertad

Las revoluciones sexuales

¿Qué revolución sexual seguirá? Difícil saberlo, pero adecuando la famosa frase sesentera, ahora podríamos decir: “Hagamos el amor con responsabilidad y no la guerra, que el mundo se va a acabar.
  • 2009-11-21•El Sexódromo

Imagen: Sandoval

Son varias las revoluciones que se han llevado a cabo en la historia de la sexualidad, no obstante, la mayoría de las personas identifica sólo una, la de los años sesenta, cuando los hippies le enseñaron al mundo el significado cachondo del peace & love.

Es cierto que ésta es, para diversos estudiosos del tema, la primera revolución sexual, pero llegar a ese punto no fue tan sencillo. Este movimiento se comenzó a fraguar, cuando menos, desde el siglo XVII, cuando el modelo llamado “Iluminismo” comenzó a separar la moral de la religión.

Después de la Revolución Francesa, en distintos países ya no se consideró el matrimonio como un sacramento o una institución, sino como un contrato sometido a la regulación del Estado. Esto hizo que aumentara el número de personas que consideraban unir sus vidas no sólo para seguir los mandamientos de Dios, sino también por gusto o mero placer.

En el siglo XVIII se generó un hito histórico de gran envergadura al conseguirse la entrada de la mujer como sujeto a todos los efectos en los esquemas del pensamiento, en las ciencias, en la cultura. A este movimiento, que se considera también una revolución, se le conoce como la Cuestión Sexual y tuvo como eje central el problema de los sexos y, más concretamente, los esfuerzos realizados para que la mujer fuera considerada como sujeto de pleno derecho.

Karl Marx y Friedrich Engels se rebelaron contra la relación “patriarcal” que se daba en el matrimonio. Los padres del marxismo deseaban superar la situación a través del surgimiento de una sociedad en la que desapareciese la lucha de clases y la lucha de sexos.

En este marco se organizó la primera convención por los derechos de la mujer, en Nueva York, en el año 1848. Estos feministas conformaron la “primera ola” y se enfocaron en la superación de los obstáculos legales que no permitían la igualdad entre hombres y mujeres.

Décadas después, Alfred Kinsey publicó sus estudios sobre la vida sexual de los hombres y las mujeres, sacando a la luz temas que hasta ese momento nadie se había atrevido a mencionar. La actividad sexual antes del matrimonio, las fantasías eróticas, la infidelidad, la masturbación y la homosexualidad fueron algunos de los temas que sorprendieron al público que leyó el primer reporte. Prácticas, situaciones y reflexiones que habían estado escondidos bajo la doble moral salieron a flote.

La “segunda ola” feminista comenzó en 1960, teniendo una amplia variedad de temas, como la desigualdad no oficial, la sexualidad, la familia, el lugar de trabajo y los derechos en la reproducción.

En este punto llegamos a la primera revolución sexual conocida como tal: la que surgió con el desarrollo de la píldora anticonceptiva. En 1960, la FDA de Estados Unidos aprobó el primer anticonceptivo oral del mundo. Fabricada por el endocrinólogo Gregory Goodwin Pincus, la píldora fue uno de los medicamentos con más significado cultural y demográfico. Su función era otorgar a la mujer “dominio sobre un viejo demonio, el sistema reproductivo femenino”, según Katherine McCormick, quien patrocinó la investigación de Pincus.

Este método anticonceptivo, que no requería del “permiso” del hombre ni de usar artilugios que afectaran la llama de la pasión hizo que las parejas no precisaran alterar su comportamiento o tuvieran que discutir temas de anticoncepción justo en el momento en que la calentura les llegaba. Esta nueva actitud permitía actuar con mayor naturalidad e incluso integrar el tema de los métodos anticonceptivos con más confianza y comodidad.

La llamada “revolución sexual de los sesenta” no sólo es el amor libre, el rock, los hippies, el consumo de estupefacientes, la vida en comuna, sino la facultad de engendrar cuando se desee, teniendo la posibilidad de gozar las mieles del erotismo todo el tiempo.

La escritora y docente de la UACM Francesca Gargallo señalaba en una conferencia realizada a principios de año sobre la disidencia sexual en México, que en la década de los setenta “las mujeres y hombres homosexuales buscaron la conformación de un colectivo cohesionado generador de una ciudadanía no heterosexual y políticamente definida por su identidad sexual”.

El colectivo LGBTTI —que en ese entonces aún no se llamaba así— pedía igualdad de derechos, incluyendo el de manifestar libre y públicamente los vínculos afectivos y/o eróticos entre personas del mismo sexo. Los años ochenta supusieron la aceptación paulatina y el reconocimiento de las relaciones homosexuales, así como la comprensión (no generalizada, pero al menos entre un mayor número de personas) de que cada individuo es único e irrepetible y que puede hacer con sus genitales lo que desee, sin tener que pedir permiso al Estado, a la Iglesia o a la sociedad.

La primera revolución sexual, sin embargo, se detuvo en seco a partir de la llegada del Virus de Inmunodeficiencia Humana. La liberación erótica hizo que proliferaran las infecciones de transmisión sexual, pero la mayoría de estas enfermedades se arreglaban con antibióticos, así que seguía reinando la diversión y el livin’ la vida loca.

En junio de 1981 se comunicó, en una revista científica, el primer caso de neumonía por Pneumocystis carinii en un paciente homosexual. Casi simultáneamente se publicaron varios casos de Sarcoma de Kaposi en pacientes jóvenes y los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente. La falta de síntomas en los primeros años del VIH/sida, aunado a la escasez de conocimiento que permitiera un control adecuado, generó un alto índice de contagio. Por ello, el uso del preservativo se volvió necesario. Esta segunda revolución sexual modificó las prácticas sexuales de tal manera que hoy en día hay generaciones que no saben lo que es tener encuentros eróticos sin preservativo (qué bueno, pues de esa manera se han librado de contagios).

La más reciente de las revoluciones sexuales surgió con el desarrollo y comercialización de la famosa “píldora azul”, cuyo activo, el citrato de sildenafil, es conocido popularmente como Viagra. Aprobado en marzo de 1998, facilitó el tratamiento de la disfunción eréctil. Todos los hombres que tenían que padecer la ausencia de erección encontraron en esta pastilla un remedio no sólo a los problemas de firmeza de sus penes, sino también a su vida amorosa, ya que se comenzó a hablar sobre el tema y las parejas se animaron a expresar su sentir, a integrarse en el proceso de recuperación de su vida sexual. Así como los más jóvenes han aprendido a existir con el condón bien puesto, también saben que, con una pequeña ayuda de sus médicos, no tendrán problemas de erección al traspasar el umbral de los 40 años de edad.

En mi Facebook (www.facebook.com/veromaza) pregunté cuáles eran, para mis amigos, las revoluciones sexuales más importantes. Varios señalaron las aquí mencionadas, otros dijeron que también lo eran la creación de los vibradores, la tanga, las posibilidades del tao y el Kamasutra, “la abolición del macanazo como método de conquista femenina”, la industria pornográfica, el virus del papiloma humano y el internet. Coincido con ellos, aunque en estos casos la repercusión se ha dado sólo en ciertos sectores. ¿Qué revolución sexual seguirá? Difícil saberlo, pero adecuando la famosa frase sesentera, ahora podríamos decir: “Hagamos el amor con responsabilidad y no la guerra, que el mundo se va a acabar”.

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Verónica Maza Bustamante