Mauricio Achar in memóriam
Invitado
Carla Zarebska*
Hace poco más de cinco años murió el ejemplar librero. La que aquí reproducimos es la evocación, agradecida y cariñosa, de quien llegara a ser una de sus mejores amigas.
"Vete a ver a Mauricio a Gandhi, te va a enseñar a vender libros”, me dijo una tarde Jaime Sabines, a mis 25 años. Una jovencita que poco sabía frente a dos gigantes, cada uno en lo suyo. Aprendía o aprendía. Así lo sentí entonces, así lo entiendo ahora: los gestos de oportunidad que el destino te muestra nunca vuelven a repetirse.
“¿En dónde traes los libros?”, me preguntó Mauricio despachando en su oficina del segundo piso en la ya mítica Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, en la Ciudad de México. La primera Gandhi, la fundacional, su refugio personalísimo, su creación. Nada de buenas tardes, ni cómo te va. Los arrumacos de Mauricio, el gran Santa Clos de los libreros que este país parió, venían después con los jugos de zanahoria o un espress cargado o con un libro para el recuerdo.
“¿En dónde traes los libros del poeta?” (Yo acataba la instrucción de Sabines de vender su libro, del cual yo era editora y, después de algunos años, caí en cuenta que también autora). “En la cajuela del coche”, le contesté. “Una loca”, me dijo divertido mientras se rascaba la barba debajo de su boca, barba teñida de nicotina, espesa, rotunda. “Pero sabes qué —me dijo después de pensarlo unos instantes— , eso es lo que tienen que hacer los editores, cargar con sus libros en la cajuela de su coche y venderlos personalmente de librería en librería. Te felicito —otro silencio y enseguida sus gestos únicos—. ¿Quieres ver una magia?”, preguntó de golpe y cuando vio mi cara de sorpresa, confirmó, “sí, una magia, mi sobrino es mago. Y a mí me encanta la magia”.
A gritos hizo traer al mago que por media hora me confundió más de lo que ya estaba. Al final, roto el hielo de los que se conocen por primera vez, Mauricio me explicó con paciencia lo que era el dichoso precio de venta al público, el descuento de los editores a los libreros y, lo más importante: “Aquí siempre vamos a tener los libros más baratos que en cualquier otra librería, ése es uno de nuestros principios”.
Después me dio una caja con un juego completo de soldaditos de plomo para el poeta. “Le van a encantar a Sabines, dile que yo se los mando y también el mago”.
Entre juego y juego, entre citas de Borges, su foro de teatro que lo volvía loco, las partidas de backgammon (ni se te ocurra ganarme, me amenazó un día, porque a mí ninguna mujer me va a ganar una partida de backgammon), el ajedrez, el tomarse en serio y después no tanto, se fue haciendo una librería en la Ciudad de México, que fue referencia y laberinto obligatorio de estudiantes, profesores, académicos, locos, poetas, solitarios, amantes de las letras, descorazonados, dramaturgos, etc., etc., etc.
Cupo indefinido el de tu corazón, Mauricio.
Voy a presumir de maestro sólo para recordarte y decirte que extraño las partidas de backgammon, las comidas en Cuernavaca, cuando en una presentación en la recién inaugurada librería de mi tierra natal morelense te pusiste a servir el vino en las copas y a ofrecerlo a los comensales para hacernos sentir una única cosa: estamos en la casa de Mauricio.
Ya no eres una librería, Mauricio, como te hubiese gustado mantenerte para el fin de los tiempos. Sencillo, modesto, accesible. Eres una generación de librerías. Todo es diferente, como siempre suele serlo. A los editores nos cuesta un poco más venderle ahora libros a Gandhi sin tus arrumacos y concesiones, también ahora nos cuesta más que nuestros libros se mantengan vigentes entre el marasmo de múltiples ofertas que tienen que adecuarse a la velocidad de los tiempos. Pero no importa, Gandhi eres tú y ya no lo es, tiene tu germen, tu semilla, tiene a León, a Emilio, a Nelly y a tus hijas que no veo desde hace años en Cuernavaca.
Eres, Mauricio, la parte humana y empresarial de los libreros en México, mezcla irrepetible que definió una nueva relación entre todos los que amamos esa forma insustituible del saber y el conocimiento humano. Fuiste el puente necesario entre el librero que atiende su negocio de manera personal y humana, amigo de escritores y editores, pero también el empresario que tenía que entender las nuevas reglas y triunfar en su negocio.
Nos fuimos acostumbrando a tu mecenazgo y te confieso que estamos medio descolocados desde hace cinco años. Pero las nuevas reglas son eso, las nuevas reglas al fin y al cabo. Sólo quería recordarte, ahora, hace 5 años del aniversario de tu muerte el pasado 9 de noviembre, porque recordar a nuestros muertos es mantenerlos vivos. Estoy convencida. Yo te recuerdo y no me da la gana olvidarte. Quería hacer feliz a tu hija Nelly un instante, que siempre saca sus lagrimones con la sola mención de tu nombre.
Gracias, Mauricio. Atesoro la lista de las obras de teatro que escribiste en un papel la última vez que te vi en Cuernavaca y ahora, en Oaxaca, las leemos. Una a una. Cuando se puede, cuando hay tiempo. Y recuerdo tu nombre en silencio y te agradezco esa chispa, esos gestos interminables que me generan la peor de las nostalgias por los maestros que tuve.
Y adivina qué, desde que me enseñaste a vender libros he vendido ya casi 80 mil. Es mucho, es poco, aún no lo sé. Tal vez sea algo frente a las ganas de editar de una editora y sus gloriosos fantasmas que yo llamo, simplemente: mis maestros.
Me toca convencer a tus hijos para animarlos a un Gandhi en Oaxaca, triunfo de todos los triunfos en una tierra de interminables conflictos políticos y caciques. Verás que un día será posible.
*Editora y escritora. Es reconocida por la publicación de obras como Jaime Sabines. Algo sobre su vida, entre otras.



