Centenario de la Revolución
Carta de viaje
Carlos Tello Díaz
El 20 de noviembre celebramos, año con año, el inicio de la Revolución en México: el día que los mexicanos tomamos las armas contra la dictadura. Pero el 20 de noviembre de 2010 será distinto. No vamos a celebrar la Revolución sino otra cosa, no sabemos qué, en el contexto del centenario de la Revolución.
El 20 de noviembre de 1910 acababan de terminar las fiestas del centenario de la Independencia. Las fiestas del centenario fueron un éxito para el régimen del general Porfirio Díaz. En ellas, don Porfirio no celebraba el movimiento de Independencia que había comenzado en 1810; celebraba el país en que había confluido ese movimiento, el México de 1910. Era un país que vivía en paz después de haber vivido un siglo, el XIX, conmocionado por la violencia interna e internacional, por los pronunciamientos de los caudillos y las invasiones de las potencias de Europa y Norteamérica. Era un país que marchaba por fin en la senda del progreso, luego de décadas de estancamiento, un progreso simbolizado por los monumentos públicos que fueron inaugurados aquel año: la columna de la Independencia, el edificio de Correos, el palacio de Comunicaciones, el hemiciclo a Juárez, el manicomio de La Castañeda, la penitenciaría de Lecumberri (sin contar los de provincia, entre ellos el teatro Juárez en Guanajuato y el teatro Mier y Terán en Oaxaca). Junto a la paz y el progreso, Porfirio Díaz celebraba la entrada del país al concierto de las naciones, que simbolizaban las embajadas que de todas partes (Europa, Norteamérica, Lejano Oriente) llegaron a hospedarse en las grandes mansiones de la capital de la República. Por último, las fiestas del centenario celebraban también, por supuesto, al propio Díaz, héroe de la Guerra y de la Paz.
Los últimos cohetes de la fiesta coincidieron con los primeros balazos de la Revolución, como anotó Federico Gamboa en su diario. La estabilidad era una ilusión. El progreso no había llegado a todos. Díaz estaba a punto de ser exiliado, y más: a caer en desgracia en la historia de México. Pero aun así, las fiestas del centenario fueron un éxito para su régimen porque lograron transmitir —a sus contemporáneos, por el tiempo que duraron, pero también a la posteridad, en la memoria colectiva de los mexicanos— la imagen de un país que había llegado a la modernidad en los albores del siglo XX.
Las conmemoraciones no sirven para celebrar los episodios del pasado, sino para organizar ese pasado en una narrativa, en función de los requisitos del presente. México, hoy, no tiene esa narrativa. No sabe qué decir, en qué contexto festejar, qué mensaje transmitir al mundo. Está en crisis; su imagen internacional, por los suelos. ¿Qué va a celebrar en 2010? ¿Y qué país va a celebrar, cuál de todos estará en control del Zócalo? ¿El del Presidente de Los Pinos o el de sus adversarios, en control de la Cámara y de la Ciudad de México? ¿Hay algo, una imagen, un valor, una meta que todas las fuerzas, juntas, quieran celebrar?
El gobierno quiere reproducir el espectáculo de los Juegos Olímpicos de Pekín para celebrar el Bicentenario. Pero la fuerza de esa ceremonia de inauguración no la dio el espectáculo sino la narrativa que lo respaldaba. China sabía qué historia quería contar al mundo con esas imágenes: le quería demostrar, y le demostró, que era ya una de las grandes potencias del siglo XXI. Un espectáculo así, sin esa narrativa, no hubiera sido grandioso. Hubiera sido patético.


