Lecciones de Dobbs
Epicentro
León Krauze
La salida de CNN de Lou Dobbs, el agresivo y xenófobo conductor de noticias que hasta hace poco aprovechaba su espacio informativo para opinar obsesivamente sobre el debate migratorio, ha sido leída de mil maneras por la prensa mexicana. Por supuesto, el análisis más natural —pero también el más ingenuo— estimado señor o señora: la que supone que Dobbs fue víctima de sus prejuicios. Es cierto que diversas organizaciones latinas en Estados Unidos habían comenzado una severa campaña en su contra. Es cierto también que la voz de la comunidad hispana es cada vez más respetada y temida no sólo en Washington sino en las oficinas de ventas de los grandes medios de comunicación. Al menos desde 2008, golpear de manera inclemente la agenda hispana no es un buen negocio ni política ni comercialmente. Pero suponer que el poder latino ya es tal que puede determinar qué personalidad permanece o no al aire es vivir en la misma burbuja ingenua que habitan los que creen que una reforma migratoria ocurrirá en algún momento de aquí al 2012. La cantidad de voces antiinmigrante en los medios de comunicación estadunidenses es y seguirá siendo asombrosa. Ninguna organización latina podrá sacar del aire a Rush Limbaugh, rey de reyes del discurso antiinmigrante. Tampoco podrán echar de Fox News a Bill O’Reilly, otra figura similar. Y ni hablar de los cotos de poder de periodistas radicales en radios comunitarias estadunidenses. La realidad de la salida de Dobbs de la CNN es menos interesante desde el punto de vista político pero mucho más provocadora para quienes se dedican a estudiar la dinámica actual de los medios de comunicación. Lou Dobbs se fue de CNN porque la cadena comprendió que Lou Dobbs Tonight había dejado de cumplir con la misión principal de la propia CNN: informar antes que opinar. Desde hace algunos años, Dobbs había utilizado su espacio, que era informativo en un principio, para imponer una agenda mucho más cercana a la más burda propaganda que a la sobriedad admirable de un conductor de su categoría. En otras palabras: Dobbs había dejado de ser periodista para convertirse en editorialista. Optó por convertirse en una figura polémica y polarizadora más cercana a Limbaugh o a Glenn Beck —un histérico que también usa su espacio “Informativo” para opinar— que al legendario Walter Cronkite o el aún más admirable Edward R. Murrow. La clave para entender la salida de Dobbs está en su despedida. Al dejar su espacio, Dobbs aceptó que quería “contribuir de otra manera a entender los problemas de nuestro tiempo”. Además, reconoció haber recibido varias sugerencias “de políticos, gente de medios y empresarios” de “reconsiderar” su papel en la CNN. No se necesita ser un genio para leer entre líneas: Dobbs tuvo la valentía de aceptar que lo suyo había dejado de ser la información para convertirse en la formación de la opinión pública. La CNN, mientras tanto, anunció que reemplazará el programa de Dobbs con un espacio de noticias conducido por John King, un reportero hecho y derecho que, es de suponerse, no tendrá otra ambición más que la informativa. Es una apuesta peligrosa desde el punto de vista comercial (en la televisión de cable estadunidense, nada vende mejor que los programa de opinión ideologizada), pero loable desde el punto de vista periodístico: siempre será más complicado y admirable reportear que opinar.
La historia de Lou Dobbs y la CNN tiene lecturas interesante desde y para México. En nuestro país también están cada vez más de moda los programas conducidos por periodistas que han preferido volverse grandes propagandistas. El fenómeno ocurre sobre todo en la radio que es, por definición, un medio mucho más noble que la televisión. Nada hay de malo en que un periodista opte por la opinión: después de todo, ¿quién es uno para criticar el narcisismo de un colega? Lo que sí es un error es que ese periodista tenga la desfachatez de seguir presentando su visión particular del mundo como la noticia objetiva. En eso, varios periodistas mexicanos deberían aprender de Lou Dobbs. Mejor ser un xenófobo repugnante que se asume como tal que un periodista que esconde su espíritu de propagandista tras un velo de pureza.


