Hombre de celuloide

Secretos

  • 2009-11-14•Cine

<i>El silencio de Lorna </i>(<i>Le silence de Lorna</i>). Dirección: Jean-Pierre y Luc Dardenne. Guión: Jean-Pierre y Luc Dardenne. Música: Beethoven. Fotografía: Alain Marcoen. Con: Arta Dobroshi, Jérémie Renier y Fabrizio Rongione. Bélgica 2009.
El silencio de Lorna (Le silence de Lorna). Dirección: Jean-Pierre y Luc Dardenne. Guión: Jean-Pierre y Luc Dardenne. Música: Beethoven. Fotografía: Alain Marcoen. Con: Arta Dobroshi, Jérémie Renier y Fabrizio Rongione. Bélgica 2009. Foto: Outnow.ch

Los secretos que proponen los hermanos Dardenne a sus fanáticos (y debo confesar que soy uno de ellos) asaltan siempre por sorpresa. Como viejos magos de Flandes, los Dardenne extraen de su chistera secretos, pero no secretos baratos: secretos hechos de minúsculas sorpresas que importan, como cuando nos sorprendemos, por fin, besando a alguien que amamos en secreto: sin por qué; como cuando nos sorprendemos haciendo el amor con uno que creíamos despreciar, sin por qué. Todo esto sucede en El silencio de Lorna, una película que sorprende justo porque demuestra que el amor es un secreto que no tiene “por qué”.

Si tuviera que justificar lo que siento por los Dardenne diría que cumplen con la paradoja que proponía Reyes: son provincianamente cosmopolitas. Hacen cine flamenco, pero universal; tienen un estilo propio, pero están conectados con la tradición narrativa clásica; son cine del principio de este milenio, pero cuentan historias que pudieron haber sucedido en todos los tiempos.

No creo que haya tradición fílmica más descarnada que la flamenca. Para muestra dos botones (los dos de 1987): El amor es un perro infernal, de Dominique Deruddere y Las bodas bárbaras, de Marion Hänsel. Los Dardenne retoman lo opresivo de esta tradición, pero como el hombre que atisba el brillo del tesoro escondido entre la basura, desentierran la felicidad nostálgica con la que terminan todos sus filmes.

Por otra parte, los Dardenne están dialogando con La Nueva Ola francesa (que de nueva ya tiene poco) y con el totalitarismo deliciosamente intelectualoide del Dogma 95. Pero estas son cosas que interesan sólo a los críticos, a los fanáticos de los Dardanne lo que nos importa es ese golpe que introduce de lleno, en cinco minutos, en un dilema ético de proporciones bíblicas. En Le Fils por ejemplo, hay un hombre que no sabe si vengarse del muchacho que asesinó a su hijo. Y poco a poco vamos asistiendo a una historia que trasciende cualquier narrativa convencional y se transforma en un cuento, un cuento de hadas con moraleja. Parábola de sabor judío.

En Rosetta (1999) conocemos a una adolescente que necesita urgentemente un trabajo. Y por ello ha de traicionar al muchacho que ama. ¡Vaya sorpresa! Él, en venganza, va a perdonarla. En L’Enfant del 2005, un hombre discurre vendiendo a un niño. Pero los Dardenne aman a sus personajes, por eso los redimen, siempre. Cual Dios amoroso que, como ese protagonista de Rosetta, sólo sabe vengarse perdonando.

Los personajes de los Dardanne (y Lorna no es la excepción) son siempre niños perdidos en cuerpos de adultos. Este drogadicto chantajista que atosiga a la muchacha albanesa que se casó con él para conseguir un documento, se va convirtiendo frente a nosotros en un niño. Por eso entendemos de pronto, por qué Lorna se enamora de él y por qué habla con él en secreto cuando ya, convertida la historia en cuento de hadas, nuestra hermosa princesa está perdida en un bosque. Y la vemos un poco loca y un poco perdida, sí, pero hay en su locura, toda la luz.

Fernando Zamora • http://www.fernandozamora.org