De culto: Luis Alberto Sánchez
Lecciones
2009-11-14•Antesala
La voz de Luis Alberto Sánchez era clara y enérgica, su memoria prodigiosa. A mediados de los años setenta asistí a uno de sus cursos en la Municipalidad de Miraflores, en la capital peruana. Los poetas de la Generación del 27 cobraron vida con sus recuerdos y anécdotas; a varios los había tratado, de otros había sido amigo, de todos conocía no sólo sus libros sino su vida. Estaba ciego y andaba con un bastón y un lazarillo. No era querido por todos en ese Perú de la dictadura del general Francisco Morales Bermúdez. Pero su obra y magisterio se abrían paso entre los vendavales políticos de los que tanto supo como militante del APRA, partido que su amigo Víctor Raúl Haya de la Torre fundó inspirado en el mexicano PRI.
Luis Alberto Sánchez nació en Lima el 12 de octubre de 1900 y murió en la misma ciudad 94 años después. Maestro y rector de la Universidad Mayor de San Marcos, tuvo numerosos discípulos, entre ellos el atormentado poeta Martín Adán, quien debutó en la literatura con una novela —La casa de cartón— de la que él escribió el prólogo y José Carlos Mariátegui el epílogo.
Al terminar la clase, algunos nos quedábamos un rato más con él, haciéndole preguntas, escuchando sus relatos. Una tarde nos contó la historia de Juan Ramón Jiménez y Georgina Hübner, una señorita peruana que inició con el creador de Platero y yo un intercambio epistolar que muy pronto se volvió intenso. A través de las cartas, el poeta se enamoró de ella y quiso cruzar el mar para conocerla; pero Georgina enfermó súbitamente, muriendo poco después. Al saber la noticia, Juan Ramón le dedicó un poema triste, desgarrador, hermoso. Por eso su furia cuando supo que Georgina nunca había existido, que todo había sido un engaño perpetrado por un grupo de admiradores limeños que vieron en ese juego la posibilidad de obtener regalados sus libros.
Luis Alberto Sánchez escribió más de cien títulos, entre los que destacan estudios sobre la literatura peruana y biografías noveladas, como Valdelomar o La belle époque, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1969. Sonreía al hablar de Abraham Valdelomar, a quien conoció en 1915. Era un loco, un bohemio, un presumido genial que se hacía llamar El conde de Lemos. “Amaba ser visto, oído, admirado y odiado. No resistió la indiferencia ni el silencio”, dice en su libro sobre el autor de El caballero Carmelo, quien murió a los treinta años.
Flora Tristán fue otro de los personajes que nos descubrió. En Flora Tristán: una mujer sola contra el mundo, recorre la vida de esta peruana singular, abuela de Paul Gauguin, precursora de la emancipación de la mujer en Europa, a donde llegó persiguiendo una herencia que nunca consiguió. Ella y su nieto son los protagonistas de una novela que Mario Vargas Llosa escribiría muchos años después: El Paraíso a la vuelta de la esquina.
Luis Alberto Sánchez nos hablaba con admiración de César Vallejo —a quien había criticado injustamente cuando apareció Trilce—, de Clemente Palma, de su amigo mexicano Gilberto Owen, de sus maestros y compañeros de generación. Nunca fueron poca cosa sus lecciones.






