Ensayo
El maestro de Racalmuto
La fantasía no es la literatura, sino
la realidad tal y como es manipulada
y sistematizada por el poder
Leonardo Sciascia
La primera vez en mi vida que oí hablar de Leonardo Sciascia (1921-1989) fue gracias a Tomás Pérez Turrent, que acababa de volver del festival de Cannes. Me dijo que una de las mejores películas que había visto era de Francesco Rosi: Cadáveres ilustres, con Lino Ventura, y que el guión procedía de una novela de Sciascia pero que no recordaba cuál. Al día siguiente me fui a la librería italiana que estaba en la plaza Río de Janeiro y en la sección de literatura localicé y compré cuatro novelas: El día de la lechuza, A cada quien lo suyo, Todo modo y El contexto.
Me estaba inventando un juego: quería adivinar cuál de ellas coincidía con el argumento que me había contado Tomás: en un cierto país imaginario que no era Italia y en el que, por tanto, podía haber una embajada italiana, alguien andaba matando jueces. Había un método en la locura del desconocido asesino y la ubicación de las ciudades en el mapa sugería la existencia de un patrón. Me dio mucho gusto primero corroborar que entendía el texto en italiano y luego descubrir que la trama correspondía a El contexto.
Todo esto sucedía alrededor de 1979. Poco a poco me fui fascinando como lector del mundo de Sciascia. Tenía la impresión de que era el primer escritor mexicano nacido en Sicilia y que los temas que trataba y los personajes (abogados, curas, profesores, agentes judiciales, jueces, políticos) habitaban una transfiguración literaria que bien podía tener sus raíces y su cuadro social en México. No sabía muy bien por qué pero lo sentía. Sospechaba que algo del pasado histórico nos emparentaba: la dominación española que tuvimos en común, la cultura árabe que nos llegó con los andaluces, el sistema de justicia penal que tanto aquí como allá tenía su matriz en el Santo Oficio de la Inquisición. Y entonces me organicé un viaje a Sicilia. Y con un objetivo: hacer una larga entrevista y un ensayo reportaje sobre el escritor siciliano que aparecieron más tarde, en 1989, como libro: La memoria de Sciascia.
Volé a Palermo desde Roma. Cuando me contestó el teléfono me dijo que nos podíamos ver en una galería ubicada en Vía della Libertá donde él se reunía todas las tardes con sus amigos. Llegué a ese lugar de pintores y no sin cierto temor, más bien tímido, pregunté por el señor Sciascia. Vino entonces hacía mí un hombre de unos 65 años, de traje gris y corbata (desde niño, lo supe después por unas fotografías, le gustaba vestir muy elegante ternos cruzados), que toda su vida había sido profesor de primaria, ahora jubilado, como lo cuenta Matteo Collura en su biografía Il maestro di Regalpetra. Nos saludamos (ya lo conocía por carta pues le había enviado yo un ejemplar de mi novela Pretexta que empezaba con un epígrafe suyo) y me dijo:
—Posso essere utile?
Con lo cual me preguntaba si me hacía falta algo, si ya había conseguido hotel, si me sentía bien.
—Sí, no hay problema —le contesté y le di un ejemplar de la revista Escénica donde yo había publicado mi traducción de una comedia suya, El Honorable (así les dicen a los diputados en Italia: honorables) y esto pareció conmoverle mucho, el que yo hubiera tenido la iniciativa de traducir una obra suya. Nunca dejó de recordármelo y de agradecérmelo. Lo que más me sorprendió fue su serenidad, su aparente timidez, una discreción que yo no esperaba de un escritor que en las polémicas y por escrito era tan bravo.
Quedamos de vernos al día siguiente en su casa. Hicimos la entrevista: él en italiano porque no se atrevía a hablar en español a pesar de que había traducido a Lorca y a Pedro Salinas y yo en español porque no me atrevía a dejar ver mi pobre italiano.
Me decía que en dialecto siciliano quedaban algunas expresiones en español (los Borbones estuvieron en la isla hasta 1862), como por ejemplo Laborare di buona gana.
Hablamos de muchas cosas. Sin recurrir a mis apuntes ni a mi libro impreso puedo recordar que me hablaba de que en nuestro tiempo ya no existe el Estado, al menos como se concebía en los años de los enciclopedistas: que vivíamos en un mundo en el que predominan las organizaciones criminales y en el que ya no cuentan las ideas y que algo de la mentalidad mafiosa había impregnado las formas de gobernar y de hacer política. Que el interés general se había perdido de vista y que se ejercía el poder más bien en función de intereses particulares y de grupo. Y que por eso sentía, me explicaba, que Sicilia bien podía ser una metáfora del mundo moderno, que asistíamos a una especie de sicilianización del mundo.
¿Cómo no ser pesimista si la realidad es pésima?
Después de comer me invitó pasar unos días en Siracusa. Nos llevó a mí y a él y a su esposa María un joven amigo suyo en un Alfa Romeo. Nos instalamos en el Grand Hotel. Todos los días íbamos a comer al Archimide, uno de los restaurantes más viejos de la isla de Ortigia, es decir, de Siracusa, que es la pequeña isla de una isla más grande. Y siempre pagaba la cuenta aunque los invitados fueran ocho personas. Comíamos un atún delicioso y nada de carnes rojas. Una vez llegó para verlo Gesualdo Bufalino, que vivía en Comiso, un pueblo de más al sur.
A Sciascia le gustaba comer con agua, “non gasata”, sin gas, y no porque tuviera algo contra el vino. (De hecho en su casa de campo de Racalmuto hacía unas cincuenta botellas de vino al año.) Bufalino sonreía y le decía que en la plaza de su pueblo había una fuente con un agua muy buena. “Un día te traigo una botella”, le decía mientras hablaban de aguas como quien habla de vinos.
Eso sucedía en junio de 1985. Me tardé tres años en terminar el libro y en mayo de 1989 (un año que le gustaba porque le hacía recordar la Revolución francesa) mi esposa Carmen y yo planeamos visitarlo en Palermo. Pero cuando llegamos a Milán Ferdinando Scianna, el fotógrafo, nos dijo que Sciascia estaba allí, en un hospital. Nunca supimos exactamente de qué estaba enfermo; era algo relacionado con la sangre y debía estar en un hospital con diálisis. Total que lo visitamos. Estaba en bata, como en la sala de su casa. Saludamos a María y él, mientras yo le entregaba los libros, me dijo: “Mira, te presento a Roberto Calasso”. Era su editor en Adelphi y le regaló uno de los ejemplares. Después me dedicó los dos primeros tomos de sus obras completas de la editorial Bompiani.
—El tercero saldrá el año entrante —comentó María.
—Sí —dijo Sciascia—. Será póstumo.
Seis meses después, el 20 de noviembre, dejó de estar entre nosotros. Le tocó enterarse de que, unos días antes, había caído el muro de Berlín. Pidió en su carta testamento que en su tumba, en Racalmuto (cerca de Agrigento), sólo se inscribiera su nombre, sus fechas, y una frase: “Ce ne ricorderemo, di questo pianeta.”
Frase “enigmática, sibilina”, según Matteo Collura. Porque siendo del francés Philippe-Auguste-Mathias conde de Villiers de L’Isle-Adam, ninguno de sus amigos ha podido localizarla en ninguno de los libros del autor de Contes cruels. Ni en francés ni en italiano. Sigo sin saber traducirla: ¿Te recordaremos desde este planeta? ¿Nos acordaremos de este planeta?
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Todo lo que ha tenido que ver con Leonardo Sciascia en mi vida ha sido bueno. Yo había estado en Taormina y Siracusa a los veinte años, en el verano de 1962. Tuve una experiencia sentimental que, no sin rubor, podría considerar feliz. Por eso siempre he vuelto a mi otra península. Porque el principio del placer consiste sobre todo en repetirlo.
En los días subsiguientes al 19 de septiembre de 1985, tres meses después de que lo dejara en su casa de Racalmuto, la única persona que preguntó por mí en este mundo fue Leonardo Sciascia. Ni mis hermanas de Tijuana ni mis tías de Navojoa se inquietaron. No servían ni los teléfonos ni el fax ni el telex. Entonces él habló a France Press y les pidió que a través de su corresponsal en México me buscaran.
Días, semanas más tarde, me llegó una carta: “Caro Federico. Todavía me acuerdo del terremoto de Messina de 1908, pero entonces Messina era una ciudad muy pequeña. No me atrevo ni siquiera a imaginar lo que eso ha sido para ustedes en una Ciudad como la de México.”


