Gloria Virginia Ramírez Pérez, general brigadier cirujano dentista y jefa de la Dirección General de Sanidad

“Al principio me decían mi jefe, y yo les respondía soy general”

Aunque sus compañeros hombres han sido solidarios y reconocido su esfuerzo, obtener el grado de general brigadier ha significado contender con ellos.
  • 2009-11-09•Todas

Foto: Oswaldo Ramírez

De prosapia militar, la general brigadier Gloria Virginia Ramírez Pérez, cuya carrera es de cirujano dentista, ha salido victoriosa en su competencia con el género masculino, dominó su temor ante una alberca de más de siete metros de profundidad, soportó caminatas de cuatro horas a campo traviesa y superó exámenes de conocimientos militares y de su especialidad para ascender a tan alto rango en la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).

Aunque sus compañeros hombres han sido solidarios y reconocido su esfuerzo, obtener el grado de general brigadier ha significado contender con ellos. Ella es una de las tres mujeres que han conseguido tal distinción en la historia de la Sedena. “Una ya se retiró y quedamos dos, pero sí ha habido apertura para nosotras”.

Los tres ascensos han tenido la virtud del espejo, dado que “todas las integrantes del personal femenino de aquí, de la Secretaría de la Defensa Nacional, se ven reflejadas en una, y yo pienso que es reconfortante saber eso, al menos para mí”, apunta la general brigadier, cuya responsabilidad actual es la subdirección administrativa de la Dirección General de Sanidad.

Recuerda que “en 1966, cuando ingresé al Ejército mexicano, las mujeres nada más llegaban al grado de capitán primero, y conforme fue pasando el tiempo, en 1979, ascendió la primera mujer a general. La verdad, cuando uno va a Promociones piensa nada más en el grado superior, pero yo creo que son nuestro coco: hay que estudiar y prepararse en todos los sentidos para llegar a donde estoy”.

La jerarca reconoce que, inclusive para ella, saber de la promoción a general de una militar fue una experiencia extraña. “Al principio se nos hizo raro ver a una mujer con ese grado. Fue la general María Gómez López, que ya se retiró, y después fui yo, así que soy la segunda. Al principio no se acostumbraban a decirme ‘general’, siempre me decían ‘mi jefe’, y yo les respondía ‘soy general’. Se fueron acostumbrando a mi grado, aunque el trato es igual, de compañeros”.

Uno de sus grandes desafíos fue zambullirse en aguas profundas: “Cuando ingresé a la Escuela Militar de Enfermeras no había alberca, ahora hay una muy bonita. Muchos y muchas de los que somos de aquí, del Distrito Federal, no sabemos nadar, y en las Promociones nos empezaron a pedir natación. Así que tuve que aprender, estando un poquito grande, para poder concursar.

“Nosotras contendemos con los hombres, no íbamos solas. Ése fue mi coco: aprender a nadar… y nadar en la alberca de paracaidistas, que tiene una profundidad de siete u ocho metros. Da pánico escénico estar ahí, pero cuando una ya está en el lugar, pues se avienta y lo hace”.

LOS LIBROS Y EL ESFUERZO FÍSICO

La competencia no sólo implica valor y esfuerzo físico. Además de la prueba de nado, explica la general, “hay que estudiar mucho. Como enfermera competí con personal de enfermería, pero a partir de que llegué al grado de capitán primero cirujano comencé a competir con hombres también. Íbamos por equis cantidad de vacantes, y se eleva el que logra mejor puntuación, el mejor preparado. Afortunadamente ascendí”.

Entre las capacidades académicas que se deben demostrar figuran “los conocimientos militares y de la especialidad 5de cirujano dentista en mi caso5, hacer una caminata en el campo de 15 kilómetros, durante cuatro horas. Esto es igual para hombres y mujeres. La marcha es pesada; algunas veces se lleva a cabo en San Miguel de los Jagüeyes y otras veces aquí, en el DF. Me ha tocado en las dos partes”.

Refirió una de sus experiencias en el campo: “En San Miguel de los Jagüeyes acababa de llover. El terreno era de terracería y yo era la única mujer que llevaba el paso del hombre, que es más amplio y es cansado sostenerlo. De repente se me detuvo en el pie una ranita verde, preciosa, y me dije ‘si se va conmigo me la llevo’. Me iba a sentar y pensé ‘no me vaya a salir una víbora’. Me dice un soldadito: ‘No, aquí no hay víboras’. Camino como cinco pasos y va saliendo por ahí un culebrón.

“Aparte de eso, va uno en la caminata y el hombre, en cualquier árbol, se puede detener a hacer sus necesidades fisiológicas y una como mujer no. Hay un alto de cinco minutos en donde colocan agua para que se vaya uno hidratando, y yo no tomaba agua. Llevaba un dulcecito hasta llegar a la final; anda una en campo traviesa y no hay dónde ir al baño… y yo sola… Pero es bonito. Los hombres la apoyan a una, y como iba adelante me decían ‘yo pensé que como está usted chaparrita íbamos a llevar el paso más corto’.

“Afortunadamente llegamos bien, pero si la caminata era un reto grande, la natación, la alberca olímpica de los paracaidistas 5que es muy bonita y está muy bien cuidada5, también es para echarle ganas. Cuando una asciende hay una sensación de alegría, de euforia muy grande, porque sólo una sabe todos los sacrificios que hizo para llegar a ese grado y llora de alegría, y sobre todo de haber llegado al grado de general”.

Los sacrificios no sólo son los mencionados, rememora la general brigadier, “también consisten en dejar a la familia, no ir a fiestas, al cine. Se dedica una estudiar en cuerpo y alma en los ratos libres. No todo el tiempo, pero si una se da más espacio para estudiar con el objetivo de ascender, sacrifica muchas cosas. A pesar de todo vale la pena el sacrificio”.

Antes de obtener el grado máximo, indica, “estuve en el agrupamiento femenino como comandante y como segundo comandante. Después de que ascendí, se me acercaban mucho las mujeres, personal de jefes, oficiales y tropas para felicitarme. Ellas sentían que el grado que yo tenía también era para ellas. Realmente, de 1997 a la fecha es cuando ha habido apertura, y ahorita, con mi general secretario Guillermo Galván Galván, ha sido más grande.

DE ORIGEN MILITAR

Rememora: “Mi papá también fue militar; yo vivía aquí, en la zona militar, y tenía esa opción. Así que ingresé en 1966 a la Escuela Militar de Enfermeras. En ese tiempo la carrera tenía nivel técnico, posteriormente estudié la preparatoria en la Universidad Tecnológica y después me fui a estudiar Odontología a la UNAM.

“Egresé en 1981 y después realicé mi cambio de clasificación. Ese mismo año me dieron mi título de cirujano dentista, y a partir del 20 de noviembre de 1981 estoy en el Ejército como tal. Fui asignada al Servicio Médico de la Secretaría de la Defensa Nacional, donde estuve primero como dentista general y posteriormente fui jefa del Servicio del Gabinete Dental.

“Más adelante ascendí a coronel en jefe de la sección de Odontología, en la Dirección General de Sanidad, y en 2007 me asignaron al Hospital Militar Regional de Monterrey, adonde fui como jefa del Servicio Dental. Regresé a la Ciudad de México y me asignaron como subdirectora. Es importante recalcar que soy la primera mujer en ocupar este cargo, porque anteriormente eran médicos los que lo ejercían”.

Cristina Renaud y Norberto Hernández