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Regresó a Acteal... pero en la oscuridad

Pese a que amenazas de muerte pesan sobre él, Lorenzo Ruiz Vázquez volvió al municipio de Chenalhó, al sepelio de su hija.
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  • 2009-11-08•DF y estados

Foto: Héctor Téllez

Fue la oscuridad y la soledad de una calle en Tuxtla Gutiérrez las que ayudaron a Lorenzo Ruiz Vázquez a decidir su regreso a la comunidad de Los Chorros, en Chenalhó. Se decidió y abordó la camioneta que transportaba el cadáver de su hija de 23 años.

Lorenzo salió de esa comunidad hace 12 años, cuando con engaños fue trasladado al penal de Cerro Hueco. Le dijeron que lo llevaban a declarar y lo metieron en prisión todo ese tiempo. Los zapatistas lo acusan de haber participado en la matanza de Acteal. Dicen que es un paramilitar.

Él lo niega y sabe además que hay amenaza de muerte sobre él y otros más por parte de los zapatistas. Pero pudo más el amor a su hija muerta y decidió acompañarla en su velorio y sepelio. Pese a las amenazas y la prohibición de la administración estatal.

“El gobierno piensa que no hay seguridad, ahorita no existe nada, por eso regreso junto con el cuerpo de mi hija. No hay ningún problema, me recibieron bien anoche”, dijo a MILENIO.

Lorenzo explica esa decisión de regresar, pues horas antes había decidido que no. “Valoré mi propia decisión, pensé las consecuencias: no podía dejarla venir sola y dije tengo que acompañarla”. En esa travesía lo acompañaron su yerno, su hijo y la difunta.

A las 20:30 horas del viernes se sentía solo en Tuxtla Gutiérrez. El ataúd con su hija Martha Ruíz Santis aguardaba el momento de partir al terruño. Fue cuando decidió “me voy con ella”.

La camioneta salió de Tuxtla Gutiérrez, enfiló hacía San Cristóbal de las Casas y se metió a las montañas de Los Altos de Chiapas. Pasadas las 11 de la noche hizo su entrada a la comunidad de Los Chorros, la misma que dejó hace 12 años; lo que vio al bajar le sacó las lagrimas contenidas por tanto tiempo.

Las mujeres y sus ropas de colores negro y morado, los caminos de piedra y tierra, las casuchas de madera y techos de dos aguas, devoradas por una oscuridad inclemente; el canto de las chicharras; los niños de vientre abultado, exageradamente abultado; los perros que poco se sostienen en sus cuatro patas, el olor a café y el viento suave.

Fue recibido con abrazos y lagrimas. Entre todos metieron el ataúd gris de madera con la hija de 23 años.

Éste fue tendido en un cuarto de piso de tierra; en la cabecera las mujeres le acomodaron refrescos, velas y bolsitas con maíz y frijol. Alrededor de él, en el suelo se tendieron las mujeres, las niñas. Los hombres un poco atrás. En ese mismo cuarto cuatro jóvenes del conjunto San Pedro rasgaron las cuerdas de sus instrumentos con las alabanzas para despedir a la mujer.

Se repartió café, tortillas y frijol en este velorio de un país que dicen ya dejó la recesión atrás. En Los Chorros la realidad dice lo contrario: el ataúd fue donado y el velorio se hizo con la cooperación de la comunidad. Aquí, la recesión, la crisis y la miseria son milenarias. Milenarias.

“Me agrada estar aquí ya no me siento solo, cuando uno está solo se siente mucho”.

Mira el ataúd y concluye: “Cuando niña me llevaba el pozol al campo, entré a la cárcel y ya no la vi crecer”. Mañana domingo será el sepelio.

Francisco Mejía