Una vida junto al Muro
2009-11-08•El Ángel Exterminador
Cuando era un niño, mi madre me salvó de la desnutrición de la posguerra, dándome la ración de comida que le correspondía a mi abuelo, quien al poco tiempo murió de inanición. Eran los tiempos en que Berlín estaba en ruinas y los árboles convertidos en leña.
Con la mayoría de los hombres muertos en el frente, y muchos más asesinados la víspera de la caída de Berlín, fueron las mujeres quienes se encargaron de levantar la ciudad, haciendo grandes cadenas para retirar el cascajo y transformar las ruinas en viviendas. Con una paciencia sin medida, las mujeres se organizaron para atender a los niños y enterrar a sus muertos. También se cortaron el cabello y entraron de obreras en las fábricas de reconstrucción.
Mi madre era una comunista con estudios de filosofía, piano y pintura, salía desde muy temprano a trabajar y regresaba hasta la noche. Entonces la veía sentarse frente a la mesa, triste y desencajada, y en medio de un profundo silencio, consumía un té que acompañaba con un pan y media cucharadita de azúcar. Prevalecía, por ese entonces, una pobreza absoluta, pero ella conseguía alimento a través de algunos trueques, como los huevos que nos daba a Frank y a mí, que mezclaba con restos de pan duro puestos a remojar la noche anterior.
Eran tiempos de comer lo que fuera, de salir a la calle a buscar la comida. Incluso, mi hermano Frank y yo íbamos al lado inglés a presentarles a los soldados británicos nuestras proezas de luchadores. Eran llaves que habíamos aprendido en uno de los refugios antibombas, gracias a las enseñanzas de un vecino, que sobrellevaba con nosotros el hastío interminable en aquellos búnkeres.
Debíamos parecerles muy graciosos, porque los soldados nos regalaban latas de comida o galletas, y alguna vez hasta un chocolate que nunca olvidaré. Eran tiempos para emplearse en cualquier actividad. A los norteamericanos les lustrábamos las botas y a cambio nos daban chicles, otros militares nos pagaban con ropa si limpiábamos las letrinas.
Pero la sombra de la guerra seguía presente. Alguna vez, una mina estalló muy cerca de Frank y su playera quedó manchada de sangre. Al revisarlo nos dimos cuenta que la sangre no era de él, sino del otro chico que lo acompañaba. Eran tiempos duros, difíciles, de retornar a casa, hambrientos y heridos y sin nada en las manos.
Pero una noche, cuando nos íbamos acostumbrando a esa manera miserable de sobrevivir, ¡pum!, apareció el muro. Y con el muro se acabó la esperanza de ir con los soldados ingleses para que nos dieran galletas o nos compartieran sus colillas de cigarro. Y se acabó también mi madre, que perdió su trabajo en la fábrica situada del lado inglés.
La luz del sol fue el anuncio de lo que estaba por ocurrir. Nunca más volvió a entrar por las ventanas de la cocina. El muro se alzaba imponente frente a la casa. Pensamos que se trataba sólo de una barda para señalar un puesto de control. Después supimos de la infinitud de ese muro que habían construido por la noche.
Mi abuela se volvió loca y a los cuatro días murió de un infarto cerebral. Mi madre se vistió de negro y dedicó sus horas a un trabajo minucioso y de escasa paga: cosía cofias de enfermera hasta que llegaba la noche, hora en que prendía resignada una lamparita de querosén. Yo le ayudaba planchando esas cofias que le pagaban a tres centavos de un nuevo marco alemán que sólo aceptaban en las tiendas.
Como era natural, con los años mi madre fue perdiendo la vista. Tuvimos la fortuna de que una vecina con contactos la recomendó para trabajar en un orfanato, y allí me llevó, donde me convertí en el hijo de la educadora. Ella se esforzaba en atender a 26 chamacos traumatizados por la guerra. Yo aprendí a traer a raya esos cabroncitos y a defender a las niñas que me trataban bien.
Jamás simpaticé ni me familiaricé con los comunistas que nos encerraron poniendo un muro. Me hice todavía más cabrón y crecí con un coraje contenido. Reñía muchas veces en la calle y hasta me sorprendía que no hubieran descubierto que yo era hijo de un oficial nazi, que se había reintegrado de lo más normal a la vida del lado capitalista.
Ni siquiera imaginaba que los conocimientos que adquirí en la parte comunista, como la carpintería, principios de mecánica, la electrónica y algo de plomería me ayudarían en el futuro para vivir. Debo decir que antes de que se levantara el tenebroso y oscuro muro, Frank se había ido a Hamburgo con un tío. Mi madre y yo pensábamos alcanzarlo en dos años más, cuando ella reuniera suficiente dinero para la mudanza. Ya nunca nos fuimos. Por eso, cuando cayó el muro y pude salir, ya con 53 años, viajé directo a Hamburgo, donde en la actualidad vivo de los desperdicios y los materiales que tira la gente en los contenedores de basura.
Tengo 69 años y los dedos cargados de anillos con símbolos vikingos. Duermo en un taller del barrio de San Pauli. Me gustan los pantalones de cuero y las camisas holgadas. En verano paseo con mi papagayo al hombro. La gente debe pensar que soy un desadaptado, un antisocial, algo así como un outsider. Será porque no tengo mujer, ni hijos ni casa ni bicicleta y mucho menos auto.
Me pago mi seguro de salud. Saco lo necesario para mantener el boiler caliente, y para darle de comer a Fritz, el papagayo que me dejó encargado una novia pasajera que se despidió hace 20 años, y que desde entonces no he vuelto a ver.
No deseo ser esclavo de nadie, ni de un patrón ni de un Estado ni de la ayuda social. Los dejo en paz y que me dejen en paz. No me meto en broncas para que no me pidan identificaciones ni credenciales, y todos los días voy a un cafecito donde me permiten entrar al baño.
En el taller suelo tener pan, queso, sardinas, latas de estofado, y mi cafetera eléctrica. No necesito más para ser libre. Pero un día dejaré de estar aquí, y espero entonces que quienes lean esto no se olviden de mí. Por cierto, mi nombre es Johann, y si algún día se dan una vuelta por Hamburgo, no dejen de ir al barrio de San Pauli, quizá me encuentren caminando con Fritz, uno de los mejores regalos que he recibido en los últimos 20 años.






