El Macrobús: una nueva pelea estúpida
Paso de cebra
Alberto Pérez Martínez
En la medida en que Guadalajara, la ciudad, se ha hecho grande, se ha atiborrado de gentes y de coches. Eso la hace incómoda y complicada. La metrópoli tiene un problema en su sistema de circulación y el médico le recetó un sistema de movilidad multimodal. Sus signos vitales (léase calidad de vida) están permanentemente afectados tanto por una infección automovilística, como por un atroz sistema de transporte público que no sólo es lento, incómodo y grosero, sino que hasta mata transeúntes y bicicletas en suficiente número como para incitar a algún reportero justiciero a elaborar estadísticas.
Allá cuando Ciudades Públicas invitó por primera vez al doctor Enrique Peñalosa, el exalcalde de Bogotá para que les platicara sobre su visión de las ciudades, éste les dijo que había que evaluar su salud en función de la posibilidad que tuvieran de disfrutarla los niños y los adultos mayores. Lo mismo sirve para el transporte público: los camiones de aquí no son para ancianos o infantes (arriba de ellos o abajo). Y en el meollo de la enfermedad está un virus patronal con métodos arcaicos para ordeñar choferes estresados y mal pagados.
Ante eso, el gobierno de Emilio decidió seguir la receta y concebir un sistema de movilidad multimodal y multintegral (no va, pero rima) entre los cuales destaca el Macrobús, que no debe ser la única inyección y que, cuando surta efectos, contemplará muchas ventajas. Si es que algún día surte efectos, porque hasta el momento nadie que no esté en el sistema de salud entiende en qué consiste el tratamiento completo.
El principio de Autoridad
Y eso es precisamente lo que para los pelos de punta: los tropezones que tienen los doctores Emilio y Diego para explicarlo y sacarlo adelante. Sigmund Freud sostenía que la fuente de la autoridad radica en la confianza que los demás le otorgan a quién la ejerce. Suena consistente y lógico. Si hay confianza, el gobierno puede recetar tratamientos que la sociedad siga, por lo menos con el beneficio de la duda. Pero si no hay confianza, o si el propio doctor contribuye a minarla, fomentará la suspicacia y la resistencia. Si los “doctores” no reflejan una visión coherente y consistente con sus objetivos “médicos”, y no comunican tanto su diagnóstico como los resultados de su tratamiento, lo más seguro es que genere ruidos en su “paciente” y eso lo llevará a buscar segundas opiniones (que siempre las habrá).
En el caso de las pastillas del Macrobús, lo incomprensible es que teniendo un montón de buenos argumentos no los sepan transmitir adecuadamente. Aún no es del dominio público (Léase DOMINIO PÚBLICO) en qué consiste el tratamiento completo, es decir, el plan de movilidad, sus tiempos y beneficios. Y no quiero decir que no exista una visión de ello: los “doctores” la conocen, pero la comunidad-paciente (también en el sentido literal), especialmente los usuarios directos, no. Y si la conocen no la comprenden. Los esfuerzos que han hecho ni son bastantes, ni son lo suficientemente claros. Y lo que se hace se cae con ciertos desplantes de las autoridades del hospital, que ponen en duda que lo que se dice sea cierto. De allí que exista un buen caldo de cultivo para el movimiento opositor a la medicina. La estrategia institucional para la difusión, hasta donde entiendo, tiene como uno de los ejes principales haber contratado a San Guillermo Peñalosa, un extraordinario orador, para que cada determinado tiempo venga a predicar sobre las bondades del sistema (espero que no hable sólo del Macrobús)… y eso puede que sea caro, pero no basta.
Y sin embargo, la guerra
Lo grave del caso es que ya el PRI convocó a un referéndum y todo apunta hacia una guerra. Este doctor afirma que se requiere una operación de Tren Ligero. La cosa no pinta para “simposio clínico”, apunta para una guerra de posiciones donde salgan a relucir las religiones (“ideología”) de cada doctor.
Claro que la oportunidad está en que pudiera ser un debate de argumentos; de aclaración de dudas y confusiones; de derrota de las posiciones ideológicas. Habrá que ver si Emilio y Diego desarrollan una inteligente campaña de comunicación (que es distinto a propaganda o difusión). Habrá que ver si el doctor Almaguer y los electos están abiertos al diálogo. De lo contrario va a ser una lucha de vencidas electorales, donde las cosas se pueden ensuciar terriblemente y donde lo de menos será qué es lo que más le conviene a la ciudad (léase, el enfermo).
¿Dónde está la sociedad que ahora debe proteger a su ciudad enferma? Y lo peor: defenderla de sus hijos médicos, enloquecidos por un síndrome de poder ALNL.


