Juanito contra el mundo
Cámara húngara
Hugo García Michel

Foto: Fernando Castillo/Micphotopress
Pocas imágenes tan conmovedoras, pocas escenas tan tiernas, como las de Rafael Acosta, Juanito, al lado de su propia estatua de bronce, mientras la pasea por las calles del Centro Histórico del Distrito Federal y se toma fotos con los transeúntes. Por eso me sorprendió la actitud de un hombre iracundo que apareció en una nota de MILENIO Noticias la noche del jueves pasado y que insultaba con rabia desmedida, aunque desde lejecitos, a Juanito. El sujeto, tal vez sexagenario y quien decía ser “cliente” (¿?) de Jesusa Rodríguez y Gerardo Fernández Noroña, se mostraba furioso contra el delegado con licencia por Iztapalapa, a quien llenaba de improperios y de epítetos más que floridos, al tiempo que presumía su filiación lopezobradorista.
La actitud de ese señor es más que ilustrativa del momento por el cual estamos pasando y de la falta de sentido del humor que muestran algunos sectores. Nadie puede negar que transcurrimos por momentos muy difíciles en lo político y sobre todo en lo económico. Lo sé en carne propia, porque padezco los embates de la crisis y, como millones de mexicanos, vivo prácticamente al día (y a veces ni siquiera eso). Pero bien dicen que el que se enoja pierde y si ante lo negro del panorama mexicano sólo nos quedan por delante la ruta del enojo furibundo y la ruta del humorismo cínico (en el sentido en que Cioran definía al cinismo), yo prefiero tomar esta última.
Sé que hay quienes sueñan con una nueva revolución, sobre todo ahora que se acercan el bicentenario de la guerra de Independencia y el centenario de eso que llamamos la Revolución mexicana. Siento desilusionarlos, pero durante el siglo pasado —ahora sí que aquí y en China—, las revoluciones sólo llevaron a la implantación de gobiernos iguales o peores a los derrocados. Además, ¿quiénes serían los dirigentes de una nueva revolufia? ¿AMLO, su junior, Porfirio Muñoz Ledo, el Noroñas, René Bejarano? Sólo de imaginarlo, me embarga una profunda nostalgia reaccionaria.
Mejor nos esperamos a que acabe el sexenio, ¿no?


