De culto: Michel de Montaigne
La libertad a la orilla del mundo
Poco antes de suicidarse en Brasil, convencido de que no vería “la aurora después de la larga noche” de occidente, Stefan Zweig sintió honda afinidad por un hombre: Michel de Montaigne.
Zweig, el gran ensayista, novelista y biógrafo vienés, tras largos años de exilo en Sudamérica, siguió demostrando su talento y disciplina en la escritura. A pesar de que el equipaje con que contaba era precario, su fino estilo literario continuó recorriendo la historia a su antojo, brincando caprichosamente las fronteras del mundo y del tiempo, produciendo portentosos ensayos.
En la hora más trágica para Europa, Zweig fijó su atención en Montaigne por ser el modelo por excelencia para mantener la libertad individual en tiempos de barbarie, una confirmación de ser uno mismo a pesar de las inercias de fanatismo y destrucción.
El bello texto de Zweig sobre Montaigne no es un estudio de rigor filológico, de hecho quedó inconcluso, más bien es un acercamiento íntimo al caro inventor del género ensayístico, que muestra elegantemente los paralelismos y convergencias entre las dos naturalezas que tanto han aportado a la humanidad.
Más allá del espíritu crítico y escéptico que manifestó Montaigne, Zweig lo sitúa como un genio, un escritor solar que presenció la desquiciada historia de su país, no obstante protegió con coraje su libertad intelectual.
Montaigne creció con una profunda formación clásica que su padre pensó cuidadosamente asesorado por filósofos. Ante la vida exterior se convirtió en noble, burgomaestre de Burdeos, consejero de reyes, hombre católico. Es decir, tuvo una vida que cumplía con sus obligaciones en aparente normalidad. Sin embargo, “trabajaba a la orilla del mundo” la tarea más compleja para cualquier hombre: ser libre.
Encerrado durante años en la torre de su castillo forjó un inmortal universo de opiniones sobre los temas fundamentales del hombre. Por otra parte, su condición aristocrática le permitió viajar, aprender lenguas, enterarse de los hechos más importantes de su época.
Stefan Zweig se asumió hermano y amigo de Montaigne. Los dos nacieron en medio de efervescencias artísticas y cúspides culturales. El mundo de Montaigne provenía del Renacimiento, el invento de la imprenta y la Reforma: momentos estelares de la humanidad. El mundo de Zweig emergió de un segundo renacimiento cultural de Europa, formado por una generación de genios que transformaron intelectual y artísticamente el siglo XX. Lejos de disfrutar un mundo mejor, ambos fueron testigos de la recaída del humanismo en la bestialidad. La noche de San Bartolomé en 1527, producto de las guerras de religión, fue tan deplorable como el holocausto y el exilio.
Precisamente a partir del ambiente histórico y político que vivió Montaigne, cobra más fuerza su legado. Dice Zweig: “pocas personas de este mundo han luchado con más honradez y encono por mantener puro e imperturbable su yo más íntimo”.
Tanto de Montaigne como de Zweig se debería encomiar que en tiempos tan inhumanos han fortalecido el elemento humano que hay en nosotros, aumentando de alguna manera, la libertad en la tierra.


