Narrativa
El dibujante de sombras
Encontrar la imagen de mi corazón
en las sombras o aquí.
Hölderlin
No hay nada más intrincado que el corazón de un hombre. Esta convicción ha llevado a varios pensadores a comparar el corazón humano con un laberinto.
Todo mundo sabe que los laberintos han existido desde la antigüedad más remota. Ahí está, por ejemplo, el famoso laberinto de Creta donde vivió el Minotauro. Muchos creen que la bestia de rasgos humanos se hallaba ahí aprisionada en contra de su voluntad. Nada más erróneo: según el más avezado de sus cronistas, el laberinto poseía, entre otras maravillas, jardines y hermosas áreas dedicadas al disfrute de los sentidos pues su inventor sabía un secreto clave en la construcción de laberintos:
No hay laberinto más perfecto que aquel del que no se desea salir.
Esto llegó a conocerlo demasiado bien nuestro personaje, un dibujante que vivió a la sombra de un sabio de su época: el pastor suizo Johann Kaspar Lavater. Lavater es un nombre casi desconocido en nuestros días, pero hubo un tiempo, a fines del siglo XVIII, en que los visitantes de Zürich hacían una parada obligatoria en la casa del reverendo. De todos los rincones de Europa llegaban forasteros para solicitarle una cartilla fisiognómica y un retrato de sombras realizado por su ayudante.
No lo sabían a ciencia cierta, pero intentaban encontrar una luz en el oscuro laberinto de sus propios corazones.
• • •
Se trataba literalmente de otro universo. No existían ni la fotografía ni el cine. El mundo aún se medía con los propios pasos. Fines de siglo XVIII, también llamado Siglo de las Luces, por más que su impronta fueran los claroscuros y los contrastes.
Por esos lejanos días, el capitán James Cook descubría el archipiélago de Hawai y era venerado por los aborígenes como un dios; Joseph Guillotin acababa de obtener su título de médico pero aún no se apiadaba de los condenados a muerte con ese artefacto revolucionario que perpetuó aciagamente su memoria: la guillotina; y el todavía joven poeta Goethe se enamoraba de Madame de Steine con sólo contemplar su imagen perfilada en una sombra chinesca.
“Sería un maravilloso espectáculo ver cómo se refleja el mundo en esta alma”, había revelado el autor de Las cuitas del joven Werther a su reciente amigo Kaspar Lavater con el retrato de sombras entre sus manos.
El retrato había sido elaborado por Giotto, no el famoso pintor medieval, sino un dibujante de sombras originario de Winterthur, a quien el pastor de Zürich había recogido de niño y dado el nombre del pintor italiano.
Giotto, el otro Giotto. El desconocido Giotto de Winterthur.
• • •
Lo del nombre de Giotto sucedió así, cuando todavía Lavater no imaginaba convertirse en amigo personal de Goethe, ni soñaba con escribir Physiognomische Fragmente zur Beförderung der Menschenerkenntnis und Menschenliebe, un tratado de fisiognomía destinado, por lo menos en el título, a conocer al hombre y a promover el amor a la humanidad, obra que le atraería admiradores y enemigos por igual.
En ese entonces, regresaba a caballo de la vecina aldea de Winterthur, adonde habían requerido sus recién estrenados oficios cristianos ante la muerte inesperada del pastor del lugar. Con precisión, no recordaba si había ido a oficiar una boda o a dar la extremaunción a un moribundo, pero lo cierto fue que en uno de aquellos viajes frecuentes mientras nombraban un sucesor, Johann Kaspar tuvo que parar con el herrero: su caballo renqueaba y él necesitaba estar de regreso en Zürich esa misma noche. Obligado a esperar mientras maese Gerolamus se hacía cargo de su potrenco, Kaspar declinó el tarro de cerveza tibia que le ofreciera la mujer del herrero y se dispuso a merodear.
Muy cerca, frente a un cobertizo que servía de depósito de carbón, un grupo de niños atrajo su interés. Al parecer habían estado jugando a esconderse entre las montañas del negro material, a juzgar por lo renegrido de sus vestidos y el hollín que cubría sus rostros. Pero ahora los chicos hacían fila como si esperaran su turno para acercarse a otro que, de rodillas frente a un conjunto de piedras y de espaldas al resto, parecía concentrado en un juego propio.
—Son los huérfanos del carbonero Lüdi. Tenga cuidado, pastor, que lo pueden ensuciar— dijo el maese herrero al verlo dirigirse hacia ellos.
Lavater no le prestó oídos, interesado como estaba en ver lo que hacía aquel niño. Impuso un dedo de silencio hacia los otros que comenzaban a reír y secretearse, y cuando consiguió que se callaran, asomó la cabeza por encima del hombro del chico arrodillado, que no se había percatado de su presencia por estar embebido en su labor.
Lo que vio Johann Kaspar más allá de esa cabecita poblada de enredados rizos oscuros en una melena que bien podía ser la de una niña, fue algo que cambiaría el curso de sus días. Por supuesto, esto sólo lo sabría el pastor años después. Cuando contemplara su vida como un cuadro, una alegoría de luces y sombras. Y si se atrevía a asomar su afilada nariz en la gruta de su alma, sobre todo, contemplaría una pintura de sombras.
Mientras tanto, el pastor miró las manos del niño y las piedras con que jugaba y quedó maravillado.
• • •
Con un afilado pedazo de carbón en la mano izquierda, el pequeño pintaba. Sobre la superficie de las piedras. Retratos.
Eran imágenes toscas por los materiales pero extraordinarias por la mano de Dios que así se manifestaba en la diestra de este carbonero —“siniestra” tuvo que corregirse el reverendo pero ya corregiría él al muchacho que era zurdo—. Y de inmediato recordó al pintor Cimabue cuando, según la leyenda, descubrió al pequeño Giotto pintando sobre las piedras del camino, mientras su padre pastoreaba ovejas. Aquel joven Giotto dibujaba precisamente ovejas. Tan naturales que casi se podían tocar los rizos de lana que las cubrían, y tan verdaderas a pesar de la corta edad del ejecutante, con una maestría sólo comprensible por la bondad infinita del Señor que de manera inescrutable prodigaba sus dones. Y Cimabue no había tenido más remedio que llevárselo a su taller en Florencia para enseñarle los secretos de su arte pero, sobre todo, para aprender de él.
Lavater no cabía en sí por el prodigio recién descubierto. Su alma impresionable lo había llevado a detectar desde muy temprana edad otros sutiles milagros que el Señor ponía como señales en su camino.
—Mi pequeño Giotto... —exclamó conmovido el pastor e intentó atraer a sus brazos al niño.
“¡Giotto!”, “¡Giotto!”, “¡Giotto!”, se escuchó en cantinela la burla de los otros chicos.
El aludido se levantó de un salto y echó a correr al interior del cobertizo. Lavater alcanzó a ver su rostro renegrido como el de sus hermanos, su mirada de animalillo acorralado e inocente. “Un diamante oscuro que habrá que pulir”, se dijo mientras observaba de nueva cuenta las piedras pintadas. Le sorprendió ver en una de ellas un rostro que no reconocía entre los presentes que habían terminado por seguir al hermano con su algarabía. Se quedó contemplando la piedra unos instantes. Estaba seguro que el rostro ahí plasmado le recordaba a alguien.
Era un rostro de una fragilidad tentadora.
Un ser de facciones tan delicadas como las de un ángel femenino que no obstante revelaban el alma fiera de un mozalbete altivo. ¿Quién podía ser esa criatura tan celestial e intimidante?
La piedra cabía en su puño. Decidió guardarla en un pañuelo y llevarla también con él.


