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In memoriam

La gran aventura del espíritu

Como si fuera un cuento, la autora nos habla de la vida del antropólogo francés muerto el 30 de octubre, de su incurable curiosidad, de su amor por la palabra, de sus innumerables dones
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  • 2009-11-07•Ensayo

Foto: Pascal Pavani / AFP

Érase una vez un jovencito que no sabía muy bien qué hacer con su vida. Criado en una familia donde el arte era un verdadero objeto de culto, hijo de un pintor retratista, era dueño de todos los dones. Pudo convertirse en fotógrafo, como lo prueban las admirables placas que tomó durante sus expediciones, reunidas en su mayor parte en Saudades do Brasil (Editorial Omnibus, 1994). Pudo convertirse en escenógrafo, toda vez que diseñó el decorado para una ópera compuesta por su amigo René Leibowitz, empresa que terminaría inconclusa. Autor de un Cinna que afirmaba haber extraviado pero donde relata la intriga detallada al final de Tristes trópicos, pudo ser también un autor teatral. Instruido en solfeo, capaz de escribir un deslumbrante comentario sobre el Bolero de Ravel, recopiló entre los Nambikwara y los Tupi-Kawahib músicas transcritas por el compositor Betsy Jolas… que después se le perdieron en un taxi a un editor a quien jamás perdonó. Habiendo comenzado desde la infancia con pequeñas colecciones, se volvió un coleccionista avezado durante su exilio neoyorquino y esa fue una pasión que nunca perdió. Ante todo, artista.

Atento a la observación de la naturaleza, le gustaba mirar un paisaje rocoso para fijarse en las grietas —verdaderas centinelas del paso de los siglos—. Aquel joven indeciso siguió los consejos de André Cresson, célebre autor de manuales, su profesor de filosofía en la Normal Superior, y terminó la carrera de derecho. Y de filosofía, pero sin apasionarse: la filosofía universitaria de aquel entonces consistía en mirarse el ombligo mientras jugabas a saltar el burro. Sin embargo, en su escuela Mont-de-Marsan fue un agregado feliz, pero, asignado en Laon al año siguiente, se vio condenado a la repetición y protestó: ¡nunca más filosofía!

¿Qué hacer? Cuando lee la versión original de La sociedad primitiva, del estadunidense Robert H. Lowie, le llega una revelación. Se convertirá en etnógrafo. ¿Cómo? Misterio. En esas estaba cuando le proponen ir a enseñar sociología en Sao Paulo. Aprovechó entonces para estudiar la vida de los indígenas en los suburbios. De este modo, en 1934, comenzó en la vida de Claude Lévi-Strauss la gran aventura del espíritu.

Para un estudiante de los años 30 tenía ideas avanzadas que se afincaban en la geología. De acuerdo a su lectura de Freud, y puesto que el vienés se concebía a sí mismo como un arqueólogo, Lévi-Strauss se percata de que el psicoanálisis exploraba las ruinas de un paisaje psíquico incomprensible en primera instancia. Y Marx, a quien leyó a los 17 años, construía modelos sociales que era menester confrontar con la realidad. Geología, psicoanálisis, marxismo, “las tres disciplinas demuestran que comprender consiste en reducir un tipo de realidad a otro; que la realidad más veraz nunca es la más visible; y que la naturaleza de lo verdadero se transluce ya en el esmero que intenta ocultar”, escribe Lévi-Strauss en Tristes trópicos.

La gran aventura del espíritu comienza a finales de los años 30 con la observación de los grupos amerindios en el Mato Grosso y en la Amazonia. Son los Caduveo, los Bororo, los Nambikwara, la Tupi-Kawahib: pasada la sorpresa de la primera impresión, el etnólogo los ve sujetos a estructuras sociales inconscientes, expresadas en sus formas de parentesco. En 1949, Las estructuras elementales del parentesco —su tesis de Estado— recurre a la complicidad del matemático André Weil para descifrar el orden de las alianzas familiares por medio de la teoría de conjuntos, introduciendo la idea de que un modelo lógico-matemático permite comprender lo social. Concebido de esta forma, todo parentesco aparece como un sistema de intercambio de mujeres y de bienes materiales, en el que Lévi-Strauss percibía en la época la separación entre cultura y naturaleza. Pero si en este estudio, que más tarde fue objeto de tantas polémicas, el espíritu sienta las bases de modelos a partir de una realidad muy compleja, lo sensible regresa al fin de la obra. ¡Y con qué lirismo!, pues a diferencia de los bienes materiales, las mujeres hablan; y este intercambio de signos —pasión, misterio, afecto— sí, eso cambia todo. “Hasta nuestros días, la humanidad ha soñado con aprehender ese instante fugitivo donde le fue permitido creer que podía usar con astucia la ley de intercambio, ganar sin perder, disfrutar sin compartir”, dice Lévi-Strauss en Las estructuras elementales del parentesco. Línea de fuga de un paraíso imposible de encontrar.

Al usar las matemáticas, Lévi-Strauss realizó un llamado a las ciencias jamás desairado después. Ya en 1949, al trabajar sobre un caso de magia entre los Zuni de Nuevo México, los Kwakiutl de la región de Vancouver y los Cuna de Panamá, analiza el extraño poder de las palabras sobre el cuerpo, que Freud convirtió en la base del psicoanálisis. Eso curaba, por supuesto y, claro está, eso también mata. Así funciona la eficacia simbólica. Como puede apreciarse también en los campos de batalla o bajo los efectos de las bombas, el miedo a los efectos del vudú altera el sistema simpático, disminuye el volumen sanguíneo, debilita la tensión arterial y puede ocasionar la muerte. A la manera de un Freud que nunca hubiera renegado de sus primeras concepciones psico-fisiológicas, Lévi-Straus no suelta jamás el hilo que une el espíritu al cuerpo. Desde 1949, confiando en las investigaciones suecas que identifican el papel de los polinucleótidos en las células nerviosas, presenta el sustrato bioquímico de la cura mediante el habla, trátese de psicoanálisis o de chamanismo. Y construye su teoría.

Durante la cura, las palabras de los mitos y la palabra del psicoanálisis inducen una transformación orgánica que reorganiza la estructura del espíritu para adaptarla a la perturbación que provoca el desorden. “La eficacia simbólica —escribe Lévi-Strauss en Antropología estructural I. Magia y religión. La eficacia simbólica— consistirá precisamente en esta ‘propiedad de inducción’ que poseen, unas en relación a otras, las estructuras formalmente homólogas que pueden edificarse, con materiales diferentes, en las diferentes etapas de lo vivo: proceso orgánico, psiquismo inconsciente, pensamiento reflexivo”. Y concluye acerca de la fuerza de la metáfora poética con palabras increíbles: “Nosotros constatamos, de este modo, el valor de la intuición de Rimbaud cuando dice que [la metáfora] puede servir para cambiar al mundo”. En 1971, en Raza y cultura, su segunda conferencia contra el racismo sostenida a solicitud de la UNESCO, Lévi-Strauss utiliza la genética de los pueblos para demostrar, con el ejemplo de las inmunidades cruzadas entre la malaria y la sicklemia en África, que, a largo plazo, la cultura puede modificar el patrón genético de un grupo humano. El espíritu del hombre puede todo, incluso eso. Pero su eficacia se inscribe en una totalidad.

“Acaso descubramos un día que la misma lógica opera en el pensamiento mítico y en el pensamiento científico” escribe Lévi-Strauss en 1955. Siete años más tarde, con El pensamiento salvaje, franquea el paso: sí, la misma lógica actúa en todo pensamiento, ya sea “salvaje”, revestido de magia y mito, o bien “civilizado”, utilizando la ciencia y sus aplicaciones. Presente en Occidente con el trabajo manual, el pensamiento salvaje está en todo. El inmenso trabajo de las Mitológicas ya está en camino, repartido en cuatro volúmenes desde 1964 hasta 1971: Lo crudo y lo cocido, De la miel a las cenizas, El origen de las maneras de mesa, El hombre desnudo. Tomando como punto de partida un mito bororo, que relata la historia de un hijo incestuoso castigado por su padre y resucitado en un demiurgo heroico para vengarse, Lévi-Strauss recorre ochocientos trece relatos de mitos, de los cuales algunos son japoneses (una pequeña excursión). De esta manera despliega la aventura del hombre amerindio con los animales, los árboles y los dioses a partir de un simple gesto universal: prender el fuego.

Érase una vez un jovencito admirable que estudió filosofía a falta de otra opción al no saber qué hacer con su vida. La Historia tomaría otra decisión. El etnólogo que en toda su obra rechazó la filosofía fue sin duda el mejor filósofo de su tiempo; aquél que, al no tener obstáculos para su curiosidad, reflexionó sobre la cestería, un cuadro de Nicolas Poussin, un collar de Clouet, el intercambio de botellas de vino en los pequeños bistrós del suroeste de Francia en los años 1930, el mito de Cendrillon y el mito de Edipo; sobre Japón, las óperas de Richard Wagner, la obra de Chrétien de Troyes y el canibalismo, el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau y el uso de la sonaja, en fin, una no acabaría nunca. Su obra no deja lecciones, es cierto. Salvo una. La lección de un pensamiento destinado a jamás abandonar la aventura del espíritu.

Tomado de Mágazine Littéraire on line
Traducción de Héctor Orestes Aguilar

Catherine Clément