¿Libertad de expresión?
Doble o nada
Francisco Garduño
México es un país de contrastes en el que sin mayor problema se puede pasar de lo sublime a lo ridículo.
Aquí pueden pasar las cosas más inverosímiles y la población puede, sin duda, ser víctima de toda clase de histerias colectivas.
En México se ha convertido, no sólo en un ejercicio fácil, sino hasta aplaudible en algunos sectores, el culpar de todos los males a los medios de comunicación.
Esta sana costumbre inició con el tristemente célebre ex presidente Vicente Fox, quien hizo del linchamiento a los medios críticos una estrategia que a la larga le rindió tan buenos dividendos, que lo llevó a la Presidencia de la República.
Durante todo su sexenio, Fox mantuvo esta línea y tan bien le funcionó que hasta sus enemigos acérrimos la hicieron propia.
No hay más que ver a Andrés Manuel López Obrador, quien, aprovechando esa maravillosa idiosincrasia nacional, de apapachar a las supuestas víctimas y de apoyar siempre a los débiles, se ha cansado de atacar a los medios por no ir en la misma línea que él, por manejar puntos de vista distintos a los suyos y por señalar cosas que son absolutamente divergentes con el sentido de su discurso. Por hacer eso todos somos “parte de la mafia”.
Tan exitosa es la estrategia de los mártires, víctimas del “demoniaco periodismo infame”, que ya cualquiera puede utilizar el discurso ramplón y simplista, acusatorio y jodido, de que los medios son culpables de todos los males, que hasta un personaje como Martín Esparza azuza a sus huestes contra los medios que se atreven a publicar sus maquinaciones para enriquecerse a costa de los pobres trabajadores, ajenos a las grillas personales de su líder, a quien de muy buena fe apoyan, bajo la falsa premisa de que está velando por el bien común.
Para aquellos que nos dedicamos a la labor periodística es no sólo insultante, sino de pena ajena, que un grupo de sujetos, aleccionados, sea capaz de bloquear las instalaciones de un medio de comunicación y, además, intente, sin argumentos sólidos y con una estereotipada verborrea, ir del insulto barbaján a la crispación y las críticas insustanciales y maniqueístas.
Lamento informarle a todos aquellos que se rasgan las vestiduras y que van gimiendo y gritando por la objetividad periodística que esa quimera no existe, que todo es subjetivo y que así como las viudas de la objetividad responden a intereses muy poco claros para la gente que usan como carne de cañón, en la mayor parte del mundo los medios son entes privados y por tanto empresas independientes y ajenas a los intereses del Estado, sindicatos u organismos de otra naturaleza.
El problema es cuando en el circuito normal de la comunicación una de las partes rompe el pacto y, basada en mesianismos absurdos y anacrónicos, agrede y es capaz de amenazar el principio básico de libertad de expresión. Señores, eso sí es antidemocracia.
Blanquita Valadez, comparto tu pena y te mando un abrazo solidario.


