Extravío decadente
Joel Ortega
En el río revuelto todo puede pasar. Nadie supondría que en los corrillos de las cúpulas empresariales (los Concamines y Concanacos que denunciaba Valentín Campa, con su peculiar acento) están, también, “hasta la madre” del gobierno de Calderón.
Seguramente la tormenta pasará y todo se quedará en un insólito aspaviento al típico estilo echeverrista. De todas maneras es significativo ese descontento empresarial ante las sistemáticas políticas extraviadas del gobierno.
Lo que resulta paradójico es el rechazo simultáneo en el otro espectro social.
La desaparición de la compañía mexicana de Luz y Fuerza del Centro y el verdadero objetivo gubernamental: el exterminio del SME, han generado un abigarrado movimiento.
Tras muchos años de desconcierto, el movimiento estudiantil vive intensos días de agitación. Hay señales interesantes en esas movilizaciones. No sólo se han limitado a solidarizarse con los trabajadores electricistas, lo que es en sí mismo muy significativo, sino que surgen movimientos específicos demandando cuestiones muy precisas del ámbito universitario.
Hace unas semanas, los estudiantes de posgrado consiguieron frenar la reducción del monto de las becas del Conacyt. Lo lograron mediante varias movilizaciones y dieron un salto hacia la conquista de pequeñas victorias, lo que puede ayudar a trazar una ruta diferente a la tradicional política derrotista que sólo ha paralizado al movimiento, por más estridente que sean los discursos.
Sin considerar que se oponen las actividades solidarias hacia fuera de la Universidad, hay luchas como las que se están dando hace varias semanas en la Facultad de Economía.
Se trata de un movimiento que busca la creación de grupos para inscribir a rechazados con el pretexto de falta de capacidad en las instalaciones y en la planta docente. Ambas falacias de las autoridades han sido refutadas por los estudiantes.
Aunque estas movilizaciones son incipientes y en el caso de las que se desarrollan en torno a la solidaridad con el SME hay personajes abominables y propuestas que han mostrado sus limitaciones, como los llamados paros cívicos, contrastan positivamente con la decadencia de la partidocracia y todas las instituciones del Estado.
La lentitud, torpeza y distorsión de planteamientos que tuvieron su momento, hoy aparecen como caricaturas de pésimo gusto.
La decadencia y el extravío de la clase política y el resto de los poderes fácticos nos tienen al borde del abismo. Urge una respuesta social.


