La clase dirigente
Acentos
Juan Gabriel Valencia
Hay negaciones políticas comprensibles en el plano discursivo. Otras son inadmisibles en el nivel de la política real.
Si el presidente Calderón se lanzó como el presidente del empleo y ahora publicite un crecimiento económico de 2.7% en el último trimestre, a pesar de 700 mil desempleados en lo que va del año, se puede entender. Se han cansado de repetir a la ciudad y al mundo que no fue culpa suya: el narcotráfico, la crisis agroalimentaria, la recesión mundial, la influenza, etcétera, etcétera. Son víctimas de la historia, no responsables de ella. Valga una observación, sólo marginal: tuvieron nueve años los panistas para hacer los cambios estructurales que les permitieran ser responsables de la historia, no víctimas de ella. Pero eso es la hipocresía y la irrealidad consustancial de casi todos los azules, en el Partido de Acción Nacional.
Grave es lo otro. Un mínimo análisis de la situación política, de sus cambios, de la construcción de una clase dirigente —incluidos opositores, en una democracia—, para hacer viable una nación, con mayor o menor creación de empleos. El panismo, a través de nueve años, ha fracasado, porque además de no entender economía más allá de recetas simplonas, no entienden ni la complejidad ni la fluidez de la política.
Para qué hacer memoria del camello gubernamental que en términos de nombres y apellidos construyó Vicente Fox. De 2006 a la fecha es error tras error, no mala suerte. Además de los shocks internos, el punto de partida de las alianzas de este sexenio fue equivocado, por error intelectual, por ingenuidad o por venalidad.
La coalición que desde el grupo de transición comenzó a formar el equipo de Felipe Calderón tenía dos vertientes: además de los de su propio partido, en la vertiente opuesta se echó en brazos de la tercera fuerza, alineada en ese momento con Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa, porque el presidente del PRI estaba muerto en vida. Aceptaron el chantaje desmedido de esa tercera fuerza a cambio de no obtener ninguna ganancia significativa. En el camino, en 2008, el Presidente de la República intentó un ajuste en el gabinete que relanzara a su grupo, que resulta en un grupo de inútiles y en un muerto, quien se había equivocado dos años y medio con respecto a quienes deberían ser los interlocutores.
Todavía en el arranque de la negociación del reciente paquete económico se vuelven a equivocar. No tienen ni el apoyo de los suyos. Basta ver las votaciones en el Senado panista. Se equivocan de nuevo respecto de quienes son las fuerzas emergentes y al día de hoy dominantes en el PRI. Subestimaron a la dirigencia nacional de ese partido; rechazaron a los gobernadores del PRI, no por adversarios, sino por enemigos, por virreyes, por ojetes. En política hay que tragar sapos y el sapo económico de la viabilidad del país valía la pena.
Un secretario de Gobernación que ante la inoperancia del resto completo del gabinete es el pararrayos de la actitud delincuencial de Mauricio Fernández, —alcalde panista de San Pedro Garza—, de la improvisación de la extinción del SME, de la negociación de la miscelánea fiscal, de la relación con los partidos y con los gobernadores, de todo. Un secretario de Gobernación utilizado vilmente como fusible, con un Presidente que un día sataniza sin matices a todo el empresariado mexicano y al día siguiente se desdice y deja chiflando en la loma a su secretario de Hacienda.
En tres años, la situación política ha cambiado con nombres y apellidos. Beltrones no es como lo pintan. Gamboa está fuera temporalmente de la escena. Fuera de Gómez Mont, el gabinete no existe. Creel, García Cervantes, Camarillo y compañía hacen en la fracción senatorial panista lo que les da la gana y están en la candidatura de 2011. César Nava le pide disculpas a los priistas por sus declaraciones después de lo que le dijeron. A pesar de la rectificación con los empresarios, no son tontos: el Presidente de la República es volátil e inestable.
Para esta y para cualquier generación, aunque no sea así para la historia, tres años es un mundo de tiempo. Felipe Calderón en junio de 2004 leyó espléndidamente la realidad política del país para entender cómo enfrentaría a Fox, a Creel, a López Obrador y al PRI en las elecciones de 2006. No sería mucho pedir que se tome un fin de semana a solas, alejado de su grupito gubernamental disfuncional, para pensar con quién gobernará los próximos tres años, incluidos qué adversarios. Pero pronto.


