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¿Hacia donde va la educación en México?

María Doris Hernández Ochoa

María Doris Hernández Ochoa

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  • 2009-11-07•Política

La visión de la educación en nuestro país es la de proporcionar recetas para aprender algo útil que facilite la vida. Nuestras instituciones educativas que expresan nuestra época, se dedican a subyugar la vida bajo la presión del saber absoluto... vivimos en la cara del conocimiento. Están empeñadas en servir a la vida productiva y se han alejado de la vida misma, lo que implica la relación vital entre percepción, movimiento y entendimiento. Esto se ha perdido.

La educación se entiende hoy en día, según Cristina Cárdenas Castillo (Xipte-totec No. 70) “En las coordenadas de un empirismo que evita por todos los medios posibles la reflexión”. Este ha sido el medio de evitar que se le acuse de anacronismo y de oscurentismo.

El llamado a la modernización y de la globalización ha sido el detonante de una espectacular carrera política en la que todos los involucrados saben que las acciones no lograrán re-encauzar las aguas del río revuelto en que se ha convertido la enseñanza, pero todos a fin de cuentas, optan por cumplir, por no bajarse del tren que antaño arrancó pensando en llegar al progreso.

Son cómplices los estados y las secretarías de educación y sus funcionarios al pretender conscientemente el mantenimiento de la ingenjuidad de los otros que creen en los beneficios de la educación.

Lo importante es cubrir la fachada del trabajo, del esfuerzo y de la actividad. Así, precipitadamente se firman acuerdos de modernización educativa, se rediseñan planes de estudio, se echan a andar carreras magisteriales y los semestres se convierten en cuatrimestres.

La principal arma moderna para demostrar eficacia son la planificación y las cifras; la primera pretende demostrar que nada se deja al azar, que las actividades tienen una razón racional, poco importa que estén divorciadas de la realidad en múltiples sentidos. De cualquier forma todos los involucrados en el sistema harán su parte en el simulacro.

En cuanto a las cifras, luz de la objetividad, son a la vez el verdugo y el cómplice de la autojustificación. Crecen así los porcentajes de alfabetizados, de alumnos que terminaron la primaria, la secundaria y las licenciaturas... se incrementa el número de posgrados, las certificaciones, las eficiencias terminales son cada vez más satisfactorias.

Y todos sabemos lo que esto implica: cada vez más simulación, cada vez más desperdicio de potencialidades humanas. La educación superior se disfraza precipitadamente de habilidades y de competencias a través de lemas publicitarios y abigarrados grupos para la fotografía de alumnos graduados; queda plenamente expuesto el resorte profundo de los esfuerzos de modernización de la enseñanza, la programación para la vida productiva, la calificación de excelencia para la fuerza de trabajo.

Pero ha quedado completamente razagada la educación de las conciencias porque es demasiado peligrosa; ésta no resolvería problemas -eje del pragmatismo imperante- al contrario, los crearía. El conocimiento que interesa a nuestra sociedad es el que se encuentra en el dominio de la técnica y de la naturaleza, pero todo ello creará a la postre, un vacío existencial.

Un alto funcionario del sistema ITESM realizó una encuesta entre cientos de egresados ya en el desempeño profesional, preguntándoles que si eran o se sentían felices... la respuesta mayoritaria fue negativa. ¿Cómo se sentirán los egresados de otras instituciones educativas superiores?