La intolerancia de la ciencia
La ciencia por gusto
Martín Bonfil Olivera
Hace un mes critiqué el fraude que cometen quienes prometen la cura a prácticamente cualquier enfermedad mediante una máquina llamada SCIO.
Como ocurre siempre que se ataca a seudociencias y charlatanerías, recibí algunos correos de felicitación y otros (no muchos, por suerte) que me acusaban de dogmático, intolerante y de descalificar “otras” formas de racionalidad.
Es común que se acuse de intolerante tanto a la ciencia misma como a quienes nos dedicamos a practicarla, comunicarla o promoverla. Pero hay que recordar que la ciencia se dedica a estudiar la naturaleza, a producir conocimiento que nos permita entenderla y quizá predecirla. Cuando se habla de la intolerancia de la ciencia, normalmente lo que se cuestiona es su negativa a reconocer como científicas disciplinas como la astrología, el estudio de fenómenos paranormales, las terapias milagrosas basadas en principios que “van más allá de la ciencia” o las teorías de complot.
Esta exclusión se debe en parte a que los métodos de estas disciplinas no resultan lo suficientemente rigurosos, o sus datos no parecen confiables (si es que no son, de plano, engaños burdos). A veces lo que no es aceptable son sus objetos de estudio, pues la ciencia sólo estudia fenómenos naturales, no sobrenaturales.
En ciencia para que una afirmación sea aceptada tiene que pasar un complejo proceso de evaluación entre colegas que involucra la revisión de los datos y los métodos, y la discusión de los resultados.
Sin embargo, nada hace más feliz a un verdadero científico que descubrir que algo que se sabía es incorrecto. Encontrar errores e inconsistencias en las teorías científicas obliga a los investigadores a encontrar explicaciones aun mejores. Es la fuerza que impulsa el avance de la ciencia.
Pero para que el proceso funcione, tiene que estar sometido a un rigurosísimo control de calidad. La primera obligación de un científico es no engañarse a sí mismo. La ciencia tiene un compromiso irrenunciable con la realidad. Si a veces eso suena como intolerancia, se trata no de un problema del método de la ciencia, sino de las disciplinas que intentan hacerse pasar como ciencia… sin serlo.


