Escolios

La vida secreta del dolor

Las formas de asimilación del dolor son múltiples y dependen de historias personales.
  • 2009-10-31•Antesala

Foto: SSH Photos

Dice David Morris que el filósofo Emmanuel Kant enfrentaba sus agudos ataques de gota con una intensa concentración en algún objeto intelectual (Cicerón, por ejemplo), y era tal su capacidad de abstracción que poco después pensaba que sólo había imaginado sus dolencias. Por su parte, entre otros recursos de resistencia, el sobreviviente del nazismo Víctor Frankl vencía el malestar, agotamiento y desánimo de su cautiverio en Auswitchz, imaginando aprovechar su experiencia para futuras conferencias donde explicaría la psicología de los campos de concentración. Las formas de asimilación del dolor son múltiples y dependen de historias personales y contextos sociales. De modo que, en las enfermedades, las torturas, las deformaciones o los accidentes que laceran el cuerpo, los hechos clínicos se conjuntan con los temperamentos y las construcciones culturales para dar origen a una experiencia mixta. En su obra ya clásica, La cultura del dolor (Andrés Bello, 1994), David Morris hace un recuento de las más diversas manifestaciones y usos del dolor y recupera la voz del arte y la literatura dentro de la experiencia del dolor, como un complemento al monólogo médico. Al igual que lo han hecho autoras como Elaine Scarry o Susan Sontag, Morris busca extraer la experiencia del dolor del ámbito meramente médico, restituirle su riqueza íntima y contribuir a una nueva aprehensión social de este fenómeno.

Para Morris, el predominio de la visión médica y científica desde finales del siglo XIX, implica un avance indudable, pero también acarrea una des-significación del dolor, que lo reduce a un impulso nervioso de origen físico, sobre el que simplemente deben prescribirse determinados medicamentos y tratamientos. Para Morris, esta visión médica tiende a separar el sufrimiento físico del mental y mutila la experiencia del dolor de las múltiples significaciones sociales que adopta. Por un lado, dice, el dolor físico y mental no están separados: la sensación es emoción y la dolencia y la enfermedad tienen un significado cultural y vienen cargados de mortificaciones o reconocimientos, formas de inclusión o exclusión social. (No genera la misma sensación y percepción ante los otros la herida de un héroe de guerra, el suplicio de un enfermo de sida o el drama de una mujer desfigurada.) Por otro lado, el dolor a lo largo del tiempo ha jugado un papel paradigmático (desde las formas más retrógradas hasta las más edificantes) como modalidad de expiación, aprendizaje o elevación y la historia de sus concepciones y representaciones constituye parte del acervo de imaginación e interpretación más rico de la humanidad. Para Morris, el conocimiento del dolor, más allá de la opacidad de la clerecía médica, brinda recursos para transformarlo: la representación y la interpretación crítica del dolor ayudan a matizar y reformular el impacto inevitable que el tiempo, la enfermedad o el accidente producen sobre un hato de cuerpos desorientados y vulnerables.

Armando González Torres • agonzale79@yahoo.com.mx