Reseña
Laforet y la nada
Ha sido una buena temporada para Carmen Laforet (1921-2004), escritora española perteneciente a la infrecuentada nebulosa de la literatura en tiempos del general Franco. Hace un año, su primera y mitificada novela, Nada —ganadora del primer premio Nadal en 1944—, ingresaba por la puerta grande al mercado norteamericano: traducción al inglés de Edith Grossman (la misma de García Márquez y Fuentes); prólogo (o “foreword”) de Mario Vargas Llosa, y publicación por la editorial Random House en su colección Modern Library. Back home en España, la editorial Destino recurrió en 2009 a las efemérides —cinco años de la muerte de la escritora y 65 de la publicación de Nada y de esa primera convocatoria del premio Nadal, el más antiguo de España— para lanzar dos nuevos libros de y sobre la señora Laforet: una reedición mejorada de Nada; y una memoria confesional escrita por su hija, Cristina Cerezales, Música blanca, donde se da cuenta, entre otras intimidades, del alzheimer que carcomió la mente de nuestra autora.
Carmen Laforet tenía 23 años cuando publicó Nada, y una biografía similar a la de su narradora, de nombre Andrea, una muchacha provinciana y huérfana de 18 años que en 1939 llega a Barcelona para alojarse en casa de su esperpéntica familia materna, y cursar los estudios universitarios de Letras. La novela hizo famosa a Laforet en la España de la posguerra civil; acaso la única mujer destacada en una literatura que en palabras de Vargas Llosa “rezumaba ñoñez, sacristía y franquismo.”
En la narrativa de la época, las cosas se dividían en viriles novelas fascistas como Madrid de Corte a checa (1940), de Agustín de Foxá; o en la narrativa tremendista y rural de La familia de Pascual Duarte (1942), de Camilo José Cela. Carmen Laforet encontró una tercera vía al narrar, con prosa feroz y delicada, la educación sentimental de Andrea en el seno de sus enloquecidos familiares, en la Barcelona grisácea de los años cuarenta. Nada más llegar de madrugada al “piso” de la calle de Arimbau, y verse rodeada de la abuela senil, los tíos descarnados, un par de mujeres fantasmales y el perro negro que bostezaba, Andrea sabe que ha caído en “una pesadilla” —tema que repite a lo largo de la novela. Así describe Laforet aquella primera impresión de Andrea, que permanece con el lector hasta la última página: “En toda aquella escena había algo angustioso, y en el piso un calor sofocante como si el aire estuviera estancado y podrido.”
Los recuerdos infantiles del magno apartamento son sólo eso. La guerra civil ha empobrecido a la familia, que malvive apretujada en una ala del piso. Todo es sucio y maloliente, apenas se ilumina por luz pastosa de viejos candelabros que, al igual que el piano, los cuadros, espejos, muebles abigarrados y otras cornucopias de gran valor, nos hablan de una burguesía de otro tiempo. En ese espacio Andrea sufrirá hambre y miedo; conocerá las bajas pasiones que han roto a la grotesca tribu de la que forma parte. Lo suyo es el cuento de la Cenicienta, pero al revés: “Era todo tan espantoso que rebasaba mi capacidad de tragedia”.
Afuera está la universidad, pero las aulas también están faltas de vida, ideas, aire fresco. El grupo de aspirantes a bohemio con que se relaciona Andrea son como ella, aburridos, apáticos, confundidos, con excepción, a sus ojos, de Ena, la chica rubia, rica, emancipada, que sirve de contrapunto —y extraño objeto del deseo— a la decadencia de la casa familiar, representada por una tía seca de nombre Angustias (que termina en un convento) y el tío Juan, cuyo pasatiempo favorito es golpear a su mujer, Gloria (y acabará en el manicomio).
Como lo sugiere el título, Andrea vive en la nada existencial. “¡Cuántos días sin importancia!”, exclama al inicio de un capítulo, en lo que podría ser un subtítulo para la novela. A Andrea no le pasa nada, no concreta nada, conversa con sus amigos sobre nada, y cuando llega a ocurrirle algo, se queda como si nada. Esto se traduce en tramos de la novela un tanto tediosos: “cuántas páginas sin importancia”, podría uno decir. Pero también las hay también de mucha belleza en las pinceladas anecdóticas y descriptivas con que Laforet pinta su paisaje deprimente. Al final, nada: Andrea viene a descubrir “que todo sigue, se hace gris, se arruina viviendo. Que no hay final en nuestra historia hasta que llega la muerte y el cuerpo se deshace.”
Novela atípica dentro de la España franquista, Nada anticipa el estilo de escritoras como la zaragozana Soledad Puértolas —pienso en Todos mienten (1988), otra de estas novelas donde lo que se calla es más importante de lo que se dice—; o, como también lo apunta Vargas Llosa, en la madrileña Almudena Grandes, que en Las edades de Lulú (1989), presenta a una (anti) heroína igualmente insatisfecha pero ya hipererotizada (en los asfixiantes años cuarenta hubiera sido otra chica histérica y asexuada como Andrea).
En su tiempo, Nada compartió más con la literatura y las ideas que llegaban de Francia, escritores del “vacío existencial” como Albert Camus o Jean-Paul Sartre, quien acababa de publicar, en 1943, su gran tratado filosófico, El ser y la nada… En su obra de teatro Cuarto cerrado, de 1944, mismo año de Nada, Sartre hacía decir a uno de los cuatro personajes aquel famoso: “El infierno son los otros”. Carmen Laforet diría: “El infierno es la familia”.


