Un país menos religioso

Roberto Blancarte

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  • 2009-10-27•Acentos

Los políticos se equivocan por muchas razones. La principal de ellas es por falta de información. Toman decisiones, como mucha otra gente, basados en ideas vagas, prejuicios generalizados y estereotipos de la realidad. De allí que los mejores políticos sean aquellos que estén continuamente informados y no sólo de los acontecimientos y movimientos políticos nacionales e internacionales, sino también de las transformaciones sociales, desarrollos políticos globales, tendencias culturales y estado general de la sociedad. Por eso no cualquiera es un buen político y por eso los mejores políticos son los más informados. Pero estos se cuentan con los dedos de una mano. Eso es parte de la tragedia que estamos viviendo en México.

En muchos de los debates actuales, sobre el presupuesto, sobre la energía, sobre el agua, sobre el aborto, sobre la libertad de expresión, sobre la seguridad, lo que impera y campea es la desinformación. Y al final estamos todos entrampados en debates infinitos, porque ni siquiera sabemos dónde estamos parados. El resultado es un conjunto de legislaciones defectuosas y de políticas públicas erráticas. Si es el caso de la economía, lo es aún más de temas relacionados con las creencias. Nuestros políticos necesitan más datos fidedignos, es decir científicos, para tomar mejores decisiones.

En relación con lo anterior, desde hace algún tiempo he estado recibiendo del Instituto para el Estudio del Secularismo en la Sociedad y la Cultura, del Trinity College en Hartford, Connecticut, una serie de investigaciones coordinadas por Barry A. Kosmin y Ariela Keysar, acerca de la situación de la sociedad secular, la ciencia, la educación, las mujeres, en el contexto de la creciente intervención de los religioso en la vida pública. El último de estos estudios, en el que también colaboraron Ryan Cragun y Juhem Navarro-Rivera, es un informe titulado “American Nones: The Profile of the No Religion Population”, que analiza el perfil del creciente número de no creyentes o agnósticos en Estados Unidos de América. Y las “sorpresas” allí presentadas me parece que explican muchos de los acontecimientos políticos recientes en dicho país. Se suele pensar, por ejemplo, que el estadunidense es un pueblo muy religioso y que esa religiosidad es la marca de su historia e incluso la clave de su éxito como nación. Las imágenes se repiten sin cesar y sin pensar demasiado; desde la frase “in God we trust”, hasta la toma de posesión del presidente jurando sobre la Biblia, pasando por la influencia de la llamada “derecha cristiana” en la política electoral estadunidense. Y sin embargo, los datos nos muestran otra realidad: el número de no creyentes, agnósticos, seculares o humanistas en los Estados Unidos de América está en constante aumento en los últimos 20 años. Ha pasado de 8.1 en 1990 a 15 por ciento en 2008, es decir de 14 a 34 millones de adultos. Como lo señala el mencionado informe; aún más llamativo es el hecho de que si bien el promedio general de no creyentes y agnósticos (escépticos) en Estados Unidos es de 15 por ciento, el porcentaje es aún mayor (22 por ciento) en los jóvenes que tienen entre 18 y 29 años de edad. Además de esta diferencia significativa por generaciones, otra cuestión notable es que las mujeres, como en otras sociedades, siguen siendo más religiosas y menos dadas al cambio de confesión que los hombres.

Un dato de suma importancia es que no todos los agnósticos nacieron en familias de no creyentes. De hecho, una buena parte de ellos proviene del mundo católico. No resulta extraño, aunque sí es en cierta forma paradójico, que en términos geográficos, la región con mayor número de no creyentes es Nueva Inglaterra, tierra que fue inicialmente colonizada por los puritanos provenientes de Inglaterra y después por los católicos que llegaron desde Irlanda. De hecho, una tercera parte de los no creyentes o agnósticos actuales reclama ser de origen irlandés. Las sorpresas, de cualquier modo, no acaban allí. Si alguno pensaba que la salvación en materia de religiosidad vendría del mundo latino o hispano (actualmente 13 por ciento de la población en Estados Unidos), los datos en ese sentido no parecen ser muy esperanzadores: resulta que entre 1990 y 2008 el porcentaje de latinos agnósticos y no creyentes ha pasado de 4 por ciento a 12 por ciento, convirtiéndola en la minoría que más ha avanzado en el grupo de no creyentes, acabando así con el estereotipo de la religiosidad de los hispanos o latinos.

Si esto sucede en los Estados Unidos de América, quienes en México toman decisiones en muchas de las materias afectadas (educación, libertad de expresión, aborto, etcétera) tendrían que aproximarse un poco más a nuestra realidad. Doy sólo un dato que ofrece el Instituto de Mercadotecnia y Opinión: 3.3 por ciento de los mexicanos dice no creer en Dios, 1.6 por ciento no sabe si existe un Dios y no cree que haya forma de averiguarlo, 6.7 por ciento no cree en un Dios personal (es decir no cree en el Dios cristiano) y 8.7 por ciento algunas veces cree en Dios, pero otras veces no. En suma, alrededor de 20 por ciento de los mexicanos está en esta franja. ¿Alguien se ha acercado a preguntarles lo que piensan y lo que quieren de sus políticos en las materias señaladas?

roberto.blancarte@milenio.com