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Un católico disoluto

El 21 de octubre de 1969 murió Jack Kerouac, el escritor que le dio nombre a la Beat Generation, el autor de la emblemática novela En el camino, el hombre atormentado y contradictorio que siempre quiso escapar de la fama.
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  • 2009-10-24•Literatura

Foto: Especial

A Jack Kerouac se le fue enturbiando la mirada. Si durante el proceso de su primera novela coescrita con William Burroughs el ánimo le aguijoneaba, al final de su vida lo único que le azuzaba era beber en acto redentor y después, purificado, iluminado y subyugado por el whisky, encarar su desolación y el púlpito literario que había logrado y destrozarlos con sus manos.

Si durante toda su vida literaria practicó una escritura de búsqueda espiritual, en sus últimos años su única opción fue raspar en su interior y mantener los ojos achicharrados por el alcohol e irremediablemente abiertos hasta la última hora.

Rebelde pero reaccionario simpatizante de la guerra de Vietnam; bravucón de bar, echador, parlanchín pero tan retraído que sólo embriagado podía superar su timidez; nómada pero felizmente guarecido en la casa materna; cumplidor porque quería casarse sólo hasta que la venta de sus libros le permitiera ofrecer a su esposa una vida cómoda pero que nunca se responsabilizó ni de su hija Jan, con quien apenas mantenía contacto; alcohólico, drogadicto, bisexual pero ferviente católico, Kerouac, inútil para entender el dilema que le ocasionó la dicotomía de su naturaleza, nunca supo descifrarla y menos enfrentarla y en ella se perdió; al final prácticamente quebrantó su enamoramiento con la escritura pese a que —parafraseando a Cioran— para él escribir fue un infierno milagroso porque le liberaba de la doble tarea de vivir en un mundo que no entendía y de morir.

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Domingo. 12 de marzo. 1922. Mientras que en Lowell, Massachussets, Leo Alcide Kerouac y Gabrielle Levesque, esperan el nacimiento de su hijo Jack, en Nueva York —una de las ciudades referente de quien quiso ser jugador de futbol americano, que fue marino mercante y que es uno de los escritores estadunidenses más influyentes—, la Fifth Avenue se convierte en foco de uno de los hábitos favoritos en Estados Unidos: el shopping.

En el otro, el beisbol, Babe Ruth pega su primer jonrón del año; Jack Demspey entrena para pelear contra Tom Gibbons; la venta de fonógrafos trepa de millón y medio en 1921, a seis millones en 1922; la industria automotriz, señorea: “Lo que es bueno para la General Motors, es bueno para Estados Unidos”.

Ese año Chesterton publica Lo que vi en Estados Unidos, su ensayo que dicta que ese país “es el único creado por su fe religiosa”, y remata: “es una nación con el alma de una iglesia”.

Buen entorno para que el católico, alcohólico, irreverente Jack arribe a un mundo que le supo raro, al que prácticamente nunca perteneció, y en el que decide ser antihéroe por lo que, ajeno al prestigio social, nunca se entera bien a bien del tamaño de su fama, se espanta y no atina qué hacer, excepto escribir con el frenesí de un acto maniaco.

Cuarenta y siete años después, el 22 de octubre de 1969, el New York Times informa: “Kerouac …el novelista que dio nombre a la Generación Beat y que exuberantemente celebró su rechazo a los convencionalismos de la clase media de Estados Unidos, murió ayer de hemorragia abdominal masiva, en Saint Petersburg, Florida”.

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En ese lapso con su obra (principalmente En el camino, cuyo pergamino original fue rematado en 2.4 millones de dólares en el Christie’s de Manhattan, en el 2001), con sus actitudes (en sus últimos años vagabundeó descalzo en las calles de Northport suplicando un whisky Schenley en el Murphy’s y dando como propina alguno de sus libros autografiado), con sus declaraciones (en el programa de radio Firing Line, en Manhattan, después de saludar enfadado a Truman Capote por criticar su obra —“Cómo estás, maricón bastardo”— se declaró católico reacio a las ideas de izquierda de su compañero de generación literaria, Allen Ginsberg, quien al escucharlo se despidió de él: “Adiós, fantasma borracho”), y con sus enfados (a un reportero le refutó: “No soy beatnik, soy católico”, y mostrándole un óleo del Papa Pablo VI, le preguntó: “¿Sabes quién pintó este cuadro? Yo”), se convirtió en un mito en el que cada vez es más difícil separar al escritor de la leyenda.

Primero en 1957 con la publicación de En el camino, después siendo celebridad nacional, pero principalmente con su muerte, se convirtió en una especie de industria menor que fabricó incluso postales con su imagen y que usó su nombre para vender modas, parafernalias que, como parte de la tragedia de su vida, han ido oscureciendo la imagen del artista.

Para determinado sector de izquierda de los baby boomers, Kerouac es una figura política, el prototipo marginal de la era Eisenhower; para los new agers, un pionero espiritual que hizo de Estados Unidos un lecho seguro para la religión católica; para los teenagers con poderosos autos y ruidosos aparatos de sonido, el héroe del vagabundeo; para una marca de pantalones, la imagen que vende los khakis como los que usaba, e incluso para gente que nunca lo ha leído también ha sido punto de referencia.

Pero Jack, pese a parafernalias, a 40 años de su muerte y uno de la publicación de Y los hipopótamos hirvieron en sus tanques (2008), su primera novela coescrita con Burroughs, no sólo es vigente, sino que sus textos se cargan de significados imprevistos, y sus dimensiones ocultas o minimizadas por la valoración artística y social de hoy, lo mantienen como el portavoz del vagabundeo, de la búsqueda espiritual, de la desolación, de la cerveza redentora que necesita un extranjero en el mundo, y que enganchado en los garfios de su catolicismo concebía a éste junto con la escritura y el whisky como únicos pretextos para seguir habitando lo que calificaba Clov, protagonista de Fin de partida, de Samuel Beckett, como un universo completo que apesta a cadáver.

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Desde su púlpito, Jack apostó a la escritura como coartada de vida, y profetizó con textos que lejos de ser perfectos son limpios y seductores solos de jazz, reveladoras improvisaciones salidas de su pluma convertida en sax, construidos con su seria creencia de que Charlie Parker, Thelonious Monk y Dizzy Gillespie eran los equivalentes a Bach, Beethoven y Brahms.

Kerouac fue un desacomodado en la vida, poco práctico, inútil para actuar como pensaba, renegado del estilo literario que creó junto con Burroughs y Ginsberg (“¿Sabes qué me diferencia de Ginsberg, Burroughs, Snyder, Corso, Duncan? Que yo soy el único que daría la vida por mi patria. Soy un marino y no me mezclo con esos beat. Ellos andan cargando símbolos de paz. Yo no”, le dijo a su biógrafa Ann Charters).

Pero, contradictorio, en uno de sus momentos de trance fue quien acuñó el término beat mientras rezaba ante la Virgen María en la Catedral Juana de Arco, en Nueva York: “Escuché el bendito silencio en la catedral (yo era el único que estaba, eran las cinco p.m., afuera los perros ladraban, los niños gritaban, las veladoras alumbraban sólo para mí), y la visión de la palabra Beat surgió como representación de lo beatífico”. Entonces en esa atmósfera y eterna discordancia parecía lógico que si Jesús había amado a Barrabás estando en la cruz, porqué él, católico febril, no podía amar a Herbet Huncke, cocainómano y transa de poca monta; a Neal Cassady, asaltante de coches; a Ginsberg, homosexual, o a Burroughs, quien provocó la muerte de su esposa Joan Vollmer.

Fue discrepante, pero también fue uno de los escritores más influyentes y fecundos en la literatura estadunidense (“He creado tanta poesía y literatura buscando una iniciación mística, que cuando voltee quedaré tan asombrado que no podré repetirla”).

Jack se refiere a los 30 libros que escribió entre 1946 y 1969, que conforman un ejercicio espontáneo, de estilo íntegro a pesar de ser escritos de primera mano a través de su conciencia en el orden exacto en que las situaciones ocurren. Junta, su obra se convierte en un estudio de su particular manera de ver y vivir la vida, una especie de La comedia humana, de Balzac.

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Pero su destino y ocaso lo tenía marcado desde los cuatro años cuando muere de una enfermedad pulmonar su hermano, el casi santo Gerard. Su madre, recia católica, un día de ofuscación le reclamó a Jack: “Te hubieras muerto tú”.

Ti Jean, como le decía su familia, trata de emular a Gerard y se hunde en las aguas del catolicismo, pero incompatible con su forma de actuar siente que continuamente falta a su fe.

En sus meditaciones sobre el budismo, Some of the Dharma, se delata que su mayor dilema fue la dicotomía de su naturaleza. Apreciaba con exceso los deleites sensoriales, pero se sentía en pecado mortal, entonces intentaba purificarse con sus oraciones, y cuando lo lograba, se atormentaba aún más buscando la manera de volver rendido al placer. Ese vaivén moral le permitía en un solo día escribir, rezar, dibujar imágenes religiosas, acostarse con alguna mujer, emborracharse y santiguarse para expiar sus culpas.

Jack enfrentaba a su ser católico con su ser disoluto en actitudes que lo hacían aborrecerse y después indultarse, un proceso de autoflagelación que lo sumió en un destino implacable y en el vértigo: por un lado, heroicas borracheras, devociones al whisky, escondidos encuentros con prostitutas; y por otro, viajes a la iglesia, búsquedas de lo místico, frecuentes visitas, en Northport, al pintor Stanley Twardowicz para plasmar imágenes de Cristo, de la Virgen María, de crucifijos, en el estudio convenientemente situado en los altos de una licorería.

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En 1958 se mudó a vivir con su madre a Northport, a una hora de Manhattan. A sus amigos les dijo que la sensación bucólica de Northport le recordaba su natal Lowell, y que ahí podía escaparse de la fama.

Jack recorría la ciudad siempre con pantalón khaki y playera, empujando un carrito de supermercado con sus pertenencias personales, descalzo, o con pantuflas si pensaba caminar mucho.

Una noche, completamente ebrio, Jack se recostó en medio de la calle, nadie podía levantarlo, hasta que alguien le dijo “Jack ¿esto significa que estás nuevamente En el camino”? Rechazando la idea rió y se levantó.

En agosto de 1964, una noche antes de mudarse junto con su madre a Saint Petersburg para cuidar a su hermana Carolina, los vecinos hicieron una fiesta de despedida en la que Jack cantó con una canción de Mel Tormé y bailó un vals con su cerveza.

En una grabación de esa fiesta, la última voz que se escucha es la de Jack: “No voy (a Saint Petersburg) por mi gusto”.

Al día siguiente los vecinos fueron a despedirlos, pero vieron sólo a la madre sentada en el piso con una botella vacía de whisky y quejándose de que su Ti Jean había desaparecido. Dos días después lo encontraron durmiendo en un campo a tres millas de su casa. Fue entonces que abandonó Northport, a donde nunca regresó.

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Emocionalmente débil y demolido por el alcohol, desilusionado de ser una celebridad, alejándose de colegas y amigos, en Saint Petersburg trabajó de manera inestable en pocos proyectos como Memory Babe, preguntándose continuamente: “¿Para qué nacemos, sólo para morir?”

Eso fue lo que hizo el 21 de octubre de 1969 después de sumergirse en una vorágine de la que no pudo salir, quizá asumiéndola como acto compensatorio o tratando de ser más auténtico en la derrota.

Nadie detuvo a Hemingway de tirar el gatillo contra sí; nadie detuvo a Jerzy Kosinski de optar por barbitúricos y una bolsa plástica en la cabeza; nadie detuvo a Tennessee Williams de atragantarse con la tapa de una botella de pastillas; nadie detuvo a Hart Crane de saltar desde la borda de un barco al Golfo de México; nadie detuvo a Paul Celan de arrojarse para morir ahogado en el río Sena. Nadie tenía por qué detener a Kerouac.

Menos de 300 personas asistieron al funeral, en donde Ginsberg leyó versos de Mexico City Blues y melancólico repetía señalando a Jack: “Véanlo, parece un buda feliz”.

En misa celebrada en la Eglise St. Jean le Baptiste, el sacerdote Armand Morrisette, enterado de que iba a orar al autor de En el camino, habló de un pasaje bíblico en el cual dos discípulos reflexionan sobre la travesía que hicieron a Emmaus al lado de Jesús: “¿No era como un fuego incendiándonos cuando Él nos hablaba En el camino”?

Aunque Jack, católico disoluto, se incendió a sí mismo.

Víctor M. Carrillo Montiel