Los paisajes invisibles
El misterio de los otros
2009-10-24•Antesala
Dicen que para intuir la personalidad de los extraños sólo basta asomarse a su biblioteca o a su guardarropa, a su refrigerador, a su colección de discos o a las pistas que descargó en el iPod. Algunos, más extremistas, radicales, aseguran que los cestos de basura son la bitácora puntual de las vidas que no conocemos y que nos intrigan, porque en los detritos se hallan las claves de las penurias, las costumbres, los vicios, las necesidades o, sencillamente, la persistencia o la escasez de las pequeñas cosas y sucesos que conforman la rutina.
De todas estas alternativas para desentrañar al ego de los otros, la biblioteca podría ser el signo más valioso, por su doble función de remanso onírico y vestidor del intelecto. En los títulos y autores que, ordenados con pulcritud o apretujados por falta de espacio o mera anarquía o desinterés al colocarlos, se halla la esencia cognitiva de sus dueños.
Una biblioteca, dijo Lichtenberg, es como un traje a la medida que el tiempo amenaza con la obsolescencia. “Las bibliotecas pueden hacerse demasiado estrechas o demasiado anchas para el espíritu”, así las describió el profesor de matemáticas de la Universidad de Gotinga, y al observar los tomos de una estantería, el género, el prestigio universal o la trascendencia (aunque Harold Bloom comenta que lo trascendente sólo aplica en la subjetiva versión de lo sublime que hay en cada lector), es posible elucidar ciertos secretos pero igualmente confundirnos desde la propia inmensidad colorida y tipográfica, ya que un librero no es auto de fe de la lectura, puede ser una coartada. ¿Cómo leemos? ¿En qué se basa el método, si lo hay, para elegir determinada obra o autor en nuestro calendario de lectura? Con respecto a este dilema, Borges era categórico: adepto de los clásicos y esteta insobornable, aconsejaba que cuando un libro suelta al lector o se vacía del mínimo interés, entonces deberíamos abandonarlo sin pudor ni remordimiento, porque el reloj es irreversible, la vida nunca nos alcanza para leer lo que en verdad vale la pena. Su recomendación no dispensaba excusas para proseguir con un libro que fastidie, irrite o adormezca. Sin embargo, existe una gran cantidad de lectores que se toman muy a pecho sus opciones, y llegan a la meta como si leer fuera lo mismo que terminar el maratón de San Francisco.
Instigados por la publicidad, por el espaldarazo que la crítica y los propios escritores se dan unos a otros, adquirimos (y leemos) novedades nimbadas por premios, índices de venta u otros “atractivos”. Libros de moda con el mismo volumen y formato del directorio telefónico o noveletas light cuyo espacio y atención podría destinarse a las obras esenciales de la literatura, confundimos el atesoramiento selectivo con la avaricia o la burda colección y eso, también, es una biblioteca. Por tanto, comienzo a sospechar que no sirve de nada para descifrar el misterio de los otros, sólo es un espejismo. Hay muchos que acumulan a Cervantes, a Dostievski, a Tolstoi, a Gógol, a Proust o a Balzac, y sólo han leído los culebrones que les embute el mercado, así que para descubrir quién y cómo es realmente un extraño, será mejor escudriñar en sus botes de basura…






